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Suplemento especial: El Perú sí tiene futuro

El 2025 es un año decisivo: Cómo consolidar la continuidad democrática.

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Fecha actualización:
27/07/2025 - 15:40
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Celebrar la peruanidad con orgullo. Preservar la democracia con compromiso

Ayudar a sostener la democracia es un reto difícil de encarar. Es deber de todo ciudadano ayudar a sostenerla y preservarla.

Por Cecilia Valenzuela, directora general de Perú21

Este 28 de julio tenemos razones para celebrar con orgullo la peruanidad, para inflar el pecho y sentir amor por nuestra cocina poderosa, mestiza y dueña de los productos más ricos y diversos del continente; porque por segunda vez un restaurante peruano, Maido, como antes Central, logra ocupar el primer lugar en el mundo. Porque tenemos cocineros como ‘Micha’, Virgilio o Gastón.

Porque somos el destino gastronómico más importante de este lado de la tierra. Porque nuestra sazón y nuestra mano son reconocidas en todas partes. Y no solamente nuestra gastronomía, también nuestros productos de agroexportación: hoy mismo, diez de nuestros maravillosos productos, ocupan los primeros lugares en el mundo, hasta nuestra mandarina y nuestra pitahaya están ahora entre las principales y más solicitadas en los mercados internacionales.

"De todo eso somos capaces los peruanos, de ser grandes, de construir leyendas. Y para seguir adelante solo necesitamos estabilidad. La estabilidad que ofrece el sistema democrático del que todavía gozamos".

Ayudar a sostener la democracia en el Perú de estos días es un reto difícil de encarar. Ni siquiera sabemos cuántos peruanos se encuentran verdaderamente comprometidos con el sistema democrático, cuánto lo aprecian, cuánto entienden sus oportunidades, si están dispuestos a respetar sus reglas y qué están dispuestos a dejar en el camino para defenderlo.

Durante mi vida he escuchado hablar con entusiasmo, pasión y fe del retorno del Perú a la democracia en dos oportunidades —algunos de nuestros lectores probablemente han vivido esa experiencia una y otra vez más— la nuestra es, al fin y al cabo, una patria tierna, joven, lamentablemente adolescente y la estabilidad política no es una característica del temperamento nacional.

La primera vez tenía 15 años, comenzaba el año 1980. Estaba en quinto de secundaria, en mayo habría elecciones. Los militares dejarían el poder después de haber destruido la economía, las enormes posibilidades del campo y la minería, endeudado el país y ahuyentado la inversión extranjera con creces.

La siguiente vez fue a finales de 2000 cuando Alberto Fujimori aprovechó una cumbre en Brunei para pegarse un salto a Tokio, utilizar su nacionalidad japonesa y evadir así, por algún tiempo, la responsabilidad de haber compartido el poder con el siniestro Vladimiro Montesinos durante 10 años. Para entonces era periodista y había investigado algunos de los casos por los que se procesaría después a la dupla presidencial que dejaba el gobierno tomando las de Villadiego.

El 5 de abril de 1992 Alberto Fujimori cerró la ventana democrática que se abrió en julio de 1980 cuando Francisco Morales Bermúdez le devolvió el poder civil a Fernando Belaunde. Y Pedro Castillo pretendió hacer lo propio el 7 de diciembre de 2022 con la puerta que se franqueó en noviembre de 2000 con el gobierno de transición de Valentín Paniagua.

Sin embargo, en ninguno de los dos intervalos los políticos peruanos demostraron verdadera vocación por construir partidos con valores democráticos. Desde mi posición como periodista he observado de todo en manos de los principales encargados de fortalecer la partidocracia y las instituciones democráticas en nuestro país: personalismos, bronca, codicia, envidia, intriga, serrucho, traición, incluso entre hermanos, autoritarismo, corrupción. Y ni qué decir de los afanes por servirse y forrarse antes que priorizar las enormes necesidades de los ciudadanos. Pero, sobre todo, y para desgracia de nuestro país, un menosprecio brutal por la verdad, la ética, las ideas, los proyectos, los programas, los ideales y el futuro.

Como resultado, nos enfrentamos hoy a una situación francamente incierta y dolorosa porque tal indolencia ha permitido que la decepción invada a los electores y el desapego se convierta en pan de cada día.

Esa frivolidad y falta de escrúpulos, ese cinismo con el que han gobernado en componenda, desde la noche del 7 de diciembre de 2022, la vicepresidenta de Castillo y las agrupaciones de izquierda, derecha y el populismo en el Congreso, le ha regalado a los ilegales un empoderamiento sordo y taimado a partir del cual pretenden hacerse del próximo gobierno. Y si eso ocurriera, si su dinero sucio lograra captar la mente de tanto peruano decepcionado, la democracia dejaría de existir en el Perú y el país tardaría demasiados años en volver a hablar del retorno a la vida en libertad.

La ilegalidad se infiltra por todas las rendijas y lo hace porque protege intereses de personas diversas, sin ideologías, a las que no les interesa más que su bolsillo, que se burlan de la propiedad porque no creen en ella hasta que se trata de la suya. Que están dispuestas a cargarse con el medioambiente, contaminar los ríos, atropellar los derechos laborales de los trabajadores, su salud y la de las niñas a las que prostituyen en los campamentos donde extraen oro ilegal o talan madera ilegalmente o trafican con droga o contrabando.

Sostener la democracia que hoy nos alumbra como vela de iglesia de pueblo desolado, preservarla para el futuro nuestro y el de nuestros hijos, garantizarnos una vida en paz, ya no es una tarea de los interesados en la política, la economía o la sociedad. Es un deber de todos y cada uno de los peruanos de bien que anhelan vivir en armonía junto a sus familias. Es un trabajo de todos y solo nos quedan ocho meses para realizarlo.

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A un año del cambio de gobierno. Oportunidades y riesgos para consolidar la democracia

La democracia peruana se encuentra en deterioro: instituciones ineficientes, crecimiento estancado y confianza ciudadana en mínimos históricos. La caída de la legitimidad democrática alimenta el riesgo de populismo. Pero aún es posible revertir esta tendencia. 

Por Luis Carranza, exministro de Economía

Un buen sistema democrático desarrolla instituciones políticas que generan (i) un Estado fuerte y eficiente en sus funciones básicas, (ii) un sistema donde existe el imperio de la ley, donde se respeta la ley y se aplica de manera oportuna, y (iii) mecanismos transparentes e independientes de control del poder político.

Un buen sistema democrático tiene una relación de doble causalidad con el crecimiento económico. Un Estado eficiente donde impera la ley provee seguridad, buena regulación, infraestructura básica y protección de la propiedad privada, lo cual promueve la inversión, el empleo y la innovación, lo que a su vez se traduce en mayor crecimiento económico. A su vez, el mayor crecimiento económico proveerá recursos al Estado para seguir fortaleciendo sus instituciones y aumentar la provisión de los bienes públicos críticos para una sociedad.

Pero nada garantiza que entremos en este círculo virtuoso. Los sistemas democráticos pueden caer en fuerte deterioro lo cual terminará afectando al crecimiento de largo plazo. Así se empieza a perder legitimidad con la población y aumenta la probabilidad de que se termine con un gobierno secuestrado por un grupo o por grupos, destruyendo aún más el bienestar de la población. El caso de Venezuela es el ejemplo más cercano que tenemos.

Nuestro país lamentablemente está entrando en este círculo vicioso de deterioro del sistema democrático y de menor crecimiento, generando grandes riesgos por la perdida de legitimidad del sistema.

Los datos son reveladores. Cualquier indicador de eficiencia del país o de cualquier institución pública marca un fuerte deterioro: la mayor regulación ineficiente y el aumento explosivo de personal innecesario y no calificado por razones de clientelismo político han afectado la eficiencia del Estado. Esto, a su vez, se ve claramente reflejado en el bajo crecimiento del país. De tener tasas de crecimiento en torno al 7% como promedio anual hemos pasado a un promedio de 2.4% en los últimos 10 años. Este bajo crecimiento hizo que la pobreza, que subió después del COVID, se mantenga en altos niveles y no se pueda bajar a los niveles antes de pandemia, estando en 27.6% siendo este nivel muy similar al de 2011.

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Este fuerte deterioro de la calidad de nuestras instituciones que se refleja en un pobre desempeño económico y pérdida de bienestar social explican la pérdida de legitimidad del sistema democrático. Así, en el último Latinobarómetro de 2024 la satisfacción con la democracia solo alcanzaba al 10% de la población. Junto con Bolivia, que atraviesa una severa crisis económica y política, son los niveles más bajos de la región. Ni siquiera en los años finales del gobierno de Fujimori estuvimos tan bajos en la satisfacción ciudadana con la democracia. Asimismo, solo el 9% cree que se gobierna para el beneficio de la mayoría de la población, el nivel más bajo de toda la región. No es de extrañar que, ante la pregunta de confianza en el Gobierno y en el Congreso sigamos al final de la tabla con solo 8% y 7%, respectivamente.

Este es el riesgo más grave que tenemos de cara al próximo proceso electoral. La pérdida de legitimidad producto de la mala gestión pública puede poner en debate el tema de cambio constitucional debido a una errónea interpretación de causalidades. La actual constitución ha impedido un mayor deterioro de las instituciones y que el Estado ingrese por la vía absurda del populismo multiplicando las empresas públicas, los déficits fiscales y la inseguridad jurídica. Bajo el argumento que se debe gobernar para el pueblo se pueden destruir los candados constitucionales para un populismo desbocado.

Sin embargo, el cambio de gobierno ofrece también oportunidades para que un nuevo gobierno enrumbe al país a la ruta del desarrollo y del crecimiento. A diferencia de nuestra situación en 1990 o de la situación de Argentina o Bolivia no necesitamos un gran ajuste fiscal que contraiga el gasto de manera abrupta. Esos ajustes drásticos la población los acepta si y solo si se está en medio de una severa crisis. Afortunadamente, todavía tenemos una gran fortaleza macroeconómica que nos permitirá financiar fuertes programas de inversión pública y programas sociales para reactivar la economía y ganar legitimidad mientras se va controlando el gasto en remuneraciones y se van reestructurando las instituciones disfuncionales que castran la inversión privada. En el lado privado, existe una gran cantidad de proyectos de inversión en sectores críticos que no avanzan por trabas burocráticas que tomarían un tiempo en concretarse justo cuando el impulso fiscal debería normalizarse. En un periodo de 18 - 24 meses el país debería retomar tasas de crecimiento en torno al 6%.

Este fuerte impulso al crecimiento nos permitirá engancharnos en ese círculo virtuoso donde nuestra democracia se fortalezca, nuestras instituciones se reconstruyan y nuestro alto crecimiento se consolide. Lo hicimos en la crisis política y económica de 2000, lo podemos hacer ahora. ¡Hay que regresar a la ruta del desarrollo!

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¿Firme y Feliz o Triste y Tambaleante?

Las proyecciones económicas son favorables, pero un hálito de desaliento nos acompaña. Debemos buscar los caminos para revertir la ambivalencia entre expectativas, responsabilidad que atañe especialmente a los líderes.

Por Felipe Ortiz de Zevallos, fundador y presidente de APOYO

A fines de 2023, un año después que Dina Boluarte asumiera la presidencia, apenas el 3% de la opinión pública nacional tenía la sensación de que el Perú progresaba y tanto como 75% creía que el país venía retrocediendo. Tales cifras marcaban un cenit del pesimismo social, superior incluso al vigente en 1990, cuando la hiperinflación destrozaba la economía y el terrorismo amenazaba la vida y el futuro de los peruanos. El actual gobierno —frívolo, débil y no muy competente— ya tenía como principal objetivo el de durar.

La economía se ha recuperado algo desde entonces, no por cierto al ritmo que podría haberse esperado de los excepcionales precios del cobre y el oro, pero el pesimismo se mantiene aún bastante marcado: 59% cree que el Perú hoy retrocede, solo 8% lo percibe como que progresa.

