Seis meses después de esa epifanía, por obra y gracia de un oficio donde no se gana pero se goza, iba camino al límite entre Europa y Asia, Siberia, a una ciudad famosa por ser el lugar donde los bolcheviques habían asesinado al zar Nicolás II, su esposa, cinco hijos, dos criados y el cocinero de la familia. Ahí, en Ekaterimburgo, jugaría Perú su permanencia en el mundial tras otro asesinato masivo, el de un país entero, gracias al penal de Cueva. El rival era Francia, futuro campeón.