El golpe de Estado del 7 de diciembre de 2022 no terminó con la captura del expresidente corrupto. En realidad, siguió perpetrándose por varias semanas en las que el país fue blanco de ataques armados para frustrar la sucesión presidencial y devolverle el poder a Castillo y sus secuaces, violentando las libertades y derechos de millones de ciudadanos. Empuñando la falsa bandera de la defensa de la democracia, los aliados del golpista iniciaron una perversa campaña de desprestigio, con la intención de dañar la imagen internacional del Perú y forzar la caída del nuevo régimen. La violencia con la que tiñeron de sangre el sur del país no era improvisada: la habían preparado con anticipación para tomar el poder por la fuerza e instaurar una asamblea constituyente. Al verse acorralado por la tercera moción de vacancia, el golpista adelantó sus planes y, una vez derrotado, sus fuerzas de choque se activaron contra el nuevo gobierno.