Las proyecciones a 12 meses —el lapso hasta el cambio de gobierno— son vistas como favorables para las economías familiares (38% mejor / 14% peor) pero siguen pesimistas respecto del país (19% mejor / 35% peor).

¿Por qué se registra actualmente un pesimismo similar al existente en 1990, cuando entre entonces y ahora la economía ha crecido 10 veces (5 veces en términos reales) y el ingreso per cápita es tres veces mayor? 

Es que, en vez de las crueles amenazas senderistas de entonces, el país viene sufriendo de una creciente explosión de violencia criminal: la tasa de homicidios se ha duplicado en el último lustro (y los sicarios hasta llegan a ofrecer sus servicios por teléfono). En 1990, a pesar de la hiperinflación y la amenaza terrorista, el APRA ejercía un gobierno con 20% de aprobación. A las elecciones de entonces se presentaron 10 partidos; el Frente Democrático de Mario Vargas Llosa contaba con un plan de gobierno detallado, cuya elaboración había demorado casi dos años. En cambio, en las elecciones del próximo 12 de abril, podrían participar más de 40 listas de candidatos, ninguno de los cuales ha mostrado, hasta la fecha, una preocupación real por garantizar una adecuada gobernabilidad para el siguiente lustro. Y se requerirá de un esfuerzo amplio y sostenido porque la minería ilegal, una fuerza política creciente, ya atenta contra la seguridad de las personas, el medioambiente y la inversión formal. Por su parte, la decadencia del Ministerio Público viene afectando a la institucionalidad y al sentido mismo de justicia.

Es cierto que no solo en el Perú se están viviendo tiempos recios. A escala global, la humanidad enfrenta mucha incertidumbre, hay una desconexión entre el avance exponencial de nuevas tecnologías, casi mágicas, e instituciones y normas sociales al borde de volverse obsoletas. Ello genera conflictos entre las fantasías de sueños muy diversos y los nudos y desafíos de la realidad cotidiana. La geopolítica se ha complicado también; la era de dominio hegemónico por parte de EE.UU. parece haber llegado a su fin. Todo lo cual contribuye a una severa crisis de liderazgo, a un estado de confusión y ansiedad, a una creciente polarización cultural. Numerosos países, con un capital social disminuido, vienen convirtiéndose en una aglomeración entreverada de tribus, sin la amalgama social suficiente como para contenerlos adecuadamente. En tal contexto, la amplia diversidad del Perú constituye un gran desafío porque lo vuelve un país cada vez más difícil de gobernar. Si en Latinoamérica, apenas 33% de la población se encuentra satisfecha con la democracia; el Perú comparte, con un país de economía quebrada como Bolivia, el último lugar de la lista regional, con apenas 10% de satisfacción. La elevada desaprobación, tanto de los poderes públicos como de los partidos políticos, refleja la muy grave crisis de representación política.

También se debe reconocer que las malas noticias suelen ganarle en titulares a las buenas por razones obvias. Lo malo suele ocurrir rápido, mientras que las buenas cosas demoran más. Entre 1990 y hoy, por ejemplo, la esperanza de vida del peruano promedio ha aumentado en 14 años. Mirada en perspectiva, esta noticia hubiera merecido, sin duda, destacados titulares, que en la producción cotidiana de noticias suelen perderse. Hay, pues en el Perú, al interior de la macrocrisis política, progresos significativos que son lentos, silenciosos, con ocasionales retrocesos, tal vez, pero efectivos.

No es optimista aquel con una fe ciega en el futuro sino quien asume que lo malo que ha ocurrido —y hay mucho— es consecuencia de causas identificables, temporales, que pueden ser revertidas con voluntad y esfuerzo; mientras que los pesimistas presumen que la tendencia a lo malo constituye una maldición continua e irreversible y que lo que pase de bueno solo es temporal. Pero en tiempos confusos como son estos, en una fecha como el aniversario patrio, es importante reafirmar que el optimismo como actitud resulta un requisito esencial para visualizar un mejor futuro, para imaginar y pensar esa “historia con porvenir” a la que se refirió Jorge Basadre. Y que, por tanto, constituye un deber moral para quienes pretenden ser sus líderes.

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Lo que pudimos, lo que podemos

Si algo nos han enseñado las sucesivas crisis que hemos enfrentado en los últimos años es el espíritu resiliente del peruano, que ha demostrado una y otra vez todo lo que puede lograr. 

Por Gianfranco Ferrari, CEO de Credicorp, miembro de EsHoy

La política peruana es todo menos perfecta. De hecho, con más de cuarenta partidos en capacidad de competir en los próximos comicios y un 62% de jóvenes poco o nada interesados en la política (según Datum), pareciera que el coctel perfecto para el desastre electoral de 2026 ya está mezclado, servido y a medio tomar. A eso se suma el antecedente reciente de haber tenido seis presidentes y tres congresos distintos en menos de una década, y la dura realidad de que todos los mandatarios elegidos desde el año 2000 enfrentan –o han enfrentado– procesos por corrupción.

Con ese cuadro, puede resultar difícil no ser pesimista sobre lo que pueda venir a partir del próximo año. Pero si algo nos han enseñado las sucesivas crisis que hemos enfrentado es que nuestra democracia, nuestra economía y, sobre todo, los peruanos, somos mucho más resilientes de lo que a veces reconocemos. Y aunque la rutina política y la conducta de nuestras autoridades no siempre lo reflejen, esta fortaleza se sostiene en una vocación persistente por el desarrollo y en una defensa instintiva –aunque a veces dispersa– de nuestras libertades. A pesar de los obstáculos que hemos encarado en el camino.

Lo vemos en múltiples frentes. En términos macroeconómicos, por ejemplo, el Perú ha mostrado una estabilidad notable, incluso cuando otros países de la región han demostrado debilidades. El Banco Central de Reserva (BCR) se mantiene como un ancla de estabilidad en medio de la incertidumbre, y su conducción técnica ha protegido el valor de nuestra moneda frente a desafíos que, hasta hace no mucho, solo se veían en los libros de texto, como las vacancias presidenciales, la disolución del Congreso y una pandemia. Incluso, en 2025 hemos cumplido 28 años de inflación en un solo dígito, mérito absoluto de un BCR que se desempeña con discreción, pero con suma efectividad, mientras prueba que tenemos la capacidad de construir y preservar institucionalidad autónoma más allá de los colores e intenciones del Ejecutivo y Legislativo de turno.

Por otro lado, nuestra capacidad de aprovechar nuestros recursos naturales y el potencial de nuestro ecosistema también es una muestra nítida de cómo podemos lograr resultados impensados a punta de innovación e ingenio, y sin que la coyuntura ni los pronósticos en contra nos detengan. El caso del arándano peruano es paradigmático: hace poco más de una década no exportábamos ni un kilo de este producto, y parecía improbable que pudiese crecer masivamente en nuestro país por las condiciones que demanda. Hoy, gracias al trabajo arduo de nuestras empresas agroexportadoras, que supieron empuñar la ciencia, la tecnología y nuestra tierra a nuestro favor, somos el primer exportador del mundo de esta baya.

Y esto último viene con otra lección clave: si hemos podido lograr la excelencia en terrenos nuevos (hasta hace poco), no hay límite a lo que podemos hacer con lo que conocemos y tenemos en abundancia. Es el caso de la minería y, sobre todo, del cobre, un metal esencial para el desarrollo de tecnología y energía limpia. El Perú ya es el segundo productor mundial, detrás de Chile, y tenemos bajo nuestros pies el potencial de pasar a ocupar el primer lugar. Un proceso que exige, por supuesto, el compromiso de nuestras autoridades, pero que pone en nuestras manos la posibilidad de generar empleo, reducir la pobreza y apuntalar el desarrollo del país.

En los últimos años, el sector privado también ha logrado avances en áreas en las que antes no se habían conseguido. El caso de Yape lo demuestra: más de cinco millones de peruanos que antes estaban fuera del sistema financiero hoy pueden ahorrar, pagar, transferir dinero y acceder a créditos desde su teléfono, gracias a una herramienta tecnológica que supo acercarse a los usuarios en lugar de esperar que ellos se acerquen. Pero ejemplos sobran, como el de la masificación del gas natural, que ha llevado energía más limpia y económica a miles de hogares, o el auge del comercio electrónico, que en menos de una década ha consolidado una red logística capaz de entregar productos en cuestión de horas, conectando a pequeños negocios con clientes de todo el país y haciendo accesible lo que antes era impensable fuera de las grandes ciudades.

En el terreno político, ya lo hemos reconocido, tenemos mucho por trabajar y mejorar, pero también es cierto que nuestra democracia, y nuestra defensa de ella, han resistido muchas tempestades en la última década. Una expresión palmaria de que las bases de nuestras instituciones funcionan cuando son puestas a prueba. Aunque hemos tenido seis presidentes desde 2016, el procedimiento para reemplazarlos nunca ha estado en duda y se ha desarrollado sin sobresaltos. Incluso cuando un mandatario quiso romper el orden constitucional, la resistencia de nuestras Fuerzas Armadas permitió que se lidiase con la situación con efectividad. Al mismo tiempo, la ciudadanía se ha mantenido activa y atenta cuando la situación lo ha exigido.

Así las cosas, solo queda decir que nuestra resiliencia no es solo una muestra de lo que podemos resistir, o de lo que podemos lograr muchas veces a pesar de las circunstancias. Es una prueba de que tenemos la fortaleza para hacer grandes cosas, para marcar el rumbo que queremos seguir y para continuar creciendo en beneficio de todos los peruanos. Tenemos las herramientas, los recursos y el talento.

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La insoportable terquedad de ser peruanos

No rendirse: esa es la clave peruana. Apalancándonos en la perseverancia, los peruanos podemos lograr metas que parecen irrealizables.

Por César Luna Victoria, exministro de Estado

Me dirá que estamos mal y que nos irá peor. Pero, en contrapeso, recuerda historias que demuestran lo contrario, que sí se puede, que sobre mi pecho llevo tus colores y están mis amores contigo, Perú. Luego reflexiona y, como si nada de lo recordado sirviera, me pregunta ¿cuándo se jodió el Perú? Pienso, quizá, porque solo lo preguntamos, porque no esperamos respuestas, porque no buscamos soluciones, porque quizá no nos interesan. ¿Tan de extremos somos?, ¿pendulamos entre frustraciones y esperanzas? Exploremos.

 

Uno:

Si Gastón Acurio se hubiese concentrado en su Astrid & Gastón (1994) la revolución gastronómica hubiese tardado mucho. Pero dejó egoísmos y buscó cocineros de huariques, de carretillas, de puestos de mercado, de posadas en caminos, de hostales en provincias. Supo encontrar valor en cada uno y los convirtió en dioses. Amparados en esa mitología, aparecerían luego los dioses mayores de la cocina de autor. Para seducir al comensal preparó a mozos y camareras, los educó en ingredientes, de dónde venían, cómo se preparaban, qué sabor aportaban. Les enseñó a contar historias, también en inglés, en una tertulia justa. Así fue como el servicio dejó de ser un oficio menor para ser un arte mayor. Para que la comida peruana invadiese el mundo, tenía que reproducir hasta sus más pequeños detalles y para eso promovió la exportación de limones, ajíes, ajos, rocotos, jengibres, choclos, quinuas, amarantos, culantros, perejiles, lúcumas, chirimoyas y papas amarillas. La comida peruana encanta no solo por la revolución de sus sabores y olores, sino porque trasmite identidad y da carácter.

