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Ninguna democracia está garantizada

"Un análisis de la Century Foundation determinó que Estados Unidos sufrió una reducción del 28% en su calidad democrática durante el último año”. 

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(Midjourney/Perú21)
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Fecha actualización:
25/01/2026 - 07:05
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Esta semana, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha vuelto al centro de la atención mundial por sus arremetidas contra las Naciones Unidas, la OTAN, y sus afanes expansionistas.

La oportunidad es propicia para mirar un poco más de cerca un fenómeno que se viene produciendo a toda velocidad desde que Trump tomó el poder: un deterioro sin precedentes de la calidad de la democracia norteamericana.

Los principales índices que miden la solidez democrática reflejan una caída abrupta en un periodo récord. Así, un análisis de la Century Foundation determinó que Estados Unidos sufrió una reducción del 28% en su calidad democrática durante el último año: pasó de 79 puntos sobre 100 en 2024 a 57 sobre 100 en 2025. Un nivel de descenso que típicamente se ha observado tras golpes de Estado o acontecimientos similares.

En concreto, esto significa una erosión de principios fundamentales como la separación de poderes, la supervisión independiente del poder, la conducción de elecciones libres y seguras, la transparencia y acceso a la información pública, entre otros elementos.

Solo por mencionar algunos ejemplos concretos de este deterioro, se puede nombrar el despido a inicios del año pasado de 20 inspectores generales de distintas agencias federales, encargados de vigilar y auditar el gobierno para evitar corrupción o abuso de poder.

También está la emisión de un número de órdenes ejecutivas que buscan limitar derechos constitucionales, como la que pretendía terminar de facto la ciudadanía por nacimiento, derecho garantizado por la 14.a Enmienda de la Constitución.

Otro ejemplo dramático es el acoso judicial a Jerome Powell (presidente de la Reserva Federal, el equivalente a nuestro Banco Central) a través de una investigación federal por supuestas irregularidades en la renovación de unas oficinas, cuyo evidente propósito real es forzarlo a que baje la tasa de interés para motivar una aceleración económica.

Se ha dado también un esfuerzo por debilitar los órganos de protección de integridad de los procesos electorales, concretamente a través de una reducción de presupuesto y personal de la Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad (CISA).

Por si esto fuera poco, las cuentas oficiales del Gobierno, y la del propio presidente Trump, en más de una ocasión han difundido imágenes manipuladas con inteligencia artificial, lo que evidencia una total falta de transparencia en las fuentes oficiales.

Todo esto ha sucedido en un contexto habilitante, caracterizado por la progresiva desaparición de “frenos internos”. El Congreso, controlado por el partido del presidente, ha renunciado en gran medida a su papel fiscalizador. La disidencia dentro del Partido Republicano ha sido básicamente expulsada del escenario público. Y el propio presidente ha llegado a afirmar que la única limitación real a su poder es su “propia moral”. Esa frase, más que una fanfarronada, revela una concepción personalista del poder incompatible con cualquier democracia saludable.

A este panorama se suma una alianza inédita entre el poder político y grandes magnates tecnológicos (como Elon Musk, Larry Ellison, Mark Zuckerberg, entre otros), en lo que ha sido llamada una “broligarquía”, que no solo influye desde fuera, sino que participa directamente en la toma de decisiones del Estado. La entrada de multimillonarios en el corazón del Gobierno, con acceso privilegiado a datos, presupuestos y estructuras clave, sugiere un modelo de poder donde la riqueza sustituye al control ciudadano y erosiona la igualdad política.

Sin embargo, reducir el momento actual a un relato de caída inevitable sería un error. La democracia no solo se mide por los abusos del poder, sino también por la respuesta que estos generan. Así, a lo largo del último año hemos visto movimientos masivos como el “No kings” o el “Hands off”, que se han hecho sentir en diversos estados, incluso en algunos típicamente republicanos. Incluso la popularidad de Trump —hoy en alrededor de 40%, cifra relativamente baja para un mandatario norteamericano— indica una grieta creciente entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana de millones de ciudadanos.

Las elecciones de medio término, programadas para más adelante este año, serán una prueba de fuego para Trump y, en buena medida, un referéndum sobre la manera en que está cambiando el sistema político de Estados Unidos a su antojo. Los meses que vienen serán decisivos.

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