Esa mañana ya no llovía en Valencia, pero los paraguas seguían abiertos. Era para proteger a los reyes del lodo que les arrojaban las víctimas y los voluntarios. Estaban de duelo multiplicado por desamparo y la cólera les ganaba. Hacía tres días que había llovido en unas horas lo que llueve en todo un año. En las zonas altas se habían desbordado las represas y el agua bajaba torrentosa para desbordar también el cauce de los ríos y barrancos. Por esta época suele haber desbordes que ensucian calles y dañan edificios, pero no matan. Esta vez, en las zonas bajas, en apenas diez minutos, el agua superó los dos metros. Más de doscientas personas murieron atrapadas en los sótanos y primeros pisos o dentro de sus coches arrastrados como si fuesen ramitas. Este 29 de octubre, un año después, en el funeral de Estado, en la memoria de uno de los fallecidos se dijo: “… las inundaciones son en España el fenómeno natural que más muerte provoca, pero no fue este fenómeno el causante de la catástrofe que hemos sufrido, sino quien omite su deber a sabiendas de que su omisión puede suponer la pérdida de vidas humanas” (Virginia Ortiz). Es verdad, todo fue previsible. Una semana antes de la tragedia los servicios meteorológicos anunciaban tormentas. El mismo día, por la mañana, se prendió la alerta roja. Desde temprano en las redes corrían los videos de aguas arriba que anunciaban lo que ocurriría aguas abajo. Sin embargo, las autoridades pidieron calma. ¿Qué razón tenían? Porque desde las cuatro de la tarde la central de urgencias se saturó. Cada llamada era un reporte en tiempo real de cómo la tromba de lodo se precipitaba aguas abajo. La llamada más dramática fue la de la alcaldesa de Paiporta, la zona cero de la tragedia: “… estamos inundados, nos estamos ahogando, va a morir gente”. Entre las siete y las ocho de la noche murió la mayor parte. La alarma se ordenó recién a las ocho y quince minutos, cuando todo estaba consumado. Las pérdidas materiales se explican por el populismo de autorizar habilitaciones urbanas baratas aunque fuese en zonas inundables; pero las muertes pudieron evitarse si se hubiese avisado a tiempo.
Hubo más. Tres días después de la tragedia solo había llegado la ayuda de voluntarios armados de escobas y carretillas. El Ejército, los bomberos de otras comunidades, helicópteros y la maquinaria pesada para remover escombros estaban disponibles, esperando una orden que nadie daba. El Gobierno nacional (en manos de la izquierda) y el Gobierno de la Comunidad Autónoma (en manos de la derecha) calculaban mezquindades para que fuese el otro el que cargase con la responsabilidad. Por eso, las víctimas y los voluntarios botaron a las autoridades que habían ido a visitarlos. Les gritaban traidores y asesinos. Los reyes, que no tienen autoridad ejecutiva ni responsabilidad alguna, se quedaron. Aguantaron reclamos de ayuda a grito pelado y cara a cara. Algunos valoraron el gesto y los abrazaron llorando, sin protocolo. No es con usted, señora. Ella, curtida de años de reina y de periodista, también echó a llorar. Tiempo después, revisando fotos, vio la de una pequeña tienda destrozada con vestidos embarrados. Compró uno, lo lavó, le cambió los botones dorados por negros y lo lució a la primera ocasión oficial. Un gesto de aliento, de que se saldrá adelante. Luego, en el funeral de Estado, el memorial de su tocaya Ortiz fue el único interrumpido por aplausos, cuando denunció la responsabilidad política por negligencia. Los políticos estaban desencajados y con vergüenza, callaron. El rey también calló porque el protocolo lo obliga a ser neutral. La reina estaba obligada a lo mismo, pero se había puesto en los zapatos de las víctimas, a eso había ido, y aplaudió. Hablo de España porque de lejos es más fácil. Nos asusta la violencia bruta, la de las bandas criminales. Pero mata más la autoridad negligente; la que asume una función de la que no tiene idea, la que se cambia a cada rato sin tiempo para prever nada, la que elegimos por protestar sin saber si sabe gobernar. A ellos les entregamos nuestro dinero en impuestos, nuestra seguridad cotidiana y, si son como vienen siendo, nuestra vida para que la malgasten. Ya lo sabe, estamos hablando del Perú.