 

Dos:

Teodoro Gutiérrez encabezó rebeliones de los campesinos en Huancané (Puno) contra la usurpación de tierras comunales y la explotación (1915). Los campesinos le pusieron Rumi Maqui (mano de piedra). Carlos Condori siguió con otra, la de Wancho-Lima (1923). Lo de “Lima” era porque querían fundar una capital en Puno. Fue una masacre, dos mil campesinos acribillados. Una de ellas, Rita Poma, fue torturada y ahorcada. Su delito: fundar las primeras escuelas rurales. Su voz: “¿Por qué no quieren que sepas leer?, ¿por qué no quieren que sepas escribir?, ármate de valor, el arma más poderosa es el conocimiento, la educación nos hará libres. Yo seguiré llevando conocimiento”. Renata Flores lo divulga como evangelio, en quechua y en rock (2023). Un profesor rural es el único de la escuela, enseña al mismo tiempo todos los grados a un puñado de niños que, como él, trepan montañas, cruzan quebradas y vadean ríos. Pasan años y avanzan muy poco, el 40% apenas lee y el 25% apenas suma y resta. Cien años después, la epopeya continúa. Miriam Cabezas recibió las Palmas Magisteriales por eso (2023).

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Tres:

Clementina Shinquireri es la jefa de Catungo Quemperi (2021), una comunidad nativa en el vértice norte del Vraem. Recuerda cómo, abandonadas por el Estado, las comunidades asháninkas pelearon contra Sendero, el MRTA, los cocaleros ilegales y el narcotráfico. Formaron el Ejército Asháninka, liderado por Alcides Calderón. Resistieron, recuperaron territorio y vencieron. Pero mire el precio: el 10% de su población murió, otro 10% fue esclavizado, otro 20% fue desplazado a la fuerza y desaparecieron 40 comunidades. La paz costó más a unos que a otros.

 

Cuatro:

La Florida es una cooperativa agraria en Chanchamayo, entre los ríos Ubikiri y Yurinaki. Su historia es la de miles de campesinos cafetaleros, con pocos recursos, bajo nivel educativo, pésimos servicios públicos y malas carreteras para sacar la producción. Unidos en cooperativas exportan directamente para compensar desventajas, retener las ganancias que se llevaban los intermediarios y negociar directamente con los tostadores las calidades y preferencias del mercado mundial (Cafetaleros empresarios, IEP 2007, Marisa Remy). No es una historia más de emprendedores. Es el salto de la solidaridad comunal a las eficiencias productivas y se han logrado cultivando talento propio. Padres casi analfabetos apostaron por la educación de sus hijos que, en lugar de buscar un futuro fuera, regresaron para encontrarlo como administradores de las cooperativas. Fue el caso de César Rivas, que llegó a gerente general; y se renueva ahora con Jheril Rodríguez que, becado por la fundación del BBVA para estudiar en Europa, regresará a su origen, para seguir mejorado la empresa de sus padres.

 

Epílogo:

Esas historias cuentan que, aunque el Estado ha estado ausente, se puede ganar si se mezclan conocimiento y pasión. La razón necesita pasión para no naufragar en frustraciones y la esperanza necesita conocimiento para que sea realidad. Es la combinación correcta. Por tanto, aunque todo apunte que nos irá mal, saldremos adelante, nos entenderemos. La economía y la democracia se podrán restablecer, las diferencias se podrán acortar, las familias viviremos mejor, la salud, la educación, la seguridad, todo será posible si, como lo dijo Gramsci, somos pesimistas en la inteligencia y optimistas en la voluntad. ¡Feliz 28!

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Entre avances, oportunidades y desafíos

La necesidad de afianzar los motores económicos que constituyen los pilares del desarrollo peruano. La estabilidad jurídica  y la previsibilidad normativa son piedras de toque en esta ecuación virtuosa.

Por Mariela García de Fabbri, directora general de Ferreycorp

En un contexto preelectoral, donde el debate nacional se centra en los retos y prioridades del próximo gobierno, vale la pena poner el foco en dos sectores que han demostrado ser pilares del desarrollo económico del Perú: minería e infraestructura. Ambos no solo generan una gran contribución al empleo y recursos fiscales, sino que tienen la capacidad de transformar regiones, cerrar brechas históricas y apuntalar el crecimiento sostenible que el país necesita.

Por ello, necesitamos afianzar la minería como motor de la economía, facilitando el camino a la ejecución de nuevos proyectos, y otorgar un nuevo impulso al sector de infraestructura. Preocupan los persistentes cuellos de botella y la lentitud burocrática que limitan el gran potencial de estos sectores fundamentales para el país. ¿Qué se requiere para lograrlo? Abro algunas reflexiones al respecto.

Primero, es crucial asegurar la estabilidad jurídica. Las inversiones en minería y construcción son de largo plazo, por montos significativos y deben observar un amplio conjunto de normas. Cambios constantes en las reglas del juego, ya sea desde el Congreso o de diferentes niveles de gobierno, generan incertidumbre y restan atractivo al país como destino de inversión. La previsibilidad normativa es una condición indispensable para gatillar nuevos proyectos de inversión. La oportunidad es grande, pues en ambos sectores contamos con una cartera de más de 1,600 proyectos, valorizados en más de US$190,000 millones. Es indispensable dar a estas iniciativas el sentido de urgencia que ameritan, para impulsar con firmeza el crecimiento.

Pero no basta con vigilar la estabilidad y predictibilidad del marco legal; también es urgente revertir la “permisología” que afecta a los proyectos, especialmente en el sector minero, así como los retrasos en los plazos de ejecución de algunos trámites. La maraña normativa y la multiplicidad de entidades involucradas no solo desincentivan la inversión, sino que también restan competitividad al país frente a sus pares. Los esfuerzos de simplificación han sido insuficientes, por lo que se necesita una reforma integral del sistema de permisos, con especial énfasis en la exploración minera, que es crítica para la competitividad del sector.

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Por otro lado, se necesita un compromiso claro y una acción efectiva contra las economías ilegales. La expansión de la minería ilegal y otras actividades informales no solo eleva el riesgo para los proyectos, sino que en algunos casos afecta directamente su desarrollo. Se requiere una mayor presencia del Estado en las zonas vulnerables, normas que fortalezcan la fiscalización y una clara determinación de mantener la seguridad.

Al mismo tiempo, resalto la trascendencia del trabajo que se debe hacer tanto desde el Estado como la empresa privada para posicionar positivamente a los sectores como la minería y la construcción, explicando las bondades de ambos en el desarrollo nacional, y gestionando las inquietudes y expectativas de la población, sobre todo las de las zonas de influencia, y a la vez trabajar en definir las iniciativas a priorizar, con la consecuente asignación de recursos, para atender las brechas de servicios e infraestructura en dichas zonas, contribuyendo a mejorar la calidad de vida de la población.

La continuidad en los equipos de gestión es fundamental. No solo hablamos de ministros, sino también de viceministros, directores y otros funcionarios que participan directamente de las etapas de los proyectos. Sin funcionarios públicos especializados, con continuidad de gestión, resulta más difícil que den celeridad a los procesos de aprobación. Ello es particularmente sensible en entidades que participan directamente de estos procesos. Por ello, preocupa que, desde 2021, hayamos tenido nueve ministros de Energía y Minas, y ocho de Transportes y Comunicaciones.

Y en esa misma línea, un aspecto relevante es fortalecer la coordinación entre entidades públicas. La coordinación y colaboración institucional es fundamental para ganar eficiencia en el desarrollo de los proyectos y finalmente, agilizar su ejecución. El desarrollo del país requiere un esfuerzo genuino de las instituciones para resolver discrepancias o dificultades que limiten la ejecución de proyectos clave, de toda envergadura.

Es innegable que tenemos sectores con potencial, proyectos auspiciosos y una coyuntura de precios altos para los metales que nos favorece. Pero, para transformar ese potencial en mayor progreso, se necesita una clara decisión de impulsar estos sectores estratégicos, lo que exige voluntad política, capacidad de gestión y compromiso con el desarrollo formal. Aprovechemos esta oportunidad con responsabilidad y visión de futuro.

Estamos ante una coyuntura que nos obliga a pensar en grande y actuar con responsabilidad. Que este proceso electoral nos encuentre abordando estos puntos, como parte de un modelo de desarrollo donde minería, infraestructura y cooperación público-privada nos encaminen hacia un Perú más próspero.

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Turismo: Hagamos patria; no populismo

Turísticamente hablando, no nos falta nada. Sin embargo, hemos retrocedido en lo que concierne al sector. Las claves para salir del marasmo y aprovechar la potencialidad que tenemos como destino.

Por Juan Stoessel, gerente general de Casa Andina

El Perú tiene todo para estar en las grandes ligas del turismo mundial: un extraordinario patrimonio arqueológico, cultural, geográfico y natural. Una enorme versatilidad para captar los distintos segmentos: turismo doméstico, receptivo, corporativo y de eventos. Un track record de éxito que nos hizo la envidia de la región durante 25 años. Sin embargo, hoy estamos entre los poquísimos países que aún no alcanzan las cifras de prepandemia. ¿Por qué? Simple. Hemos retrocedido.

El secreto de nuestro éxito en realidad no es ningún secreto. Nuestra larga racha de crecimiento se debió a que como país supimos brindar estabilidad, predictibilidad y reglas de juego claras. Esto nos permitió atraer inversiones. Que dieron lugar a infraestructura, abrieron la puerta a la llegada de marcas internacionales e importantes concesiones como el primer grupo de aeropuertos. El sector se dinamizó y pasamos de recibir 500 mil visitantes extranjeros a 4.4 millones en 2019. En el proceso atrayendo más inversiones, generando más empleos y desarrollo económico. Un auténtico círculo virtuoso. Pero lamentablemente, mucho de lo que hicimos bien en esa época se ha ido deshaciendo estos últimos años.

Por eso, el gran desafío del sector no es descubrir la pólvora. La principal tarea es no seguir retrocediendo. Veamos Machu Picchu. En 2019 se aprobó la construcción del Centro de Inter-pretación, pieza clave del Plan Maestro para el reordenamiento de nuestra maravilla mundial. Este espacio iba a ordenar y distribuir el flujo de visitantes, optimizando los recorridos, mejorando la experiencia y satisfacción del visitante. ¿Se puso siquiera un ladrillo? No. Se cedió ante las protestas de los populistas. En 2022 se tomó otra irresponsable decisión, entregar 1,000 boletos diarios para vender en Aguas Calientes. Recortando en 25% la disponibilidad de entradas para adquirir vía medios electrónicos, que es lo que usa la inmensa mayoría de personas. El resultado, desaprovechamiento del aforo, colas interminables, turistas engañados, una gestión cero transparente del dinero y una experiencia completamente deficiente.

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Otro retroceso en ciernes es la potencial desnaturalización del Fondo de Promoción Turística. En lugar de mantener un sistema exitoso, que dio al país recursos para participar en ferias internacionales, publicitar sus atractivos y desplegar por todo lo alto la marca país, se pretende reducir a un tercio el monto para promover el turismo receptivo. Justamente el que trae divisas. Todo para redistribuirlo de manera clientelista hacia las ciudades patrimonio. Nada más antitécnico que quitarle recursos a Promperú, que tiene una ejecución presupuestal del 99.8%, para dárselos a municipios y gobiernos regionales que no saben ejecutar y cuando lo hacen, despilfarran el dinero en proyectos delirantes como huacos eróticos gigantes o monumentos a la maca.

El Valle Sagrado también está amenazado por un proyecto de cambio de zonificación, que transformaría esta área cultural, arqueológica y ecológica en ocupación urbana. Devastando uno de nuestros lugares turísticos más admirados. Tampoco debemos retroceder ante ideas trasnochadas de fijación de precios. No es el rol del Congreso determinar el costo de los pasajes aéreos. Lo único que lograrán es encarecer los pasajes y dar una señal gravísima de que en el Perú las reglas de juego son letra muerta.

"De igual modo, es imperativo culminar los megaproyectos que están en curso. Como el aeropuerto de Chinchero, la futura segunda puerta de entrada al país. Está apenas al 30% y mientras siga demorando, estará en riesgo". 

