Allí empezó mi viaje a través de la aflicción, ese país desconocido que no se parece en nada al país de la pena. No recuerdo haber llorado. Recuerdo estar aterrada pensando si le pasó a él, me pasará a mí. No recuerdo comer, seguro que dormí pero solo a ratos. Volví a la ciudad donde vivíamos. Allí estaban los mismos edificios familiares pero ahora un poco fuera de foco, torcidos y de costado. Todo es igual, pero nada es real. Una amiga me invita a almorzar a un restaurante; cree que me hará bien salir. En medio del almuerzo, miro los ravioles en el plato y le digo que me tengo que ir, que debo volver enseguida a casa. Está perpleja, no entiende. Yo no aguanto estar allí ni un minuto más. Corro diez cuadras. Dentro de la casa estoy a salvo. ¿De qué? No sé.