Una violación sexual no es una “cosita” privada ni un asunto doméstico. Tengo una hija de 15 años y me rebelo frente a la podredumbre de quienes insisten en justificar y normalizar la violencia contra una menor de edad.
Esta vez el denunciado es un individuo nombrado como ministro de Energía y Minas. Nuevamente, se le entrega un cargo a alguien acusado de agresión sexual y, desde el poder, se intenta normalizar un hecho grave. Se apela al “contexto”: que él tenía 47 años y ella 16, que fueron “pareja”. Se pide no debatir y dejar que las autoridades esclarezcan los hechos. No. Las leyes pueden haber cambiado, pero no debería variar la exigencia de contar con personas éticas y probas en el Gobierno.
Es peligroso el discurso de quienes defienden al ministro Ángelo Alfaro. Relativizan la agresión, atacan a la víctima y, de paso, al mensajero (el programa Beto a saber). ¿Qué mensaje se intenta instalar? ¿Que hay violaciones “aceptables”? ¿Que se olvidan si el padre reconoce al niño? ¿Que si la víctima termina casándose con su agresor todo se perdona? Y lo más grave: invocar el paso del tiempo para deslegitimar la denuncia. Como si, si el delito ocurrió hace años, dejara de importar.
El presidente del Consejo de Ministros ha calificado la denuncia como “cositas”, y el presidente de la República la ha descrito como un “asunto privado”. Con autoridades así, la protección de niños y adolescentes queda en entredicho. Las cifras de la Policía indican que la mayoría de agresiones contra menores ocurren en el entorno cercano: familiares o vecinos. Bajo esa lógica, ¿también esos casos deberían tolerarse por ser “privados”?
No se trata de un hecho “antiguo”, como se pretende sostener. El problema es actual y persistente. Más de trece mil mujeres fueron víctimas de violación en 2025, según el Programa Nacional Aurora del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. Es decir, una cada cuarenta minutos. No es una cifra abstracta: es daño real con secuelas de por vida. De acuerdo con el INEI, el 35.6 % de mujeres entre 15 y 49 años ha sufrido violencia familiar. No son asuntos “privados”.
Resulta inaceptable culpar a la víctima en un país donde denunciar ya implica un alto costo personal. Escribo con impotencia y preocupación. La pregunta es directa: ¿qué haría usted si la víctima fuera su hija, hermana, hijo, nieta o sobrina?
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