Tan pronto como traspaso la puerta metálica e ingreso al estudio de televisión, hablo con un número limitado de personas: la jefa de piso y los tres camarógrafos, solo con ellos, a quienes saludo con genuino cariño, y con nadie más. Ya no hablo con el público que antes acudía a verme al plató. Eran decenas de personas a las que saludaba una a una, antes de empezar el programa, y a las que regalaba chocolates, sonrisas, besos, apretones de manos, palabras dulces. Cuando llegó la pandemia, dejó de venir público al estudio, casi mejor así. Ahora no tengo que hablar con treinta o cuarenta personas cada noche. Es un alivio. Yo mido la felicidad en silencios, en palabras no habladas, en promesas no formuladas. Podríamos volver a recibir público en el canal, pero ya me acostumbré a la tranquilidad de estar solo, sin público, sin invitados, sin productor, yo a solas con cuarenta o cincuenta videos alineados, las noticias del día, que voy presentando y comentando, a veces en serio, a veces en clave de humor.