En este contexto, el largo conflicto entre budistas extremistas y la etnia rohingya musulmana en la provincia sudoeste de Rakain se ha agravado entre acusaciones mutuas de violencia. Desde 1982, existe una ley que otorga la nacionalidad a la mayoría de los grupos étnicos de Myanmar que excluye a unos cuantos, como a la población rohingya, acusada sin pruebas, por fanáticos budistas, de intentar crear un estado musulmán en Rakain, de tener vínculos con Al Qaeda y de ser “extranjeros” traídos por los británicos en el siglo XIX cuando llegaron a esa zona, como mínimo, hace 10 siglos.
Con 600 mil refugiados rohingyas en Bangladesh, no es de extrañar que al Papa se le haya prohibido pronunciar el nombre de esta etnia en su visita a Myanmar y que Aung San Suu Kyi no se atreva a desafiar a los militares rechazando que a los rohingyas se les someta a una “limpieza étnica”, como la define la ONU. El sacerdote jesuita Thomas Reese opinó en su artículo del 17/11/17 “Pope Francis shouldn’t risk going to Myanmar” que Francisco no debía ir a un lugar “en donde compromete su autoridad moral o pone en peligro a los cristianos de ese país” (por persecuciones contra ellos en tres provincias) y sobre la “presidenta” birmana son muchas las voces que piden quitarle el Nobel de la Paz.