Imprescindible también acelerar las obras de conexión del aeropuerto con Cusco y el Valle Sagrado; así como los accesos al aeropuerto. Sería imperdonable repetir la historia del Jorge Chávez, inaugurado con accesos provisionales debido a la mala planificación del MTC. Y ni qué decir de las obras de mantenimiento de los aeropuertos regionales. Están colapsados o en tan mal estado que pasan más tiempo cerrados que abiertos, como Jaén y Jauja.

A nivel servidores públicos también hemos dado una preocupante marcha atrás. Los perfiles profesionales y técnicos fueron reemplazados por cuotas partidarias sin experiencia ni capacidad. Las consecuencias las vivimos a diario en la degradación de los servicios. Esto necesita detenerse y revertirse. Algo más que no se puede repetir son los retrocesos ante la minería ilegal, que destruye nuestros parques naturales, como Tambopata y el Manu, mientras en paralelo desata olas de crimen e inseguridad. ¡Basta ya!

Perú sigue siendo ese mismo país que crecía por encima del mundo y resistía admirablemente las crisis globales. Seguimos teniendo el potencial y el know-how. Solo que los últimos años retrocedimos ante el irresponsable populismo. Esa película ya sabemos cómo termina, solo hace falta ver a Bolivia. ¿Queremos regresar a las cifras históricas y superarlas? La forma de lograrlo es no seguir yendo hacia atrás, sino plantarnos firmes e ir hacia adelante.

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Los motores que no deben apagarse

Los principales retos que afectan a la minería no son geológicos. Son políticos y normativos. Una tramitología excesiva, la inestabilidad jurídica, y la falta de articulación entre instituciones han paralizado inversiones clave.

Por Julia Torreblanca, presidenta de la SNMPE

En los últimos años, hemos sido testigos de cómo el país ha desperdiciado valiosas oportunidades para consolidarse como una potencia energética y minera en la región, a pesar de su riqueza geológica, condiciones climatológicas adecuadas, fuerza laboral preparada e innovadora y ubicación estratégica. Hoy, además, tenemos una de las mejores condiciones y desempeño de la región. Entonces, ¿por qué no logramos que el país despegue y se convierta en una potencia en Sudamérica? Nos falta decisión, liderazgo y voluntad política para corregir el rumbo. No hay más tiempo que perder.

El Perú tiene los recursos. Somos uno de los pocos países que produce ocho de los 17 minerales críticos que el mundo necesita para enfrentar la crisis climática. Tenemos una cartera de proyectos mineros por más de US$64,000 millones, y enormes reservas de gas y petróleo aún por explorar. Pero tener recursos no significa nada si no hay condiciones para ponerlos en valor y que generen valor para todos: al Estado a través del pago de impuestos, para gobiernos regionales y provinciales gracias a regalías, canon, etcétera, y para los peruanos, que debieran tener mejores oportunidades y que con esos recursos que genera la minería, bien utilizados, se cierren brechas en salud, saneamiento, educación, infraestructura y la larga lista sigue...

El principal problema no es geológico, es político y normativo. La tramitología excesiva, la inestabilidad jurídica y la falta de articulación entre las instituciones han paralizado inversiones clave. Nos enfrentamos a procesos lentos, burocráticos y muchas veces contradictorios entre entidades. Y mientras tanto, otros países de la región avanzan. Competimos con Chile, Colombia, Ecuador y Argentina por atraer capitales. ¿Qué estamos haciendo para no quedarnos atrás?

En minería, la amenaza es doble. Por un lado, no hay nuevos grandes proyectos que entren en operación desde hace años. Por otro, la minería ilegal representa ya el 40% de las exportaciones de oro, y genera pérdidas anuales por S/22,000 millones. ¿Cómo permitimos que una economía ilegal tenga más peso que las operaciones formales que cumplen con todos los estándares sociales, laborales y ambientales? Es urgente que el Estado recupere el control territorial y normativo. Y que la Ley MAPE no se convierta en un “Reinfo recargado”, sino en una política de desarrollo real para la minería artesanal y la pequeña minería.

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Mientras tanto, en hidrocarburos la situación es crítica. La producción nacional solo cubre una pequeña parte de la demanda. El año pasado, importamos más de 247,000 barriles diarios. Apenas se destinaron US$39 millones a exploración. Y aunque contamos con gas natural suficiente, no hemos logrado masificar su uso ni llevarlo a las regiones que más lo necesitan. ¿Cómo puede ser posible que, teniendo este recurso limpio y eficiente, aún dependamos tanto de las importaciones?

Y no hablamos solo de una oportunidad energética. Hablamos de seguridad nacional. La guerra en Ucrania, la tensión entre Israel e Irán, y los recientes choques geopolíticos han demostrado que depender de combustibles importados nos deja expuestos a los vaivenes del mercado internacional. La autosuficiencia energética es una necesidad urgente, no una meta opcional. El Perú tiene el gas. Lo que falta es decisión para ampliar su uso, invertir en ductos y asegurar acceso para millones de familias y empresas.

El sector eléctrico tampoco escapa a esta situación. La transformación hacia energías renovables es una gran oportunidad. Pero sin planificación de largo plazo, sin inversión en transmisión, y sin un marco regulatorio transparente, corremos el riesgo de quedarnos con buenas intenciones sin resultados concretos. La consulta previa, por ejemplo, no puede seguir siendo una trampa interminable para proyectos eléctricos aprobados en planes oficiales. La predictibilidad no está reñida con el respeto a los derechos: deben ir de la mano.

En todos los sectores que representamos, lo que exigimos no es trato preferencial, sino reglas claras, predictibilidad, y un mínimo de coherencia institucional. Invertir en Perú no puede seguir siendo una carrera de obstáculos interminable. Tampoco podemos esperar resultados distintos haciendo lo mismo: necesitamos reformas, institucionalidad y una visión de largo plazo.

Se acerca un nuevo proceso electoral. No sabemos aún quién liderará el próximo gobierno, pero sí sabemos lo que el país necesita: autoridades comprometidas con la legalidad, con la inversión responsable y con el desarrollo sostenible. Gobernar no es improvisar ni someterse a presiones cortoplacistas. Es tomar decisiones pensando en el país que queremos dejar a las próximas generaciones.

Y para eso, no basta con discursos bienintencionados. Se necesitan medidas concretas: simplificación de procesos, fortalecimiento de la rectoría del Estado, inversión en infraestructura energética, combate frontal al crimen organizado que se ha infiltrado en actividades económicas, y sobre todo, un compromiso real con la institucionalidad.

Desde mi experiencia, estoy convencida de que el Perú tiene futuro. Pero ese futuro no se construye solo con recursos naturales: se construye con visión, con integridad y con respeto al Estado de derecho. O actuamos ahora, o corremos el riesgo de que las oportunidades sigan pasando de largo.

La historia no nos va a esperar. El mundo avanza. ¿Y nosotros?

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Los Posibilistas

A tan solo nueve meses de las elecciones, urge recuperar la esperanza en el futuro del Perú, tomar acción y construir juntos el futuro.   

Por Álvaro Henzler, presidente de la Asociación Civil Transparencia

Democracia efectiva y desarrollo pleno en una sociedad debería generar que cada ciudadano progrese y pueda alcanzar el máximo de su potencial, que quiera echar raíces y formar una familia en su territorio, que permita la convivencia pacíficamente entra diversos y que confíen uno del otro, en las instituciones y en sus representantes. El Perú está aún muy lejos de ese sueño republicano. Nuestro (des)arreglo institucional ha generado lo inverso. Una significativa mayoría de compatriotas vive con mala educación, sin agua, con anemia, sin servicios adecuados de salud y padeciendo una creciente inseguridad. Impera la informalidad, la ilegalidad y la criminalidad. Ello como resultado de una infeliz combinación de una decadencia política, una inoperancia estatal y una predominancia de intereses mercantiles, corruptos y mafiosos por encima del bien público y común.

Como resultado de esa realidad, más de 1.2 millones de peruanos han decidido emigrar y formar una familia en otro país en los últimos tres años. Nuestra convivencia es más agresiva y violenta, que amable y pacifica. Extorsiones, hurtos, violaciones, muertes son pan nuestro de cada día. Y en el último informe de V-Dem Institute, Perú figura entre los tres países del mundo con mayor aumento de polarización política en la última década. Nuestra tensa convivencia tiene sus bases en nuestra baja confianza. Somos de hecho campeones mundiales en desconfianza. No solo la presidenta y el Congreso baten récord nacional de impopularidad, sino que tenemos los niveles más bajos regionales y globales de confianza institucional e interpersonal. La forma en cómo operamos hoy como sociedad genera sobre todo un frágil desarrollo, una mala convivencia y una arraigada desconfianza. En la conmemoración de nuestro aniversario patrio, hay razones cotidianas y estructurales de sobra para ser pesimistas.

En el contexto de la Revolución francesa, Charles Dickens escribió una de las aperturas más famosas de la literatura. Su novela A Tale of Two Cities inicia con: “It was the best of times, it was the worst of times” (“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”). Y pues claro que podemos ser también optimistas sobre el Perú de hoy. Tenemos uno de los territorios más diversos y ricos del planeta. La esperanza de vida al nacer se ha ampliado en 10 años desde 1990. Nunca antes tuvimos tantos jóvenes con la posibilidad de lograr estudios superiores. Fuimos capaces, con rigor económico y conciencia social, de tener una de las reducciones de pobreza más aceleradas en occidente. Nunca hemos exportado tanto como este año, generando empleo formal. Nuestra cocina es un estandarte global. Nuestra cultura, viva aún en pueblos indígenas, es fuente de orgullo y sabiduría incluso para resolver problemas globales. Y la lista continúa.

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Sin embargo, hoy el camino del pesimismo realista le va ganando terreno al camino del terco optimismo. La apatía, la frustración y el cinismo van ganando la batalla. Creo que hay un tercer camino: el posibilismo. William Ury, antropólogo norteamericano de Yale, ha sido mediador en procesos de paz en lugares como Medio Oriente, los Balcanes y Colombia. Se planteó muy temprano una pregunta: ¿cómo resolvemos nuestras diferencias más profundas sin destruir lo que más valoramos? El año pasado, Ury publico su última obra: Posible: cómo sobrevivir (y prosperar) en una era de conflicto.

Desarrolla a fondo su filosofía de ser un “posibilista”, una persona que no es ni optimista ingenuo ni pesimista agrio, sino aquel que busca convertir los conflictos en oportunidades. Ury propone que, aunque no se pueda resolver toda disputa, sí se puede transformar su forma y poco a poco encontrar las salidas. El enfoque parte de reconocer obstáculos y seguir adelante con apertura creativa, colaboración tenaz y curiosidad genuina. Implica esbozar un camino hacia lo posible. No anunciar un cambio radical en poco tiempo con aires populistas, sino liderar una cadencia de avances marginales para lograr una transformación gradual con aires valientes y sensatos. Construir ese camino requiere subirse al balcón, para tomar perspectiva de la cotidianidad caótica y exigente y construir puentes con paciencia extrema, saliendo del aislamiento sectario para ser parte de una red de relaciones que incluya incluso a nuestros rivales. El liderazgo que la mirada posibilista exige es más una audacia humilde que un ego arrollador.

Es urgente recuperar con vehemencia el sentido de la esperanza sobre el futuro del Perú. No una esperanza ingenua, sino una muy realista y hecha posible desde el dolor. Albert Camus, quien presenció la Segunda Guerra Mundial, dijo: “Donde no hay esperanza, deberíamos inventarla”. A solo nueve meses de las próximas elecciones, momento en que elegiremos autoridades nacionales, regionales y locales, requerimos de un movimiento civil de posibilistas capaces de indignarnos por nuestra situación actual, a la vez que inspirarnos mutuamente en lo que es posible construir juntos. Hay mucho que sí se puede hacer para intentar cambiarle la trayectoria al país. Me comprometo desde mi rol a inventar esperanza con generosidad y sin excusas, Y tú, ¿a qué te comprometes hoy?

