(Columna NO OFICIAL de Ed Málaga Trillo)*
Perdido en una lúgubre oficina, Chatibáñez rebuscaba la mitología griega para entender el nombre del allanamiento que lo sindicaba como cabecilla de un cartel criminal. Y se topó con la leyenda de Sísifo, ese gran tramposo que con engaños había burlado dos veces a la muerte. Harto de sus embustes, Zeus lo condenó a empujar una pesada piedra hasta la cima de una montaña, solo para verla rodar y repetir el tormento eternamente.
Inquieto, volteó a contemplar el retrato de Lady Nacha. Iba vestida de blanco inmaculado y un halo intenso coronaba su cabeza, cual hada madrina. En esa vetusta pared, la imagen parecía brillar con luz propia, como un Rolex en la arena. Enrojecido por el esfuerzo de tornar su corto cuello, Chatibáñez volvió a mirar al frente y encendió un Lucky Strike. ¿Podré burlar una segunda censura? ¿Quién me enviará al castigo eterno? ¿Acaso un fiscal infeliz? ¿una periodista estresada? Atormentado, palpó el vidrio grasoso de su escritorio hasta encontrar los desgastados controles remotos. En la tele, nadie quería al ministro reincidente.
-Jefe -carraspeó el carcelero, devolviéndolo al mundo de los vivos- ¿Qué quiere que haga con el lagarto?
-Suéltalo, pero que se despida del burro y los otros -replicó Chatibáñez ofuscado-. Debería botarte, Viván, por tu culpa he quedado como un tibio. Para colmo vienes con un terno del color de mi corbata, ¿eres o te haces?
-Perdone doctorcito, pero ahora la Petssy amenaza con otro ayuno intermitente si no soltamos a su flaca.
-¿Estás loco? ¡Adentro se queda! Y ahora retírate, que no sé qué hacer con El Frontón. Encima Malicarmen va a reformar el Régimen de Justicia antes que yo, y quedaré como un inútil.
Una vez a solas, tomó un sorbo de café aguachento y marcó un número secreto en su teléfono sin chip.
-Gracias mi Lady Nacha, por creer en mí. Ya no podrán allanarme. Pero Dalia Espinota me respira en la nuca, y en la Cámara Única sólo unos pocos se han creído el cuento de que soy un anticaviar. ¡Vienen por mí!
-Encomiéndate al Señor de las Ánimas, Chati. Cuando el avión presidencial se caía, él me salvó.
Lady Nacha la tenía fácil. Le quedaba un año de blindaje para fingir que gobernaba, viajar y planear su salida. Si algo había aprendido de la mismísima Shaki, era a no llorar, y a facturar.
Mientras tanto, los notables de la Cámara Única andaban descolocados. Chatibáñez era como un muñeco porfiado. Lo habían echado tras la muerte del cantante, pero Lady Nacha lo metió al Palacio, y ahora lo retornaba al gabinete, zurrándose en la Cámara y el país entero. ¿Podrían volver a sacarlo?
Esa noche, Chatibáñez soñó que lo llevaban esposado a una montaña de Chalhuanca a empujar una tremenda piedra. La vejiga lo torturaba. El terreno era un lodazal, pero él vestía su terno más apretado, incómodos zapatos de vestir y una corbata que le laceraba el cogote. Un chichuahua odioso ladraba sin cesar y mordisqueaba sus pantorrillas. Abajo, en una mesita junto al río, Lady Nacha lo miraba y reía a carcajadas con un hombre de bigotito, que se burlaba empujando una piedrita con los dedos y resoplando el humo de un habano. ¿Era el chino Araña? Ese maldito traidor. A lo lejos, entre la bruma, se adivinaba la cima de la montaña, pero la cuesta era larga y resbaladiza. ¿Llegaría?
Su situación se complicaba cada día. Las cámaras de seguridad del Bar Gordano lo mostraban en enigmáticos tratos con personajes sospechosos, nuevos chats emergían por doquier. Presa de la incontinencia digital, había insultado a cuantos osaban criticarlo en Equis, y tuvo que salir a decir que no era él. Lady Nacha no estaba para bromas tras el allanamiento a su hermano y los socios de Chatibáñez. Lo mandó llamar.
-¿Por qué tanto problema, Chati? Resuelve, pues. ¡Por algo te hice ministro de Justicia!
-Hice lo que pude, jefita, pero no soy el Premier- al Chati le ardían las pantorrillas. Maldito chihuahua-. El chinito es buena gente pero no sabe, pues.
-Entonces le ordenaré al chino Araña que se inmole como monje budista, y haré al gabinete en pleno responsable por los actos de mi hermano. Pisotearán la separación de poderes, hostigarán a fiscales y agredirán a periodistas. Tú enséñales. Y cuando la Cámara se harte y los censure a todos, volveré a reciclarlos, y esa silla será tuya.
-¡Oh jefita, qué Bichota. ¡Qué hubiera sido, si antes te hubiera conocido!
Lady Nacha, emocionada, le pellizcó un moflete, lo tomó de las manos y soltó una lágrima de felicidad. Por fin quedaba atrás ese maldito síndrome del impostor, por fin ejercía el poder. Pero Chatibáñez sabía que ambos tenían cuentas con la Justicia y que tarde o temprano, él tendría que dejarlo todo para ir a auxiliarla. Tenían las horas contadas. En el gabinete, ya se rifaban sus prendas.
Esa noche, mientras empujaba la gran roca, vio que desde el río, el Chino Araña le hacía un guiño a un hombre de tez rosada, que lo esperaba en la cima con una franela y un bate de béisbol. ¿Era Mogán Güero? Resignado, miró cuesta abajo y supo que su destino era inexorable.
* Esta es una obra de ficción. Ningún político fue lastimado en su creación. Cualquier parecido con personas, animales o hechos reales es pura coincidencia.