Dos amas de casa, cuatro estudiantes, tres psicólogos, un psiquiatra, cinco empresarios, una brasileña, un chino, un monje budista y yo hemos venido a un retiro de silencio y meditación.
El reto es no escuchar ni hablar con nadie durante cinco días. Meditar durante todo el día en sus distintas variantes: sentado, parado, caminando, observando un árbol, una hormiga, en posición de flor de loto, al desayuno, al almuerzo, a la hora de ir al baño haciendo el uno o el dos. Aquí hemos venido a meditar y a disfrutar del noble silencio. Todo bajo la guía del venerable Bhikku Nandisena.
—Hola, soy Ismael, empresario textil y vengo a este retiro porque necesito unos días de silencio para tomar algunas decisiones importantes.
—Yo me llamo Rebeca y estoy aquí porque no sé qué hacer con mi vida; mis hijos ya se fueron de la casa y siento que no sé qué hacer con mi vida.
—Buenas tardes, mi nombre es Arturo, soy psicólogo y necesito desconectarme de mis pacientes.
—Hola, soy Carlos, mi trabajo es hablar todos los días. Hablo siete horas diarias por la radio, hablo en el teatro, hablo en conferencias, hablo con el director del colegio de mis hijos por lo menos tres veces a la semana por cosas que él y yo consideramos huevadas de niños. Hablo también con mis exesposas y cada vez que hablo con ellas me quiero dinamitar los huevos. Hablo con mi hijo de nueve años para explicarle que cuando pelea con su hermana no necesita gritar porque hablando se entiende la gente. Hablo con mi hija menor para decirle que, cuando no se sienta cómoda con algo que esté pasando, no se quede callada y lo hable. Intento hablar con mi hija mayor para pedirle por favor que hable conmigo ahora que ya falta poquito para que se raje a vivir a otro país y no vaya a ser que se le haga costumbre dejarme de hablar. Por supuesto, también hablo con mi esposa, Marita. Con ella hablo de todos los temas y también de los temas que hablo con quienes durante el día he hablado y, con ese amor inconmensurable que solo ella me tiene, me escucha y, cuando me habla, me dice que ya no me quiere hablar de lo suyo, de lo que le preocupa, de sus problemas, porque es consciente que todo el mundo me habla y no quiere que me dé un ACV (accidente cerebrovascular). Me olvidaba, también hablo con mi mamá, mejor dicho, ella habla conmigo para recordarme, con ese amor que la caracteriza, que soy un mal hijo porque los hijos de sus amigas Pocha y Angélica han invitado a sus respectivas mamitas de viaje a Europa, y yo con todos los trabajos que tengo largamente, según su consideración, debería pagarle un viaje de esas proporciones, por ende, esos hijos son insuperablemente mejores que yo.
En resumen: vengo a este retiro porque estoy podrido de hablar y de que me hablen. Pago por silencio. No sé cuánto tiempo me habré demorado en presentarme, pero a los ocho participantes restantes el venerable monje les dijo que ya no era necesario que se presentaran, que él iba a leer sus fichas de inscripción y de esa manera enterarse de quiénes son.
La meditación no es una nueva amiga en mi vida. Llegó justo después de mi segundo divorcio. Harto de dormir con pastillas y demás hierbas, caía cada vez más en cuenta que entre antidepresivos e hipnóticos no quería seguir transitando la vida.
De hecho, la última tanda de Lexapro (antidepresivo) tiene su inicio a los seis meses de mi segunda unión civil, caído en cuenta de que la había embarrado vinculándome nuevamente con otra persona sin antes haber resuelto mi chifa emocional. Así las cosas, en la conversación con mi psicoanalista, al notar que la tristeza nuevamente me invadía, sensación de ahogo y peso en el pecho, vacío en la boca de estómago, la decisión fue sostenerme a punta de ansiolíticos hasta que alguna luz apareciera, ya que la maquinaria no podía detenerse.
De día hacía el programa de radio Caídos del catre por Studio 92, de tarde uno que otro evento, de noche programa de televisión La noche es mía y los fines de semana mi show en La Estación de Barranco, y cuando tenía un día libre mi representante me buscaba como fuera alguna presentación en provincias. Se trataba de no sentir, de escapar, adormecer el dolor con trabajo. Solo encontraba paz cuando veía a mi hija Valentina: ahí mis cinco sentidos se reconectaban.
