Hace tiempo, mientras España conquistaba territorios para evangelizar y extraer materias primas, Holanda conquistaba mercados para capturar plusvalías. Para financiar los viajes comerciales se emitían acciones que los inversionistas compraban para participar de las ganancias. Cualquiera, aristócrata, maestro o artesano, podía adquirir una acción si tenía algo de ahorro. Se había inventado la sociedad de capitales. Tampoco tenía que esperar la liquidación del viaje para monetizar su acción; podía venderla a otro inversionista dispuesto a ganar un poco más. Se había inventado la bolsa de valores. Estaba naciendo el capitalismo. Así fue como Amsterdam fue la ciudad más poderosa. Cuando los holandeses llegan a Manhattan la llaman New Amsterdam. Un siglo después, Inglaterra gana la guerra contra Holanda, Londres será el nuevo centro y New Amsterdam pasa a los ingleses, que la empiezan a llamar New York. Independizada de Inglaterra, New York fue la primera capital de los Estados Unidos y compite con Londres. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, New York se convierte en la gran capital del capital. El 14 de agosto de 1945, mientras se rendía Japón, entre la multitud que celebraba en Times Square, en el centro del centro de New York, un marinero y una enfermera se besaron con pasión, Eisenstaedt les tomó la foto y fue el símbolo de la victoria. New York sería, además, la ciudad de la esperanza. Leonard Bernstein le compuso una canción: “Quiero ser parte de ti New York, New York, quiero despertar en esta ciudad que nunca duerme, voy a empezar de nuevo, será mejor que lo crean, amigos, siempre lo logramos allí, depende de ti, New York, New York”. Frank Sinatra y Liza Minnelli la convirtieron en himno. El sueño americano podía ser realidad en New York.
El sueño se cumplió para la élite financiera. Pero para una gran mayoría New York no era vivible. Para ellos, esta semana, con la elección de Zohran Mamdani como alcalde, New York vuelve a ser la ciudad de la esperanza. Les ofrece congelar arrendamientos, transporte público y guarderías gratis, y subsidios en supermercados; y, para financiarlo, aumento de impuestos a los ricos. Los especialistas lo califican como socialismo imaginario, irrealizable, casi una estafa que generará mayores frustraciones. Pero Mamdani no es un socialista del montón. Sabe que su programa es de un inmenso gasto público, por eso, tiene los números en agenda. Kathy Hochul, la gobernadora del estado, le ha ofrecido apoyo para resolver los problemas sociales; pero le ha advertido que ella es la que decide la política tributaria, que es procrecimiento de las empresas; por tanto, los recursos fiscales serán limitados. Pero algo, quizá mucho, se podrá hacer. El Partido Demócrata es así, finalmente realista, empuja las políticas sociales tanto como puede, pero no va a patear el tablero ni hará una revolución. Pero esa no es la novedad. Hasta ahora, la estrategia socialista era acumular a todos los desposeídos porque todo sumaba. Es el famoso voto identitario, vota por mí porque soy igual a ti. Lo intentaron los chilenos, pero no lograron aprobar su nueva Constitución, porque la política no es sumar intereses particulares, sino construir un interés común. En eso Mamdani ha demostrado una maestría enorme. Bajo la identidad de ser inmigrantes ha integrado a todas las minorías, a las antiguas y a las más recientes, y les ha devuelto valor. “… New York fue una ciudad creada por inmigrantes, impulsada por inmigrantes y, a partir de esta noche, gobernada por un inmigrante. Así que escuche, presidente Trump, para llegar a cualquiera de nosotros, tendrá que pasar por encima de todos nosotros”. Fue el discurso de la victoria. “… llega un momento que rara vez llega en la historia, en el que damos un paso de lo viejo a lo nuevo, en el que una era termina y en el que el alma de una nación, largamente reprimida, encuentra su expresión”. Citaba a Nehru, en el discurso de 1947, horas antes de la independencia de la India. Mire usted, Mamdani ha inaugurado una conexión con el pueblo de tercera generación. Es la condición necesaria para transmitir cualquier mensaje. Nosotros, aquí, en cambio, estamos en la prehistoria política más antigua, la de dividir, insultar y pelear.