Este domingo no solo elegimos autoridades. También se reafirma un problema más profundo: el de una ciudadanía que entra a votar después de semanas de audios anónimos, videos dudosos, recortes sin contexto y propaganda disfrazada de información. Para una democracia saludable, estar informados es fundamental.
Pero estar informados no significa consumir noticias. Significa saber distinguir entre información, manipulación y ruido. Significa saber desconfiar de una captura sin contexto, de un video alterado con inteligencia artificial o de una cadena de WhatsApp diseñada para activar miedo, rabia o fanatismo. El Jurado Nacional de Elecciones ya ha advertido de cientos de alertas de desinformación en este proceso. No hablamos de un problema marginal, sino de un ecosistema que contamina el juicio ciudadano.
Por eso, la alfabetización mediática e informacional (AMI) no es un lujo pedagógico. Es una condición mínima para ejercer ciudadanía en la era digital. Unesco insiste en que, en entornos digitales atravesados por IA, esta alfabetización es clave para que las personas puedan participar críticamente en la vida pública.
En el Perú hemos discutido mucho sobre el acceso a conectividad y dispositivos, pero poco sobre formar criterio y autonomía. La alfabetización digital no consiste solo en saber usar las pantallas, sino en evaluar críticamente la información, cuidarse en línea y participar activamente en la sociedad. Y la brecha digital urbana también pasa por ahí: tener Internet, pero no saber defenderse del engaño ni de la manipulación.
Sin esa capacidad, el voto sigue siendo formalmente libre, pero cada vez menos autónomo. Compartimos antes de pensar, reaccionamos antes de verificar y terminamos confundiendo convicción con contagio. La democracia no se debilita solo cuando faltan votos. También cuando falta criterio.