Quienes recuerden a Fantasmagórico quizá ignoren que se trata del primer superhéroe en la historia. Su nombre original es Ogon Batto (Murciélago Dorado) y fue imaginado en 1930 por Takeo Nagamatsu (de solo 16 años) y Suzuki Ichiro (de 25). Su medio original fue el teatro de papel japonés, pero pronto pasó al manga y al anime, y tuvo tan buen recibimiento que dos años más tarde aparecía en estampillas. En los años 70, el Perú se olvidaba por un momento de esa calamidad que fue el gobierno de Morales Bermúdez con las hazañas de este personaje con rostro de calavera, capa y estoque, de memorable carcajada. Su preeminencia histórica es indiscutible. Solo en 1938 la DC produjo a Superman, quien mereció la condena por “comunista” (?) en la Alemania hitleriana. Y en marzo de 1939 apareció Batman.
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Durante demasiado tiempo se atribuyó la invención del Caballero Oscuro a su dibujante, Bob Kane. Lo cierto es que Bill Finger, su olvidado guionista, tuvo un papel decisivo en la creación del personaje: la propuesta inicial de Kane contemplaba un héroe sin máscara ni varios de sus atributos esenciales. Kane solo quería imitar a Superman. Fue Finger quien vio las posibilidades de un personaje diferente y de naturaleza nocturna. Pero el guionista trabajaba sin un contrato decente y, a diferencia del dibujante, no tenía derechos de autor. Con el escepticismo de los años 80, los comic books perdieron clientela y la DC y la Marvel iban camino a la quiebra. Frank Miller salvó la situación con una nueva propuesta: un Batman anciano que retorna a la lucha y se enfrenta a un Superman alineado con Ronald Reagan. The Dark Knight se publicó en 1986 y significó una nueva forma de tratar a los superhéroes.
Es importante recordar que los comic books son solo un género dentro del amplio universo que es el séptimo arte o historieta. Por eso, tiene sentido decir que Watchmen (1986-1987) es la mejor obra… de los comic books. El guion de Alan Moore y el dibujo de Dave Gibbons (ambos británicos) les aplican a los superhéroes la vieja receta que aplicó Cervantes a los caballeros andantes: ponerlos en un entorno realista y destacar sus aspectos más grotescos, sus miserias morales y sus psicopatologías. Sin embargo, a pesar de unas pocas novelas gráficas memorables, como Arkham Asylum o La broma asesina, el género no levantó vuelo y no se produjo la gran evolución de su calidad que muchos habían profetizado.
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