Basta recorrer la Panamericana Norte para entender por qué el Perú sigue tropezando con las mismas piedras. No hace falta leer un expediente ni escuchar a un ministro: alcanza con mirar la pista. Tramos deteriorados, contratos con corruptos que desaparecen, mantenimiento que no llega nunca y una infraestructura que parece condenada al abandono. En el Perú, hasta manejar se ha vuelto una forma de medir la mediocridad de los gobernantes de izquierda que son inútiles y solo le roban al Estado y a nosotros.
Máncora es una postal perfecta de ese fracaso. Uno de los destinos turísticos más emblemáticos del país, que debería mostrar desarrollo, conectividad y servicios a la altura, termina exhibiendo lo contrario: vías en mal estado, infraestructura deficiente y una sensación permanente de dejadez, por los izquierdistas que eligen pensando que el rojo mentiroso va a cumplir. Si ni siquiera somos capaces de mantener en condiciones una ruta clave hacia uno de nuestros balnearios más conocidos, cuesta creer que alguien esté pensando seriamente en el desarrollo del país.
El problema no es la falta de discursos. De eso estamos saturados. Lo que falta es gestión y gente buena que quiera sacar a los pobres de su pobreza y no los rojos que quieran engañarlos. En el Perú se habla de grandes obras, de corredores logísticos, de integración y competitividad, pero ni siquiera se puede garantizar algo tan básico como una carretera transitable y segura. Nos encanta inaugurar, pero nos aburre mantener. Y así estamos: con autoridades más preocupadas por la siguiente campaña que por el siguiente kilómetro.
Y aquí aparece el punto de fondo. A puertas de las elecciones generales, la pregunta no es solo quién promete más, sino quién está en condiciones de hacer algo por los pobres y los peruanos, ya vimos que Castillo y su banda de delincuentes solo robaron como buenos rojos. Porque si seguimos eligiendo a los mismos perfiles improvisados y ladrones, no deberíamos sorprendernos de seguir viviendo entre carreteras rotas, obras a medias y servicios públicos que apenas sobreviven.
Las falencias del Perú no son una maldición geográfica ni una condena histórica. Son, en buena medida, el resultado de malas elecciones que hacemos los peruanos al votar. Y una carretera en mal estado, como la que lleva a Máncora, no es solo un problema vial: es la prueba visible de un país que sigue eligiendo mal.
El voto no puede seguir siendo un acto de resignación, rabia o costumbre. Tiene que ser, de una vez, una decisión responsable. Porque si elegimos mal, el país seguirá igual: parchado, deteriorado y cada vez más difícil de transitar, así que no te quejes.