El secreto de la felicidad, dicen, está en tener bajas expectativas. Mientras más bajas las expectativas, más grandes pueden ser las sorpresas positivas. Y, al contrario, mientras más altas, más grande puede ser la frustración. Por ejemplo, para quienes empezamos a trabajar en la segunda mitad de los años ochenta y salíamos a comprar alimentos para nuestra familia en medio de apagones y cortes de agua, y, además, vivíamos con controles de precios e hiperinflación a la vez, se nos hace muy preciada la estabilidad y extraordinariamente valorada la paz.