Cuando Pedro Castillo ganó las elecciones presidenciales, la actividad en torno a la calle Sarratea —en ese momento el centro neurálgico del poder— se había vuelto febril, extenuante. Para entonces, Fray Vásquez ya no era el mismo. Con el paso de los días, y sin que nadie se lo pidiera, había iniciado el silencioso y sinuoso proceso de arrogarse nuevas responsabilidades. Así, empezó a tomar nota de los que llegaban, también se fue dando cuenta de quiénes se quedaban más tiempo en la casa, de quienes eran despachados sin mayor demora y —nunca faltan— de quienes llegaban con citas inventadas, a probar suerte, a ver si Castillo se animaba a recibirlos. Luego, él mismo empezó a filtrar a la gente hasta que un día, sin mayor aspaviento, empezó a administrar abiertamente ese pequeño gran poder: elegir quién podía o no ver a su tío, el hermano de su madre, para mejor seña, el futuro presidente de la República.