Entonces, antes de divorciarme por segunda vez, ya habían pasado varias cosas importantes: el nacimiento de mis dos últimos hijos y la decisión un año y medio antes de dejar de tomar todo lo que me anestesiara, quería estar ultralúcido para mis nuevos hijos. Las pastillitas para dormir ya no estaban más en mi mesa de noche y las fluoxetinas, sertralinas, escitalopram, paroxetinas y demás caramelos de la alegría tampoco. Hasta aquí la meditación todavía no aparecía en mi existencia.
Tengo grabada la escena, cuadro por cuadro, del momento exacto en el que cierro la puerta de la casa, previo gracias y hasta luego, a ella y a mis hijos. Silencio absoluto por toda la casa. La primera y única persona a la que llamé fue a mi mamá para contarle lo que acababa de ocurrir. Su respuesta fue: “¡Uy, Carlos Enrique, y ahora nuevamente te vas a desfinanciar! ¿Y cómo vas a hacer con todos los gastos?… O sea, ¡¡que ahora vas a sostener tres casas!!… Oye, a mí no me vas a dejar de dar lo mío, ¿no?”… “No, mamá, tu plata está asegurada”. Fin de la conversación.
Lo único que tenía en claro era que de ninguna manera volvería a meter en mi cuerpo químico alguno. La salida era hacerme cargo de una buena vez de mi historia, de mis heridas, de mis dolores. Irme hacia lo profundo y bucear en mi ser hasta rescatar mi tesoro. Intensificar y aumentar las conversaciones con mi psicoanalista y dejar de buscar afuera lo que adentro está gritando por ser escuchado. Largas sesiones de conversaciones introspectivas, muchísimos espacios en soledad, varios viajes a talleres terapéuticos en Argentina, Colombia y México, y sobre todo el firme propósito de esta vez no abandonar así doliera. Hacerme cargo.
La meditación fue una de las herramientas que se me ocurrió tomar. Con acompañamiento intensivo tres veces al día durante seis meses sin parar, tuve sentado en la sala de mi casa a un noble instructor que a las 6 a.m. antes de iniciar el día, a las 3 p.m. después de almorzar y a las 8 p.m. antes de dormir, llueve o truene, me entrenaba en meditación una hora y media por turno. “Te voy a decir algo, Galdós. Al principio, cuando me lo propusiste, pensé cuánto dinero voy a ganar contigo. Ahora, que han pasado dos meses y veo tus ganas de salir, ya no te quiero cobrar. Nunca antes había visto a alguien con tal determinación de reconstruirse”. Y efectivamente, venía hasta ese momento pagando mucho dinero, pero no me importaba con tal de generarme el hábito de meditar. Necesitaba callar los grillos de mi mente sí o sí.
Y aquí me encuentro hoy. En medio de un retiro de algo que usualmente hago en el extranjero por lo menos dos veces al año, cinco días de silencio y meditación. Reeducando la relación que tengo con mis pensamientos, emociones y sensaciones corporales. Cultivando la presencia plena, la aceptación radical y, por qué no decirlo, la sabiduría. Hoy duermo sin pastillas, salvo a veces una gomita de melatonina porque mi esposa me insiste; la ansiedad está altamente observada, porque logro identificar ese espacio de dominio entre el impulso y la acción; mi sentido del propósito, es decir, mi conexión con lo existencial está cada vez más afinada, y lo más importante, mi mente ya no rumia tanto.
Callar mi mente para abrir mi corazón. Cuando meditas por largas horas, el cuerpo duele y mucho, hasta que descubres que eso también lo puedes apagar enfocándote en la respiración.
Todas las mañanas le dedico 45 minutos a la meditación y esa es la única manera que he encontrado de salir al mundo agradecido y no mandar a la REVERENDA MEGA ARCHI TETRA ULTRA RETRUCADA MAL COGIDA CONCHA DE SU HERMANA a tanto humanito salvaje que me cruzo. Empezando por mí.
VIDEO RECOMENDADO