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Acerca de ‘Micha’ y el espíritu de Maido

El código personal y privado de Mitsuharu Tsumura detrás del derrotero de Maido. La historia no conocida acerca del origen del restaurante peruano que es el mejor del mundo.

Por Josefina Barrón, periodista y escritora

¿Cómo así un ponja ofrece ranfañote en su carta? ¿Qué decir del tacuchaufa, de la entraña a lo pobre, del rocoto relleno? ¿Cómo es que, en una casa modesta, sobre una esquina caleta de Miraflores, en una ciudad caótica, capital de un país en constante chongo, existe hoy el mejor restaurante del mundo? ¿Qué es lo que hace que los paladares se vuelvan hacia ese rinconcito llamado Maido?

Una tarde de junio de 2012, en la carretera rumbo a Huaral, encaramados en la siempre peliaguda y polvorienta Gambetta, le pregunté a ‘Micha’ sobre ese círculo rojo que representa a Maido. “Es un enso”, me respondió, “antiguo gesto japonés, trazo vital, espontáneo, imperfecto, por eso más bello, representación del momento donde cuerpo y espíritu se hacen uno...”, dijo. “Pero el mío...”, añadió con sonrisa picarona, como quien confiesa un secreto, “...no es negro. Es rojo”.

De pronto, con esa respuesta, el camino se ofreció como un lienzo vivo. Un espacio para la aventura. Mientras viajábamos abriéndonos paso entre la neblina de Pasamayo nos remontamos a la memoria de sus sentidos. Qué importante es la infancia. La suya tiene el sabor casero de nuestros guisos y estofados, de la patita con maní, del seco de cabrito, el adobo, la huancaína y el pan con pejerrey. Su niñez se sumerge en una frondosa olla gobernada por Maura, señora que cocinaba para la familia y que fue para ‘Micha’ el puente entre Lima y el Perú profundo. Despertar los sábados es algo que ‘Micha’ siempre recordará.

A las ocho y media de la mañana ya la casa estaba invadida por los olores de los ajos, los ajíes y las cebollas que Maura arrancaba a sofreír. Micha no sabía si estaba soñando. Se levantaba de la cama directo a la cocina, donde ella lo esperaba con una enorme sonrisa y un cuchillo: a deshojar culantro, a picar cebolla, a cortar tomate, a tomar la cuchara de palo, mover la olla y procurar la enjundia. Se fue haciendo costumbre. Recuerda ‘Micha’ cómo Maura exclamaba, con una enorme sonrisa en la cara: “¡Ay, este chiquito cómo se mete a mi cocina!”.

En la casa de sus padres ‘Micha’ aprendió de aquello que cataloga como “delicioso” y es, quizás hoy más que nunca, el leitmotiv de su búsqueda; mientras su madre preparaba sashimi con shoyu, kion y limón, Maura metía el chancho al horno con canela china, sillao y ají panca. Delicioso. Su abuela, cariñosamente llamada ‘Rumi’, también fue gran inspiración.

En esa cocina casera, cotidiana, arrancó la pasión que, con los años, ha sabido encauzar. Los estímulos en la vida de Mitsuharu nunca faltaron. Estudió en Johnson & Wales, en Rhode Island. “¿Aprender a cocinar en los Estados Unidos?”, le preguntaban. Él respondía: “La sazón la tengo adentro, pero la técnica debo aprenderla”. Luego se fue a Japón. Lavó platos durante meses sin tocar un solo cuchillo. Aprendió que no se pasa de nivel sin estar listo. Enriqueció su filosofía. Supo de disciplina, de trabajo duro y paciencia. Ya en Lima, trabajó en el Sheraton como cocinero japonés. Tres años de cocina, tres de gerencia. Allí conoció el criollismo hotelero. Comprendió la cadena completa. Tuvo claro que la creatividad no es un ingrediente antagónico de la tradición. Es parte esencial de ella. Tuvo varios maestros y referencias. Nunca dejó de aprender.

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Conocí a ‘Micha’ mientras dábamos forma a Nikkei es Perú, libro enorme en fondo y forma que nos tomó casi dos años en producir. Tiempos de investigación, de experiencias compartidas, de indagar y reflexionar acerca de la historia e influencia de lo japonés en la gastronomía peruana desde que llegó el primero de todos. Tardé en perfilar con algún tipo de certeza quién era este personaje que hacía de un pedacito de entraña un viaje a las estrellas y de los huesitos del pejerrey un manjar. Anduvimos casi dos años juntos al encuentro de itamaes y cocineros nikkei de distintas generaciones, desde Augusto Kague, Toshiro y Sato hasta los más jóvenes de la saga de los Matsufuji. Fuimos a mercados, terminales pesqueros, a huariques y rincones que ya no existen más. Lo vi en su salsa, procurando bocados simplemente mágicos pues, durante el largo proceso de creación de nuestro libro debía preparar muchos de sus platos y recetas.

Tuve el placer de verlo elegir, filetear, adobar, freír, cocer, picar, sazonar, emplatar, esculpir. Entregarse todito. Ser. Lo recuerdo en el estudio barranquino de Pocho Cáceres, entre luces profesionales, lentes especialísimos, pinzas y jeringas diminutas, inyectando ponzu a una yema de codorniz que había montado sobre un trozo de carne, mientras todo el equipo contenía la respiración. En otra de esas largas y sabrosas sesiones en las que se producían las fotos de los platos, agarró un chorro de leche de tigre emulsionada con ají amarillo y en vez de echarla al plato la expuso al nitrógeno para que se congelase al momento. Lo que resultó fue una suerte de pequeña y sensual escultura sobre una lámina de salmón. Me ofreció la pócima: la escultura se derritió en mi boca. El salmón se derritió en mi boca. Yo me derretí en mi boca. Fue un juego de temperaturas muy interesante. Como ocurre en el amor. Allí entendí que este hombre es un verdadero alquimista. Un celestino. Un instigador de encuentros improbables. Junta, conjura desde la intimidad de su audaz cocina.

Durante la pandemia, ‘Micha’ dio un giro silencioso y profundo: se liberó de la obligación de encajar en la etiqueta de la cocina nikkei. Sintió que ese marco, por más entrañable que fuera, empezaba a limitar su impulso creativo. Así, con la intuición como brújula, decidió salirse de la caja y cocinar desde un lugar más íntimo, más libre, más suyo. Ya no importaba si un plato tenía o no influencias japonesas. Lo único que interesaba era que fuera delicioso. Quiso instaurar, en un país donde la democracia siempre está en juego, la democracia de lo delicioso, como él mismo la llamó. Maido, entonces, dejó de ser un restaurante nikkei para convertirse en un espacio de cocina de autor. Micha empezó a crear el Universo Maido. Bien respaldado por un país megadiverso, donde los insumos pueden generar prácticamente infinitas combinaciones, ‘Micha’ se arrancó del todo de esa zona de confort en la que nunca se quedó mucho tiempo, y se entregó completito a la búsqueda de lo que, primero que nada, conquistase sus propios y muy entrenados sentidos.

Cada plato de ‘Micha’ es testimonio de su profundo conocimiento del Perú, reflejo de ese sincretismo gastronómico que se produce en nuestros hogares; a su naturaleza mestiza se le suma la meticulosidad de las técnicas orientales y las de vanguardia, pero, sobre todo, la expresión manifiesta de su ímpetu creativo, de su espíritu inquieto, de su propia y muy particular historia familiar, de sus estrategias para seducir hasta el paladar más dormido y, por supuesto, de su naturaleza sensual, comelona y alegre. ‘Micha’ es nikkei, sí, pero es criollo hasta los huesos. Una potente suma de otros factores ha hecho que saque adelante Maido: una muy especial visión de los negocios y una capacidad brutal de trabajo y productividad.

Él es Maido, sí, pero Maido son todas aquellas personas que lo acompañan, pues no basta con un gran chef para conquistar semejante distinción. Detrás hay un ecosistema vivo, complejo y afinado como un reloj. Todo empieza mucho antes que llegue el comensal: apenas despunta el alba, con proveedores que entienden lo que significa calidad, frescura y origen; pescadores que saben leer el mar peruano y traen las maravillas de nuestro milagroso azul, agricultores que conocen el pulso de esta tierra de tantos suelos diferentes como escaleras hay al cielo. Luego está la cocina: desde quien pica verduras durante horas hasta quien monta el plato con pinzas como si engarzara una piedra preciosa. Artesanos y artistas los tenemos. Gente cálida y con ganas de chambear, también.

Cada uno tiene un rol y un ritmo, y todo funciona porque hay respeto, oficio y una coreografía perfectamente sincronizada. En la sala, los que atienden no solo sirven: leen emociones, acompañan, guían el viaje sensorial, anticipan deseos, saben cuándo acercarse y cuándo dejar que la cosa fluya. Están César, Marjorie, Florencia Rey, sommelier argentina reconocida como la mejor de América Latina hace un par de años; es todo un desafío maridar vinos, sakes y destilados con la compleja cocina de ‘Micha’. Hay un equipo de limpieza que hace que hasta los más delicados cristales refuljan. Y, dominando el escenario, está ese círculo rojo como un tercer ojo. Uno que observa con sabiduría.

Es cierto que el enso de Maido no es el gesto zen tradicional: es uno criollón, arrocotado, sazonado de peruanidad, irregular y subvertido hasta las cachas. Es un enso picante, el trazo de una mano oriental que se cimbrea, caligrafía con kimba, ritual que se rebela y revela, estandarte que representa bien el temperamento culinario de este personaje tan especial de nuestra compleja identidad y, por supuesto, el del universo que él ha creado hace ya más de quince años o, quizás, desde los tiempos de Maura, ‘Rumi’ y su madre.

Ese círculo rojo es, como ‘Micha’, como Maido, como el Perú, espontáneo, orgánico e impredecible. Un trazo que se redefine cada madrugada.

¿Cómo así un ponja ofrece ranfañote en su carta? ¿Qué decir del tacuchaufa, de la entraña a lo pobre, del rocoto relleno? ¿Cómo es que, en una casa modesta, sobre una esquina caleta de Miraflores, en una ciudad caótica, capital de un país en constante chongo, existe hoy el mejor restaurante del mundo? ¿Qué es lo que hace que los paladares se vuelvan hacia ese rinconcito llamado Maido?

Una tarde de junio de 2012, en la carretera rumbo a Huaral, encaramados en la siempre peliaguda y polvorienta Gambetta, le pregunté a ‘Micha’ sobre ese círculo rojo que representa a Maido. “Es un enso”, me respondió, “antiguo gesto japonés, trazo vital, espontáneo, imperfecto, por eso más bello, representación del momento donde cuerpo y espíritu se hacen uno...”, dijo. “Pero el mío...”, añadió con sonrisa picarona, como quien confiesa un secreto, “...no es negro. Es rojo”.

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De pronto, con esa respuesta, el camino se ofreció como un lienzo vivo. Un espacio para la aventura. Mientras viajábamos abriéndonos paso entre la neblina de Pasamayo nos remontamos a la memoria de sus sentidos. Qué importante es la infancia. La suya tiene el sabor casero de nuestros guisos y estofados, de la patita con maní, del seco de cabrito, el adobo, la huancaína y el pan con pejerrey. Su niñez se sumerge en una frondosa olla gobernada por Maura, señora que cocinaba para la familia y que fue para ‘Micha’ el puente entre Lima y el Perú profundo. Despertar los sábados es algo que ‘Micha’ siempre recordará.

