En la primera parte de esta entrega abordé tres mitos que siguen operando como obstáculos para comprender de qué hablamos cuando hablamos de diversidad. En esta segunda parte, continúo con la tarea de examinar otros tres prejuicios vinculados a distintas dimensiones que se entrelazan entre los discursos políticos y la convivencia social, y que funcionan eficazmente como justificaciones para restringir derechos de personas LGBTIQ+. Nombrarlos y desmontarlos se vuelve una tarea cívica, especialmente en junio, cuando esta conversación se torna más visible porque una ciudadanía informada siempre va a repercutir en una mejor convivencia democrática. Estos son los tres mitos que abordaré hoy:
Estos son los tres mitos que abordaré hoy:
1) Puede ser mi amigo, pero no mi alcalde ni mi presidente.
Este mito, que sugiere que las personas LGBTIQ+ no pueden ser buenos políticos, persiste con fuerza y ha sido visibilizado en una reciente encuesta de Ipsos para Perú21 (junio 2025), en la cual se evidencia que, mientras un 65 % considera que las personas LGBTIQ+ pueden ser buenos amigos, solo el 43 % cree que podrían ser buenos alcaldes, y apenas un 41 % las ve como posibles buenos presidentes. Evidentemente, ni la orientación sexual ni la identidad de género determinan la vocación de servicio, la integridad o las habilidades políticas de nadie. Esa idea nace del prejuicio de años de discursos homofóbicos y de representaciones estereotipadas, que en muchas películas o relatos han retratado a las personas LGBTIQ+ como débiles ante la toma de decisiones, sin capacidad o valores para este tipo de tareas. Las personas LGBTIQ+ tienen que vivir con la carga de demostrar que son buenas personas, buenos profesionales, buenos políticos: dudas que no recaen en los demás. Esta creencia es especialmente perjudicial porque, además, representa un círculo vicioso dentro de una democracia: si se piensa con prejuicio que no son buenos políticos, se afectan sus posibilidades de participar políticamente y de ser elegidos; por tanto, no pueden acceder a cargos donde se toman decisiones por sus derechos, con lo cual no se puede avanzar en su reconocimiento y protección. Y la idea de una democracia es que las minorías estén también representadas y puedan ser protegidas por el Estado de derecho; pero, si el sistema está previsto para que solo las mayorías conservadoras antiderechos accedan a espacios de representación, no hay igualdad ni representación, y las demandas LGBTIQ+ se excluyen de las políticas públicas. Por eso, la lucha contra este prejuicio es una urgencia política.
2) Hay cosas más importantes que hablar de los derechos LGBTIQ+.
El famoso mito de que “hay temas prioritarios”, con el cual se relega cualquier discusión pública sobre estos derechos a la categoría de superficial. Una trampa discursiva bajo la cual se argumenta que en un país con inseguridad, pobreza y corrupción, la inclusión es irrelevante y distractora, por lo que debe esperar; pero es curioso que solo se invoca convenientemente cuando se habla de derechos de minorías. La idea de que hay “temas más urgentes” es un filtro que activan para lo que les incomoda, como si enviaran a la dignidad a hacer cola. Lo cierto es que los derechos se construyen juntos, que las crisis no se resuelven postergando los derechos fundamentales de un grupo de sus ciudadanos y que la diversidad no interrumpe el debate nacional, sino más bien lo enriquece.
3) Si alguien es homosexual, seguro le voy a gustar.
Se asume equivocadamente que la orientación sexual implica atracción automática y descontrolada por cualquier persona del mismo sexo, pero no funciona así. Este mito combina desinformación y egocentrismo porque, así como nadie cree que un hombre heterosexual se siente atraído por todos las mujeres que lo rodean, lo mismo aplica aquí. La convivencia democrática se sostiene en el respeto y eso exige abandonar las sospechas absurdas que pesan sobre las personas LGBTIQ+ en la convivencia social.
Cada uno de estos mitos revela prejuicios que, aunque operan en distintas dimensiones, comparten un mismo efecto: excluir, restar valor, desconfiar y discriminar. Junio es un momento de visibilidad, pero también de práctica democrática para educar en medio del ruido, incluso si desmontarlos nos parezca una obviedad, porque como señaló el activista estadounidense Harvey Milk en el “Discurso de la esperanza”: “Una vez que se ha iniciado el diálogo, sabes que puedes derribar los prejuicios”.
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