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Padre que duele

"El miedo a equivocarse es uno de los rivales más duros del deporte. No hay táctica que lo neutralice cuando ya se instaló en el corazón de un chico de 12 o 13 años".

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Fútbol de menores
Fecha actualización:
23/11/2025 - 09:15
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Hay niños que llegan a un entrenamiento cargando una mochila invisible. No es la de los chimpunes ni la de los cuadernos del colegio. Es otra: la del miedo. Ese miedo silencioso que no se ve en la planilla, pero que se nota en cada pase corto, en cada duda, en cada mirada perdida buscando aprobación. Son niños que no juegan para jugar. Juegan para no fallar.

El miedo a equivocarse es uno de los rivales más duros del deporte. No hay táctica que lo neutralice cuando ya se instaló en el corazón de un chico de 12 o 13 años. Es un miedo que paraliza, que encoge los talentos, que convierte la cancha en un examen permanente. Y la pregunta siempre es la misma: y si me equivoco…, ¿quién me va a gritar?

Adriano tenía 12 años y una vida que giraba alrededor del fútbol. Desde muy pequeño jugaba a la pelota con su papá. Su papá era todo. Veían fútbol juntos, iban al estadio a alentar al club de sus amores, se compraban todas las camisetas nuevas apenas salían y las lucían orgullosos como dos cómplices inseparables. Para Adriano, el fútbol no era solo un deporte: era su manera de estar cerca del héroe de su vida.

Pero el tiempo empezó a cambiar cosas. De a pocos, Adriano comenzó a sentir miedo. No del balón ni de los rivales, sino de su propio papá. En cada partido su padre se alteraba, gritaba, se peleaba con el árbitro, discutía con el entrenador, chocaba con los padres del equipo rival e incluso con los del propio equipo. Adriano ya no veía a su papá alentando: lo veía perdiéndose a sí mismo.

Y ese niño que antes corría enorme en una cancha comenzó a encogerse. Sufría por dentro, porque cada vez notaba con más claridad que su héroe lo avergonzaba. Y lo que más le dolía era que su papá no entendiera que esas reacciones también lo herían a él. Adriano empezó a inventar excusas para no entrenar. Y un día dejó de ir. Dejó de ir al estadio. Dejó todo.

No porque no amara el fútbol, sino porque ya no podía amar algo que lo hacía sentir pequeño.

En el deporte no fallan los niños cuando abandonan. Fallamos nosotros cuando confundimos acompañar con presionar, cuando hacemos de un juego una obligación, cuando no sabemos frenar nuestros impulsos a tiempo.

El talento puede nacer en los pies, en las manos, en las piernas; pero el amor por el juego nace en el corazón.

Y ese corazón es lo primero que los adultos deben cuidar.

 

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