A pocas semanas de las elecciones, las encuestas siguen mostrando un escenario de alta fragmentación, candidaturas que no logran despegar con claridad y un electorado que decide en medio de la desconfianza. Una parte de los ciudadanos —aquellos que dedican tiempo a reflexionar sobre su voto— intenta no caer en partidos cuestionados o que ya tuvieron la oportunidad de hacer algo por el país y no lo hicieron. Es un grupo que se percibe como crítico, pero asumirse así no garantiza, por sí solo, que no esté expuesto a caer en la irracionalidad.
Reconocerse como un votante crítico hoy es una identidad construida, en buena medida, a partir del rechazo: no votar por los partidos actualmente representados en el Congreso, marcar distancia del llamado “pacto mafioso” y evitar a las figuras asociadas con prácticas políticas tradicionales, hoy vinculadas a corrupción, clientelismo, blindaje político o cercanía a economías ilegales. Desde ahí, se busca —al menos en el discurso— una alternativa distinta: candidaturas percibidas como más técnicas, mejor preparadas o con menores cuestionamientos públicos.
Ese punto de partida expresa una demanda legítima —aunque muchas veces apresurada— por mejorar la calidad de la representación política. Y se refleja en el comportamiento que registran las encuestas: candidaturas que suben o se desinflan rápidamente en su intento por hacer frente a Keiko Fujimori o Rafael López Aliaga, quienes siguen encabezando la intención de voto —aunque hoy eso signifique apenas alrededor de un 11%—.
Sin embargo, asumir esa posición no garantiza, por sí sola, un ejercicio realmente crítico del voto. En la práctica, ese votante que se asume crítico puede caer en el conformismo y la irracionalidad. Si repite consignas que circulan en su entorno, se alinea rápidamente con determinadas candidaturas y desarrolla una relación defensiva frente a cualquier cuestionamiento. Se comienza por buscar mejores opciones y terminan, a veces, construyendo nuevas certezas incuestionables.
Es ahí cuando quienes creyeron que podían promover un cambio se vuelven parte del problema. El pensamiento crítico se suspende justo cuando más debería activarse: cuando se trata del candidato propio. Se minimizan errores, se relativizan inconsistencias y se exageran desempeños. Basta ver cómo, tras la primera semana del debate presidencial, distintos grupos aseguran que su candidato fue el mejor, incluso cuando la evidencia no respalda esa afirmación.
A esto se suma la descalificación del otro. Quien cuestiona al candidato preferido deja de ser un interlocutor válido y pasa a ser un ignorante o alguien malintencionado. Es cierto que hay también malintencionados, guerra sucia y periodistas que se empeñan en atacar a unas pocas candidaturas, pero es importante reconocerla de otras críticas justas y válidas para tener más información de cada persona que aspira al poder.
En democracia, ningún candidato queda exento de escrutinio. Haber respondido una vez a una crítica o vínculos pasados no lo libera de tener que hacerlo nuevamente. No existen temas cerrados en campaña, ni preguntas que no puedan volver a formularse.
Elegir una opción, defenderla e incluso promoverla es parte del ejercicio ciudadano, pero es distinto a convertirse en un vocero informal de campaña, dispuesto a justificarlo todo y a rechazar cualquier duda. Llegar a ese punto es abandonar el juicio y replicar la lógica que antes cuestionaba.
En una elección fragmentada como esta, el desafío no es solo escoger bien, sino hacerlo sin renunciar a la propia capacidad de cuestionar. Elegir mal es un riesgo; dejar de pensar, mientras creemos que pensamos mejor que los demás, es uno mayor.
VIDEO RECOMENDADO