Lo cierto es que, una vez en funciones, el gobierno y el Congreso se han esmerado en coadyuvar al deterioro de su imagen que ya de por sí era heredera de una serie de pasivos. Este gobierno ha demostrado ser errático e incapaz de asumir posturas claras que den certidumbre, ha recurrido al amiguismo para cooptar el aparato público y, además, está salpicado por graves denuncias de corrupción. El Congreso, por su parte, ha demostrado ser un ensamblaje de intereses subrepticios que buscan, entre otras cosas, arremeter contra importantes reformas como la universitaria y empoderar a sectores informales en el transporte y la minería. Además, le ha rehuido a su rol fiscalizador apelando a un cálculo político manifiesto. En vez de capitalizar la caída estrepitosa de la aprobación presidencial, que desde un inicio se avizoraba, ha optado por unírsele. Hoy los peruanos, lamentablemente, no tenemos a qué asirnos.