A las ocho y media de la mañana ya la casa estaba invadida por los olores de los ajos, los ajíes y las cebollas que Maura arrancaba a sofreír. Micha no sabía si estaba soñando. Se levantaba de la cama directo a la cocina, donde ella lo esperaba con una enorme sonrisa y un cuchillo: a deshojar culantro, a picar cebolla, a cortar tomate, a tomar la cuchara de palo, mover la olla y procurar la enjundia. Se fue haciendo costumbre. Recuerda ‘Micha’ cómo Maura exclamaba, con una enorme sonrisa en la cara: “¡Ay, este chiquito cómo se mete a mi cocina!”.

En la casa de sus padres ‘Micha’ aprendió de aquello que cataloga como “delicioso” y es, quizás hoy más que nunca, el leitmotiv de su búsqueda; mientras su madre preparaba sashimi con shoyu, kion y limón, Maura metía el chancho al horno con canela china, sillao y ají panca. Delicioso. Su abuela, cariñosamente llamada ‘Rumi’, también fue gran inspiración.

En esa cocina casera, cotidiana, arrancó la pasión que, con los años, ha sabido encauzar. Los estímulos en la vida de Mitsuharu nunca faltaron. Estudió en Johnson & Wales, en Rhode Island. “¿Aprender a cocinar en los Estados Unidos?”, le preguntaban. Él respondía: “La sazón la tengo adentro, pero la técnica debo aprenderla”. Luego se fue a Japón. Lavó platos durante meses sin tocar un solo cuchillo. Aprendió que no se pasa de nivel sin estar listo. Enriqueció su filosofía. Supo de disciplina, de trabajo duro y paciencia. Ya en Lima, trabajó en el Sheraton como cocinero japonés. Tres años de cocina, tres de gerencia. Allí conoció el criollismo hotelero. Comprendió la cadena completa. Tuvo claro que la creatividad no es un ingrediente antagónico de la tradición. Es parte esencial de ella. Tuvo varios maestros y referencias. Nunca dejó de aprender.

Conocí a ‘Micha’ mientras dábamos forma a Nikkei es Perú, libro enorme en fondo y forma que nos tomó casi dos años en producir. Tiempos de investigación, de experiencias compartidas, de indagar y reflexionar acerca de la historia e influencia de lo japonés en la gastronomía peruana desde que llegó el primero de todos. Tardé en perfilar con algún tipo de certeza quién era este personaje que hacía de un pedacito de entraña un viaje a las estrellas y de los huesitos del pejerrey un manjar. Anduvimos casi dos años juntos al encuentro de itamaes y cocineros nikkei de distintas generaciones, desde Augusto Kague, Toshiro y Sato hasta los más jóvenes de la saga de los Matsufuji. Fuimos a mercados, terminales pesqueros, a huariques y rincones que ya no existen más. Lo vi en su salsa, procurando bocados simplemente mágicos pues, durante el largo proceso de creación de nuestro libro debía preparar muchos de sus platos y recetas.

Tuve el placer de verlo elegir, filetear, adobar, freír, cocer, picar, sazonar, emplatar, esculpir. Entregarse todito. Ser. Lo recuerdo en el estudio barranquino de Pocho Cáceres, entre luces profesionales, lentes especialísimos, pinzas y jeringas diminutas, inyectando ponzu a una yema de codorniz que había montado sobre un trozo de carne, mientras todo el equipo contenía la respiración. En otra de esas largas y sabrosas sesiones en las que se producían las fotos de los platos, agarró un chorro de leche de tigre emulsionada con ají amarillo y en vez de echarla al plato la expuso al nitrógeno para que se congelase al momento. Lo que resultó fue una suerte de pequeña y sensual escultura sobre una lámina de salmón. Me ofreció la pócima: la escultura se derritió en mi boca. El salmón se derritió en mi boca. Yo me derretí en mi boca. Fue un juego de temperaturas muy interesante. Como ocurre en el amor. Allí entendí que este hombre es un verdadero alquimista. Un celestino. Un instigador de encuentros improbables. Junta, conjura desde la intimidad de su audaz cocina.

Durante la pandemia, ‘Micha’ dio un giro silencioso y profundo: se liberó de la obligación de encajar en la etiqueta de la cocina nikkei. Sintió que ese marco, por más entrañable que fuera, empezaba a limitar su impulso creativo. Así, con la intuición como brújula, decidió salirse de la caja y cocinar desde un lugar más íntimo, más libre, más suyo. Ya no importaba si un plato tenía o no influencias japonesas. Lo único que interesaba era que fuera delicioso. Quiso instaurar, en un país donde la democracia siempre está en juego, la democracia de lo delicioso, como él mismo la llamó. Maido, entonces, dejó de ser un restaurante nikkei para convertirse en un espacio de cocina de autor. Micha empezó a crear el Universo Maido. Bien respaldado por un país megadiverso, donde los insumos pueden generar prácticamente infinitas combinaciones, ‘Micha’ se arrancó del todo de esa zona de confort en la que nunca se quedó mucho tiempo, y se entregó completito a la búsqueda de lo que, primero que nada, conquistase sus propios y muy entrenados sentidos.

Cada plato de ‘Micha’ es testimonio de su profundo conocimiento del Perú, reflejo de ese sincretismo gastronómico que se produce en nuestros hogares; a su naturaleza mestiza se le suma la meticulosidad de las técnicas orientales y las de vanguardia, pero, sobre todo, la expresión manifiesta de su ímpetu creativo, de su espíritu inquieto, de su propia y muy particular historia familiar, de sus estrategias para seducir hasta el paladar más dormido y, por supuesto, de su naturaleza sensual, comelona y alegre. ‘Micha’ es nikkei, sí, pero es criollo hasta los huesos. Una potente suma de otros factores ha hecho que saque adelante Maido: una muy especial visión de los negocios y una capacidad brutal de trabajo y productividad.

Él es Maido, sí, pero Maido son todas aquellas personas que lo acompañan, pues no basta con un gran chef para conquistar semejante distinción. Detrás hay un ecosistema vivo, complejo y afinado como un reloj. Todo empieza mucho antes que llegue el comensal: apenas despunta el alba, con proveedores que entienden lo que significa calidad, frescura y origen; pescadores que saben leer el mar peruano y traen las maravillas de nuestro milagroso azul, agricultores que conocen el pulso de esta tierra de tantos suelos diferentes como escaleras hay al cielo. Luego está la cocina: desde quien pica verduras durante horas hasta quien monta el plato con pinzas como si engarzara una piedra preciosa. Artesanos y artistas los tenemos. Gente cálida y con ganas de chambear, también.

Cada uno tiene un rol y un ritmo, y todo funciona porque hay respeto, oficio y una coreografía perfectamente sincronizada. En la sala, los que atienden no solo sirven: leen emociones, acompañan, guían el viaje sensorial, anticipan deseos, saben cuándo acercarse y cuándo dejar que la cosa fluya. Están César, Marjorie, Florencia Rey, sommelier argentina reconocida como la mejor de América Latina hace un par de años; es todo un desafío maridar vinos, sakes y destilados con la compleja cocina de ‘Micha’. Hay un equipo de limpieza que hace que hasta los más delicados cristales refuljan. Y, dominando el escenario, está ese círculo rojo como un tercer ojo. Uno que observa con sabiduría.

Es cierto que el enso de Maido no es el gesto zen tradicional: es uno criollón, arrocotado, sazonado de peruanidad, irregular y subvertido hasta las cachas. Es un enso picante, el trazo de una mano oriental que se cimbrea, caligrafía con kimba, ritual que se rebela y revela, estandarte que representa bien el temperamento culinario de este personaje tan especial de nuestra compleja identidad y, por supuesto, el del universo que él ha creado hace ya más de quince años o, quizás, desde los tiempos de Maura, ‘Rumi’ y su madre.

Ese círculo rojo es, como ‘Micha’, como Maido, como el Perú, espontáneo, orgánico e impredecible. Un trazo que se redefine cada madrugada.

 

La fe del Perú es la fe en el Perú

La elección de un papa espiritualmente peruano como León XIV es una señal providencial. Nos toca resucitar como nación, unida gracias a certezas irrenunciables.

Por Padre Byton, padre SJ

“No se dejen robar la esperanza”. Con estas palabras el papa Franisco cerraba su histórica visita al Perú en enero de 2018. Quien diría que siete años después su sucesor saldría de estas tierras. Es así como vive la esperanza, esa “niña obstinada” como decía Peguy, ese dinamismo interior del corazón que mueve al espíritu, a la mente y a las decisiones. Estamos celebrando Fiestas Patrias, las primeras con un papa forjado en el Perú, ¿qué puede significar esto para nuestro país, para la Iglesia, para los hombres y mujeres de buena voluntad? Significa que nuestro destino no es la frustración, la corrupción o el sinsentido patriótico. El Perú es una tierra de posibilidades, que está atravesando horas de lucha ensangrentadas; su destino no es la muerte, sino el resucitar como nación. De nada sirve quejarnos sin protestar, criticar sin sumar, dejarnos vencer sin apostar. Para los creyentes en Jesús, la esperanza no defrauda (Romanos 5). Robert Prevost es un creyente en Jesús, que maduró sus años de misión en el norte peruano. Dios y la vida lo estaban forjando para asumir ese liderazgo que orienta hoy a millones de hombres y mujeres de buena voluntad a nivel universal. La fe del Perú no es algo superficial o pasajero, la fe del Perú está alimentando una esperanza, que ahora es una voz que busca la paz, la unidad, el cuidado de la creación y la solidaridad con los últimos. Desde que el obispo de Chiclayo fue llamado a Roma por el papa Francisco en 2023, el Perú nuevamente ofrecía al mundo una persona que podría colaborar eficazmente con el sucesor de Pedro, para buscar incansablemente caminos de paz y reconciliación.

Gracias al papa León XIV la fe del Perú puede ser llamada también la fe en el Perú. Un paso concreto de esa esperanza que no defrauda es el proceso sinodal que se está viviendo en la Iglesia católica. Sínodo significa “caminar juntos”, y para ello debemos y podemos escucharnos, reconocernos, aprender a dialogar nuevamente, saber reconocer que quien tengo al frente no es un enemigo o mi opositor innato, sino que, reconociéndonos heridos necesitados de sanación, podemos deponer las armas de la polarización para usar la medicina de la misericordia y de la justicia. El camino sinodal que, como dice el papa León XIV “expresa el modo en el cual el Espíritu modela la Iglesia”, configura una Iglesia cercana, misericordiosa, sin miedo a salir a las fronteras geográficas y existenciales de nuestro país y de nuestro mundo. La exhortación de Jesús: “vayan por todo el mundo a proclamar la buena noticia” (Marcos 16, 15), no es solamente una exigencia sino y, sobre todo, un derecho. Todos necesitan escuchar y ser buenas noticias, como las que existen detrás de las tormentas de extorsión y muerte cotidianas. Visibilizamos el mal, sabiendo que visibilizando el bien que somos capaces de hacer, podemos salir del hoyo de la desesperanza. La fe de un pueblo se pone a prueba, esa misma fe que determina su destino. Por eso el papa León XIV anima especialmente a los jóvenes diciéndoles: “debemos aprender a acercarnos a los problemas, que son siempre distintos, porque cada generación es nueva, con nuevos desafíos, con nuevos sueños, con nuevas interrogantes”.

Hoy más que nunca, cuando en muchas realidades de nuestra patria vemos que tocamos fondo, la presencia y misión del papa León XIV nos motiva a reavivar la esperanza. “En un mundo quebrantado y sin paz el Espíritu Santo nos educa a caminar juntos. La tierra descansará, la justicia se afirmará, los pobres se alegrarán y la paz volverá si dejamos de movernos como predadores y comenzamos a hacerlo como peregrinos. Ya no cada uno por su cuenta, sino armonizando nuestros pasos con los pasos de los demás. No consumiendo el mundo con voracidad, sino cultivándolo y custodiándolo”. (Vigilia de Pentecostés 2025)

El Perú sí tiene futuro, el que soñemos juntos, el que construyamos juntos con el mismo ahínco innato, cultural y religioso que nos permitió regalarle a la humanidad un líder universal.

