1. Jugar a ser candidato tiene que tener un precio.
La grosera proliferación de candidatos presidenciales convirtió la campaña en un espectáculo de medio pelo: una pintoresca fábrica de memes que el tiempo, por higiene mental, se encargará de olvidar.
Lejos de enriquecer el debate o ampliar la representación ciudadana, solo propagó un extendido sentimiento de vergüenza ajena. Y afianzó nuestra reputación internacional como fuente inagotable del ridículo.
Baste un ejemplo: un candidato fallecido —don Napoleón Becerra, que Dios lo tenga en su gloria— obtuvo más votos que un candidato vivo, don Carlos Jaico, a quien Dios políticamente también guarde de él.
Un antídoto a esta urgencia mesiánica por dirigir los destinos de la patria sería implementar un filtro que ya existe en otros países: la obligatoriedad de un depósito en efectivo para postular.
El monto se devuelve siempre que se supere una votación mínima razonable. Una valla, pero con peaje. En Japón, por ejemplo, los candidatos al parlamento deben desembolsar US$30,000 para tentar suerte.
Al menos así, las necesidades de reconocimiento de los presidenciables podrían servir para financiar desayunos a niños que se quedan dormidos en clase tratando de entender la caótica historia del Perú.
Belmont, en todo caso, habría resuelto el trámite con eficiencia: una colecta por WhatsApp.
2. Que el voto sea un derecho adquirido.
Todos somos personas, pero no todos ejercemos el oficio con solvencia. Hay gente —demasiada— a la que le importa un comino el prójimo, el país o las obligaciones mínimas de la ciudadanía. Entre ellas, una regla no escrita: no ser un imbécil.
El derecho al voto, otorgado por mayoría de edad, no siempre es honrado. Algunos prefieren irse a la playa, pagar la multa o, peor aún, votar según lo que les sugiera TikTok, como método contemporáneo de practicar la imbecilidad.
Elegir a alguien sin conocer siquiera los rudimentos de su biografía, dejándose arrastrar por el algoritmo de una manada que aún no domina del todo la higiene básica, es un suicidio moderno. Y bastante tonto.
Cabe preguntarse si sería justo —y legal— exigir, como requisito previo, que el votante acredite ser un ciudadano a carta cabal. El problema, claro, es cómo demostrarlo.
La variable más simple sería la económica, que, como en el caso de las multas para forzar el uso de cinturones de seguridad para no morir, genera ciudadanía instantánea.
Solo tendrían derecho a voto quienes tengan una primera deuda —hipotecaria, educativa o tributaria— o quienes se hagan cargo de sus padres. En suma, quienes ya no dependen de papi y mami para resolverles la vida. Así, votar por un impresentable tendría consecuencias directas. Y eso obliga a pensar, aunque sea por accidente.
Esto podría parecer discriminatorio para buena parte del electorado de Ricardo Belmont. No es que lo parezca: lo es.
3. Hay que levantarle un monumento a Ricardo Belmont.
La candidatura irracional y oportunista de RBC —nuestro Leónidas chorrillano, comandante de una legión de espartanos imaginarios con antena radial— fue, desde casi cualquier ángulo, una pésima idea.
Algunos motivos, los más obvios: es una tomadura de pelo postular a un cargo de cinco años cuando se llevan 81 encima. Es una burla ofrecer la doctrina Teletubbies del abacho/becho frente a las balas de los extorsionadores. Es un insulto pedir yape para candidatear cuando nunca se rindieron cuentas claras sobre los tres millones de dólares que miles de incautos —varios ya en mejor vida— aportaron para un canal que terminó siendo, más bien, ectoplasmático.
Es, además, una estafa pedir el voto a jóvenes distraídos mientras se funge de cascarón vacío de un antaurismo recalentado.
Y, finalmente, es un desafío al orden natural pretender gobernar un país al borde de lo ingobernable con pastillas para la moral y fintas de boxeo apto para sobremesas familiares.
Ese es el lado negativo. Y no es poco.
Pero como casi todo en esta vida, también tuvo un efecto virtuoso, inadvertido pero real.
La candidatura caprichosa de Belmont le restó los votos suficientes a otro candidato innecesario, pero bastante más peligroso: Roberto Sánchez. Nadie sabe para quién trabaja.
Un analista que pidió mantener el anonimato por respeto a su carrera al verse relacionada con esta columna sostiene que, sin ese desvío de votos, Sánchez podría haber ganado cómodamente la primera vuelta.
Solo por eso, Belmont vuelve a ser inimputable. Y, por qué no, merecedor de un monumento de cuerpo entero en el malecón de Chorrillos.
El bronce lo inmortalizaría en zunga, con esa sonrisa pendenciera de quien acaba de encajar otro morrocoy memorable a un creyente del accionariado difundido, lanzando un jab de izquierda mientras contempla, para la eternidad, la playa de Pescadores: ese mar bendito que cura el COVID sin necesidad de vacunas.
En el pedestal, una frase suya debería reemplazar, de una vez por todas, el pesimismo de Conversación en La Catedral como síntesis nacional. Una pastilla para la moral a la altura del momento, que resume la filosofía optimista del suicida crónico:
—Siempre positivo, mi hermano.