Mi reciente nombramiento ha generado un poco más de atención de la que imaginé. Al principio no entendía por qué, pero sospecho que se debe a que sigo siendo una excepción: una mujer liderando una empresa financiera. Aunque no soy la primera en la industria, actualmente somos dos gerentas generales en empresas de fondos mutuos. Ese 40% de mujeres liderando las SAF más grandes del Perú podría parecer una buena señal, pero aún queda camino por recorrer.
El mundo financiero —especialmente el de inversiones— sigue siendo mayoritariamente masculino. Solo el 21% de los puestos C-suite en finanzas está ocupado por mujeres (McKinsey, 2025). Es un entorno en el que aún, en ciertos momentos, tenemos que adaptarnos a códigos y conversaciones sesgadas. Lo que me recuerda el trabajo que debemos hacer como sociedad, el cual depende de nosotras.
Hace un tiempo fui invitada por Colectivo 23 a un foro sobre Women in Leadership, y ahí no solo presentaron la ya conocida data sobre las desigualdades de género en posiciones de liderazgo, sino que abordaron tres brechas de confianza que, generalmente, enfrentamos las mujeres. Con permiso de Cristina Elías, las comparto porque, al igual que a mí, pueden ayudar a interpretar algunos de los ‘feedback’ que muchas hemos recibido:
- Brecha de autopercepción: solemos subestimar nuestras capacidades.
- Brecha de apropiación: nos incomoda visibilizar nuestros logros, tomando menor crédito.
- Brecha práctica: preguntamos, cuestionamos y negociamos menos que nuestros pares hombres.
Reconocer estas brechas no es un ejercicio de culpa, sino de conciencia. Y, en esa misma línea, vale la pena recordar que también hay brechas que juegan a nuestro favor y representan fortalezas propias del liderazgo femenino:
- Brecha de riesgos: identificamos mejor los riesgos y los gestionamos con mayor conciencia.
- Brecha de compromiso: asumimos responsabilidades con consistencia y profundidad.
- Brecha de empatía: medimos con mayor claridad el impacto de nuestras acciones en los demás.
Aunque todas son generalizaciones, estoy segura de que muchas mujeres —y más de un hombre— se pueden sentir identificadas y, al reconocer ambas dimensiones, emerge una verdad más completa: debemos aceptar nuestras brechas, trabajarlas y complementarnos.
Cerrar brechas es un acto colectivo que redefine el futuro del liderazgo. Si queremos un entorno más justo, necesitamos más voces que incomoden, más miradas que cuestionen y más mujeres que se atrevan a ocupar espacios donde antes no estaban.