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¿Por qué creo que el Perú sí tiene futuro, pese a todo los que nos toca vivir? Agradecido con el Perú

El toreo es una filosofía. El exponente número uno de este arte y oficio es peruano. Cultiva con su lugar de origen una relación de gratitud y enseñanza que ahora, desde la cúspide taurina, quiere corresponder.

Por Andrés Roca Rey, matador de toros

Desde que salí de mi casa en Lima con 14 años, por primera vez, solo tuve una idea clara: tomar la alternativa, ser figura del toreo, estar 10 años en activo y volver al Perú a descansar con mi familia.

Ya son 10 años los que se cumplen ahora, este 19 de septiembre, y aunque a veces se pase muy mal delante del toro, no me quiero retirar aún.

No me quiero retirar porque he aprendido, en estos años, que el toreo es mucho más que alcanzar una meta temporal o numérica. Es una filosofía de vida. Sí, una forma de vivir y de sentir. Es un mundo que te obliga a vivir cada día con intensidad, un mundo profundamente apasionado, donde desde niño aprendes que el toreo es un arte que necesita una dosis de locura.

Y, al ser vida, también necesita que la arriesgues apostando con ella. Por eso siento que mi vida personal y mi vida profesional siempre han estado unidas.

Porque se torea como se es… y también se torea como se está. He vivido muchas experiencias en estos años: algunas muy hermosas, otras muy difíciles. He sentido el miedo, la presión extrema, la responsabilidad.

No solo la responsabilidad de cumplir mis propios sueños, sino también la de no fallarle a una afición que confía en mí cada día.

El toreo me hizo más disciplinado, y me ha motivado en muchos aspectos de mi vida personal.

Puedo decir que he sido el hombre más feliz del mundo en muchísimos momentos.

Y lo más importante: siento que, en muy poco tiempo, el toro me ha devuelto con creces todo lo que yo he sido capaz de entregarle.

El toreo me hizo artista, profesional… pero sobre todo, me enseñó a ser persona. Porque en esta profesión, cuando el toro siente que te estás desviando del camino, llegan las grandes lecciones. Y muchas veces, vienen en forma de curas de humildad.

En otras palabras: aunque en el colegio no me haya ido muy bien, y aunque no haya pisado una universidad, puedo decir con total orgullo que el libro de mi vida en el toreo es el que más me ha enseñado. Por la gente que he conocido, por las experiencias vividas, por los errores cometidos, los aciertos, los fracasos y —gracias a Dios— muchos triunfos.

Me gustaría hablarle ahora al niño que fui, porque por él estoy aquí delante de ustedes: por sus sueños, su esfuerzo y sus decisiones.

Recuerdo mis primeros viajes para torear en la sierra del Perú, cómo me recibía la gente cuando tenía apenas 8 o 9 años. Yo admiraba muchísimo al Juli y quise que me pusieran un apodo parecido al suyo… así nació “El Andi”.

Les prometo que ese personaje fue el más puro que ha habitado este cuerpo en mis 28 años de vida.

Y siempre intento volver a él, con pureza y con amor.

Hoy, los hemos reunido aquí para contarles algo que vengo pensando desde hace mucho tiempo.

Vuelvo a donde todo empezó: a mi querida tierra, mi Perú, mi Lima.

Pero esta vez quiero hacerlo distinto, con motivo de estos 10 años de alternativa.

Por el agradecimiento profundo que siento hacia mis paisanos, a esa gente que me vio nacer y crecer en mis primeros años. Agradecido también con el toreo y con el toro, que me han regalado la vida más apasionante que pude haber imaginado.

Me voy a encerrar con seis toros en la Plaza de Acho.

Y no es algo que me resulte fácil… siempre tuve miedo de hacerlo.

Pero la vida está para crear historias.

Para dejar de pelear con el mundo y empezar a enfrentarse a uno mismo.

Para arriesgar. Para ser rebelde cuando toca. Para conquistar, para apasionarse de esta vida maravillosa… y morir cuando tenga que ser.

Encerrarme con seis toros es más que un desafío: es un renacer. Es volver a recordar por qué lucho, por qué sigo, y por qué esta plaza, que tanto me ha dado, merece todo lo que tengo para entregarle.

Muchas gracias, por siempre: al Perú, a España, a mi familia, a mis seguidores y también a mis detractores, que siempre me empujan a superarme; al mundo del toreo en general, y por supuesto, al animal que más quiero y respeto en este mundo: el toro bravo. Esto es por ustedes. Y por ese sueño que, desde niño —contra todo— sigue vivo.

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Desde mi experiencia ¿por qué el Perú sí tiene futuro pese a todo?

Una joven y brillante científica peruana define un valor intangible nacional que podría ser la clave de nuestro despegue: la fuerza del alma peruana.

Por Aracely Quispe Neira, ingeniera astronáutica NASA

Porque a lo largo de mi vida —desde mis raíces en Motupe hasta mi trabajo en misiones espaciales internacionales— he sido testigo de algo que no se mide con estadísticas ni titulares: la fuerza del alma peruana. Un país no se define solo por su política, sino por el espíritu incansable de su gente, por su historia milenaria, su tierra fértil y, sobre todo, por su capacidad de levantarse, reinventarse y avanzar… incluso en medio de la adversidad.

El Perú tiene futuro porque está vivo en su cultura, una de las más extraordinarias del planeta. Desde nuestras lenguas originarias como el quechua, hasta nuestras danzas, textiles, saberes ancestrales y expresiones que aún florecen en las comunidades más alejadas. Somos herederos de civilizaciones que miraron al cielo, calcularon los astros y entendieron la tierra. Esa grandeza sigue latiendo.

Tiene futuro porque el talento peruano trasciende fronteras. Lo veo en cada joven que capacito, en cada charla con estudiantes, en los científicos peruanos que brillan fuera del país. Muchos de nosotros salimos para formarnos, pero jamás dejamos de pensar en cómo regresar valor. Porque cuando uno nace con una misión, esa misión te conecta siempre con tus raíces.

Nuestra biodiversidad es una fuente inagotable de oportunidades. Desde los Andes hasta la Amazonía, pasando por nuestro mar y desiertos, el Perú está lleno de vida. Con visión científica, conciencia ambiental y políticas sostenibles, podríamos liderar el mundo en recursos naturales, salud, tecnología limpia y mucho más.

Nuestra gastronomía también habla por nosotros. No solo en los premios internacionales, sino en lo que representa: una mezcla de culturas, historia, creatividad, resistencia y amor. Cada plato peruano es una lección de identidad.

Y hay momentos que tocan el alma de un país. Cuando fue elegido el papa León XIV —Robert Francis Prevost—, primer papa con ciudadanía peruana, sentí lo mismo que muchos compatriotas: orgullo, emoción, esperanza. Su mensaje de fe, justicia social y cercanía con los pueblos humildes reafirma que el Perú no solo tiene historia, sino también voz en el mundo. Desde nuestras tierras, también se llega al corazón de millones.

Pero si algo me reafirma cada día que el Perú tiene futuro, es su gente común. El peruano que lucha, que estudia, que emprende, que no se rinde. Somos un pueblo de resilientes. Hemos vivido crisis, desastres, pérdidas. Y aun así, seguimos soñando.

Somos muchos los que hemos transformado la carencia, la pobreza, la falta de oportunidades y las dificultades en impulsores para despegar hacia un cambio positivo. Muchos hemos vencido los paradigmas del “no puedo” y de la conformidad, y hemos crecido. Hoy, caminamos con la convicción de que sí es posible, y somos testimonio vivo de ello.

Y hoy me enorgullece recibir correos de varios jóvenes —cada vez son más— que con mucha ilusión me cuentan haber ingresado becados a las mejores universidades de Estados Unidos. Me dicen que creyeron en ellos mismos porque mi historia y mensaje calaron profundamente. Ellos son el futuro de nuestro país. Y eso me confirma que vale la pena cada paso, cada esfuerzo, cada palabra compartida.

Nos han querido robar la esperanza muchas veces, pero también hemos aprendido a informarnos y a despertar. Cada nueva generación es más crítica, más valiente, más preparada. Esa transformación ya comenzó.

El Perú tiene futuro, como bien amerita, porque su mayor maravilla no está solo en Machu Picchu ni en sus riquezas naturales, sino en su inmensa capacidad de amar y unirse en los momentos más difíciles. Lo vemos en los barrios, en las provincias, en las manos que ayudan, en la comunidad que se organiza, en las mujeres que sostienen hogares y sueños a la vez.

Yo creo profundamente en la educación, en la ciencia, en la tecnología como herramientas reales para romper círculos de pobreza y construir un país justo y sostenible. Tengo la esperanza —y también la convicción— de que si el Perú invierte en investigación, innovación y formación, podremos trazar un camino claro hacia el desarrollo.

Ese es el propósito que guía AQN, mi marca personal, y SPACETECH Inspira, organización que dirijo como CEO: inspirar a cada peruano a despegar hacia lo extraordinario. Porque si yo pude… ¡tú también puedes!

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El Perú es una herida abierta 

Una idiosincrasia agridulce nos impide concretar los logros. Urge un compromiso real que nos consolide como proyecto realizable.

Por Gonzalo García Callegari, artista plástico

El Perú es una herida abierta, una llaga enorme que nunca llega a cerrarse ni a curarse del todo. Por momentos pareciera que la herida ya va a cicatrizar, pero empieza a sangrar nuevamente.

El Perú es una ilusión, pues nuestros problemas, así como nuestras heridas, nunca llegan a sanar.

El Perú es una enfermedad infinita.

El Perú es un problema y una posibilidad constantes. En todos los años que vengo investigando sobre su historia y particularmente desde nuestro nacimiento como república, experimento una sensación simultánea de amor y odio al leer sobre tantos errores que se repiten una y otra vez, con diferentes actores y en momentos distintos, pero que siempre traen como consecuencia el caos, el desorden, el desgobierno y la falta de un proyecto común como nación.

El Perú es un país desbordado, que vive situaciones límite a cada momento, en donde cada habitante lucha como puede para sobrevivir. Siempre con la sensación de tener que volver a empezar, condenados a revivir nuestras mismas frustraciones y limitaciones una y otra vez, atrapados en un bucle interminable.

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¿Nuestro deporte nacional favorito? No es el fútbol. Es el odiarnos, el enfrentarnos entre nosotros. Siempre buscando el defecto en los demás, pero nunca viendo los errores propios. El discriminar por motivos de origen, raza, orientación sexual, idioma, religión, opinión, condición económica, etcétera (exactamente lo mismo que nuestra Constitución dice proteger). Lo podemos ver en todos los ámbitos: desde el doméstico y el más personal hasta, cómo no, en las más altas instituciones del estado y sus representantes.

¿Nuestro plato nacional favorito? Ni el cebiche ni el lomo saltado. Es la envidia y la soberbia, esa combinación que saca lo peor de nosotros, la que nos hace poco solidarios, nada empáticos y que nos destroza todos los días. La que hace que algunos se sientan superiores y que vean a los demás desde su pedestal, con arrogancia y angurria.

Tenemos todo y a la vez no tenemos nada porque no sabemos aprovechar lo que somos, porque seguimos enfrascados en resentimientos absurdos que nos mantienen anclados en un pasado idealizado que nunca fue, pero que tampoco será. ¿Riquezas naturales? Todas las imaginables. ¿Potencial turístico? Inmenso. ¿Talento? Muchísimo. ¿Capacidad de resilencia? Infinita. ¿Aptitud para el emprendimiento? Está en nuestro ADN. ¿Clase política? La peor de todas: incapaz de aprovechar las oportunidades, de trazar un proyecto común, enfrascada en saquear al país y de guerrear entre ellos para quedarse con lo poco que quedará después de la masacre. Lo vemos y lo vivimos todos los días.

