Durante cinco años viví entre Santo Domingo, San Juan, Miami y Lima. Vivía en hoteles. Ganaba mucha plata haciendo televisión. En Santo Domingo pasaba dos semanas de cada mes. Me alojaba en el mítico hotel Jaragua, en el hotel Lina, en el Dominican Concorde. En este último hotel, en la piscina, tendido a la sombra, hice amigas y hasta amantes italianas. Había muchas italianas lindas alrededor de aquella piscina, no digamos ya italianos de llamativa belleza, tan guapos y coquetos para el piropo. En San Juan me hospedaba en ciertos hoteles del Condado, mirando al mar. Había que andarse con cuidado, eran los tiempos del sida, mis novias estaban aterradas y a veces no querían sentarse siquiera en el inodoro del hotel por temor a contagiarse. En Miami mi casa era el legendario hotel Sonesta de Key Biscayne, donde pasaba unos días de cada mes, mimado por un gerente de origen peruano, León Velarde, y por los dueños de origen sueco. Desde Miami o desde San Juan volaba a Lima a pasar en la ciudad del polvo y la niebla una semana de cada mes. El mejor vuelo era el de San Juan, en Lufthansa, pero el avión que despegaba en Miami, una nave ruinosa de AeroPerú, permitía que uno jugase bingos y bebiese champaña durante el vuelo. En Lima vivía en dos hoteles: una mansión añosa en el bosque de El Olivar, en San Isidro, y un hotel en Miraflores.