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Tensión caribeña

"La pregunta no es si Maduro puede caer por intervención externa —es evidente que podría—, sino qué queda después. La historia latinoamericana está llena de ejemplos en los que la caída de un régimen autoritario no desemboca en libertad…”.

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(MIDJOURNEY/PERÚ21)
(MIDJOURNEY/PERÚ21)
Fecha actualización:
16/11/2025 - 07:05
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El despliegue militar ordenado por Donald Trump en el mar Caribe constituye un hito histórico en la relación Estados Unidos-Venezuela. Hasta este punto, el Gobierno norteamericano no había pasado de la retórica y las amenazas grandilocuentes habituales en el estilo del presidente Trump. No obstante, la llegada del portaaviones Gerald R. Ford, el más poderoso de la armada estadounidense —y del mundo— es la primera amenaza creíble de acción inmediata por parte de la administración Trump.

Ciertos analistas sospechan que esto podría ser más una operación psicológica que un preludio de guerra: un teatro bélico para obligar a Maduro a negociar, ceder poder o incluso provocar un quiebre interno. No sería la primera vez que Washington usa la intimidación como herramienta. Pero también es cierto que, cuando se juega con la maquinaria militar, las líneas entre presión y conflicto pueden borrarse con una rapidez brutal.

En este tablero incierto, Nicolás Maduro intenta proyectar seguridad. Con su estilo irreverente, el dictador venezolano quiere aparentar calma ante la presencia de un portaaviones nuclear frente a sus costas. Pero según versiones informadas, existe hoy más nerviosismo que nunca en los centros de poder de Caracas. Y es que la situación no es para menos: se trata del mayor despliegue militar estadounidense en la región desde 1989, cuando la administración de George Bush (padre) desplegó cerca de 30,000 soldados para derrocar al dictador panameño Manuel Antonio Noriega.

Muchos en la oposición venezolana ven en esta tensión una oportunidad histórica. Para figuras como María Corina Machado, una intervención externa —o la amenaza creíble de ella— podría ser el catalizador necesario para poner fin a más de una década de chavismo tardío. Su equipo, asegura, ya tiene listo un plan para las primeras 100 horas después de la caída del régimen.

Sucede que, tras años de búsqueda de salidas diplomáticas, políticas y movilizaciones internas, incluso quienes hasta hace poco se oponían a una intervención extranjera, reconocen hoy que este es el único camino que podría lograr un cambio de régimen en Venezuela.

No obstante, no está de más recordar que este tipo de salidas pueden tener también costos muy altos. El sueño de una “segunda Panamá” ignora que Venezuela de 2025 se parece mucho más a Afganistán que al istmo de 1989: un territorio fragmentado, con grupos armados, economías ilegales y un Estado corroído hasta los cimientos. La idea de una intervención quirúrgica —derribar al Gobierno y reconstruir el país en tiempo récord— parece una fantasía poco realizable.

Dado el estado de las cosas en Venezuela, es más probable que se presente un escenario como el vivido en Libia luego de la intervención de Estados Unidos y la OTAN en 2011, que dio lugar a un periodo de alta inestabilidad, conflicto interno y fragmentación del territorio. Así, cabe preguntarse si una Venezuela, ya debilitada, soportaría otro ciclo de violencia y colapso institucional. ¿Quién llenaría el vacío de poder que seguiría a un derrocamiento de Maduro? ¿Quién controlaría las regiones donde hoy mandan bandas, guerrillas extranjeras y estructuras criminales? Como ha demostrado la historia, es improbable que una potencia extranjera pueda lidiar prolijamente con ese caos.

Así, la pregunta central no es si Maduro puede caer por intervención externa —es evidente que podría—, sino qué queda después. La historia latinoamericana está llena de ejemplos en los que la caída de un régimen autoritario no desemboca en libertad ni estabilidad, sino en nuevos conflictos, nuevos autoritarismos o vacíos de poder que tardan generaciones en cerrarse.

Por eso, mientras el portaaviones Ford se acerca a Venezuela, cabe exigir a la administración Trump —a menudo impulsiva y hasta infantil— un debate más serio y responsable sobre los riesgos de desencadenar un caos aún mayor.  

Y se presenta también una monumental tarea para los liderazgos de oposición venezolana, que serán los llamados a conducir una eventual transición política, y que hoy se encuentran debilitados tras años de hostigamiento y violencia por parte de la cúpula de poder.  

Lo único que hoy queda claro es que ningún camino será fácil para lograr una Venezuela libre y próspera. 

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