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Tenemos los mejores restaurantes de todo el mundo. Somos una potencia gastronómica. Sin embargo, nuestros niños están desnutridos y anémicos. El Gobierno les proporciona alimentos que terminan intoxicándolos y matándolos. Tenemos la mejor barra de fútbol del mundo. No obstante, nuestro equipo solo consigue resultados mediocres. Son como nuestros “héroes nacionales”: lucharon pero siempre fracasaron. “Qué bien jugó Perú, pero otra vez terminó perdiendo (como siempre)”. Y a pesar de todo seguimos queriendo tanto a nuestro país. Es como un amante al que no se le puede dejar. Se sufre, pero se goza.

Somos solo un proyecto de país. Somos varios pequeños “perús” dentro de un solo Perú, delimitado por una serie de conceptos abstractos y líneas imaginarias que supuestamente nos dan una unidad, pero esa unidad también es imaginaria. Somos cholos, mestizos, andinos, blancos, chinos, negros, amazónicos, mulatos. Pero no nos entendemos entre nosotros. Cada uno busca su propia satisfacción, pero no el bien común. Tenemos sitios arqueológicos, un pasado milenario y lugares geográficos únicos que podrían llevarnos a ser un referente cultural a nivel mundial. Es justamente esa gran diversidad nuestra gran fortaleza. Es tiempo de dejar de enfrentarnos y de odiarnos. Pero también es tiempo de conocernos más, de educarnos, de aprender a informarnos, de saber elegir buenas autoridades, de no meternos cabe a nosotros mismos, de aprender a conversar, a dialogar, de encontrar puntos en común dentro de nuestras contradicciones. De construir en vez de destruir. De ver lo positivo en los demás en vez de señalar únicamente los defectos. De alzar la voz y de denunciar cuando sea necesario. No es algo que tenga que ver únicamente con la clase política. Es una responsabilidad de todos nosotros.

¿Es algo muy difícil de lograr? ¿Se podrá construir una verdadera nación alguna vez? No lo sé. Tengo 54 años, he vivido una cuarta parte de lo que ha vivido el Perú y no veo una salida fácil. En todo caso, estoy seguro de que esto no depende de quién sea el próximo presidente o de quiénes sean elegidos en el próximo parlamento. Es una cuestión personal, depende de la voluntad de cada uno. Solo con un compromiso real que se traduzca en acciones reales, seremos capaces de construir una verdadera república y de poder progresar como nación. Si no lo hacemos, el Perú seguirá siendo un proyecto a medias, una ilusión permanente y una enfermedad incurable.

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Dignidad Heredada

La educación y el arraigo como puntos de inicio en la formación de una nacionalidad peruana solidaria y digna.

Por Sylvia Falcón, soprano de coloratura y antropóloga

Hace algunos días durante una entrevista radial en la cual el conductor se notició de varios detalles que no conocía sobre mi carrera artística, hizo el siguiente comentario: “Quiero felicitar a tus padres por haberte inculcado esa exigencia con la que nos ofreces tu arte y ese amor por el Perú, por nuestra cultura”. Regresaron a mí las cuestiones de casi siempre: ¿Cuán importante es el rol de la familia, de los padres principalmente, en inocular valores representativos en la mente y el corazón de los niños? Pues no solo los valores morales se fortalecen en el momento del aprendizaje temprano, sino además los valores cívicos, germen de los futuros ciudadanos. Cuando Reiner Maria Rilke decía “la infancia es la verdadera patria del hombre” tomaba esa noción concreta de pertenencia, la patria, como un absoluto, haciendo el paralelo con esos momentos de conciencia auroral, donde toda experiencia, la convivencia, se vuelve determinante en la configuración del ser humano.

Considero que en mi caso ese proceso fundacional fue provechoso. Entre lo que tendría que compartir, hay ciertos detalles protagonistas. Por ejemplo, el desmedido amor que mi padre atesora por el pequeño pueblo donde nació, forjó en mí el sentido de pertenencia a tal punto que hubo una larga época en la que yo decía haber nacido en ese valle hermoso entre molles y pacaes y no en el hospital Rebagliati de Lima, como realmente fue; o que esa gélida puna huancavelicana de la que a los cinco años desarraigaron a mi madre para llevarla al mundo criollo iqueño le significó darse cuenta prematuramente de las enormes diferencias sociales del Perú y le dio argumentos para frenar cualquier intento de discriminación, que luego supo transmitir sabiamente a sus hijas, logrando moldear nuestro carácter y el concepto de país que fuimos elaborando en nuestras pequeñas mentes.

Son incontables las historias de peruanos hijos de las grandes oleadas de migración interna; todos preguntándonos cómo asir la diversidad de nuestras herencias, cómo mirarnos a nosotros mismos y ubicarnos en el espectro de varios Perú distintos y distintivos, a veces tierno, a veces uno más hostil y perverso que otro. Ese es uno de los tantos acertijos que aún no hemos aprendido a resolver, quizás porque pensamos que, a pesar de lo mucho que ciertos ciudadanos nos esforzamos por salir adelante dignamente con nuestras herencias a cuestas, el contexto nos dice que con la dignidad identitaria no hacemos mucho, que el racismo y la corrupción instaurados en todas las aristas de nuestra vida social se ha vuelto la ley y que ya no hay vuelta a atrás, o al menos eso es lo que nos quieren hacer creer.

Vuelvo a la memoria de mis padres y puedo ver nítidamente cómo fue posible que, a pesar de provenir de pueblos olvidados, lograron romper el círculo de pobreza y conformaron una familia modesta y honorable a fuerza de trabajar sin desmayo, apostando ciegamente por la educación de sus hijas. Cierro los ojos y veo a ese niño que fue mi padre en los cerros ayacuchanos pasteando las ovejas de otros, sin zapatos, cargando leñitas en su apascha y a veces no me puedo explicar cómo es posible amar con ardor el lugar en el que uno sufrió tanto. A lo largo de estos años fui comprendiendo que es así el amor por la tierra que cobijo nuestros sueños primeros, por la madre que nos alimentó en ella, ese espacio de ficción del que uno dice “es mío”; por extensión es lo que me pasa con el Perú, esto que me vive contenido en el pecho, que no tiene explicación ni lógica, pero al que le entrego mi canto con pasión inabarcable. Cómo es posible sufrir tanto por un país que se desmorona y por el cual guardamos las esperanzas más absurdas.

Esperanzas echadas al viento o quizás en este punto sea pertinente actualizar viejos mitos. Pienso en Raymondi con el no tan afortunado, pero cierto “El Perú es un mendigo sentado en un banco de oro” o el clásico “Vale un Perú” o los franceses con aquel “ce n’est pas le Pérou”, coloquialismo usado hasta el día de hoy que significa algo así como nada es tan rico o importante como el Perú. Son estos momentos en los que nos toca beber de nuestra historia, tomar fuerza de lo que nos pertenece, tenemos derecho al goce de nuestro legado, de lo que nos han heredado quienes otrora obraron con amor por la patria, esta es la importancia de nuestro ser en comunidad.

Estoy segura de que cada uno de nosotros conoce o encarna una historia fantástica de algún ciudadano notable cuyas acciones representen un ejemplo de entereza y honorabilidad. Abracemos esas historias, abracemos nuestra propia historia para tomar fuerzas en tiempos complejos y oscuros. Las buenas acciones generan mejores acciones y soy una convencida de que desde nuestras humildes plataformas de acción es posible reencausar voluntades y actuar correctamente, pensando que nuestros hijos son estudiantes en primera fila, no solo de nuestro proceder sino también de la sinceridad de nuestros sentimientos. Ahí radica nuestra responsabilidad con el fortalecimiento de la autoestima y la identidad de las nuevas generaciones.

Dicen que amar a la patria es amar a nuestra madre, seamos mejores hijos, defendámosla con nuestro tierno amor de quienes la oprobian.

Al finalizar la entrevista radial a partir de la cual comencé esta reflexión, sonreí agradecida, pues desde que mi madre falleció en 2022, vivo pendiendo del hilo de su recuerdo y me consuelo imaginando que, en ese lugar extraterreno donde sé que sigue obrando su magia, mi mamita Feli debe de estar muy orgullosa de escuchar esas sutiles deferencias que a veces la prensa nacional tiene para con mi arte.

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El futuro del Perú está servido

El poder transformador de la gastronomía como uno de los vectores de la formación de una identidad nacional. Una de las claves de nuestro futuro está sobre la mesa.

Por Jaime Pesaque, chef de Mayta (#39 del 50 Best)

Hablar del Perú es hablar de historia, diversidad, lucha y resiliencia. A pesar de los desafíos políticos, sociales y económicos que enfrenta el país, creo firmemente que el Perú sí tiene futuro. Y no lo digo solo como peruano, sino como cocinero que ha vivido en carne propia el poder transformador de nuestra gastronomía. Porque si hay algo que nos une, que nos representa y que tiene un potencial infinito, es nuestra cocina.

La gastronomía peruana no solo es una de las más reconocidas del mundo; es un reflejo de lo mejor que tenemos como nación. Es un crisol de culturas que han sabido convivir y enriquecerse mutuamente, la herencia andina, la influencia española, los sabores africanos, la tradición china, japonesa e italiana, todo en un mismo plato. Esa capacidad de integrar, de adaptarnos y crear algo nuevo a partir de nuestras diferencias, es una señal clara de que como sociedad también podemos construir un mejor futuro.

Desde mi experiencia como cocinero, he visto cómo la cocina puede generar cambios reales. No solo en los restaurantes de lujo, sino en los mercados, en los comedores populares, en las cocinas familiares donde se transmiten saberes de generación en generación. Cocinar en el Perú no es solo preparar alimentos, es contar historias, conservar tradiciones, generar empleo, innovar y educar. Nuestra gastronomía es un motor de desarrollo económico, social y cultural. Es uno de los sectores donde la informalidad puede transformarse en formalidad, y donde un plato de comida puede abrir las puertas al mundo.

Hoy, la gastronomía peruana es una embajadora poderosa. Gracias a ella, muchos extranjeros conocen al Perú más allá de los titulares negativos. Vienen por el cebiche y descubren Machu Picchu, prueban una causa limeña y se interesan por nuestra historia precolombina, se enamoran de un ají de gallina y terminan defendiendo nuestra biodiversidad. Esa conexión entre lo local y lo global es un puente hacia el futuro. Porque el mundo valora lo auténtico, lo diverso, lo sostenible. Y eso es precisamente lo que ofrece nuestra cocina.

Pero el potencial no se queda solo en el turismo gastronómico. Cada vez más jóvenes se forman como cocineros, productores, emprendedores. La cocina se ha convertido en una herramienta para empoderar comunidades, para rescatar ingredientes olvidados, para revalorizar el trabajo del agricultor, del pescador, del artesano. Estamos entendiendo que la riqueza del Perú no está solo bajo tierra, sino sobre ella: en nuestras papas nativas, en nuestra quinua, en nuestros ajíes, en nuestra Amazonía.

Por eso, cuando me preguntan si el Perú tiene futuro, yo respondo sin dudar: sí, y está en nuestra mesa. Porque donde hay comida, hay esperanza. Donde hay una receta, hay una historia que merece ser contada. Donde hay sabor, hay identidad. Y donde hay identidad, hay fuerza para construir un mañana más justo, más inclusivo y más sabroso para todos.

Hoy más que nunca, como cocinero peruano, me siento parte de ese movimiento que no solo cocina, sino que sueña y trabaja por un país mejor. La gastronomía es nuestro orgullo, pero también es nuestra herramienta. Usemos ese poder para unirnos, para educar, para transformar. Si sabemos valorar lo que tenemos, si apostamos por la calidad, por la innovación, por la educación, por el respeto a nuestras raíces, el futuro no solo es posible, tenemos que tratar todos que sea extraordinario.

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