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Madre eterna

"La imagen de los países contribuye al lenguaje universal. Nosotros hemos aportado frases como ‘¡vale un Perú!’, durante el virreinato”.

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(Midjourney/Perú21)
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Fecha actualización:
15/12/2024 - 07:05
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La imagen de los países contribuye al lenguaje universal. Nosotros hemos aportado frases como “¡vale un Perú!”, durante el virreinato, cuando prosperaban España y media Europa por la exportación de nuestros minerales; o la contraria de “¡se jodió el Perú!”, cuando Santiago Zavala se lo pregunta en Conversación en la Catedral, de Mario Vargas Llosa. Lo mismo ocurre con Francia, que aportó “¡viva la Francia!”, como agradecían los republicanos españoles acogidos, huyendo de la dictadura de Franco; o “¡se jodió la Francia!”, atribuida a los republicanos de Benito Juárez cuando derrotaron al ejército de Napoléon III, último sostén de Maximiliano I, fin del intento de crear un imperio en México. Ahora los franceses acaban de acuñar otra frase: “¡viva Notre Dame!”, seguida de “¡viva la República!”, y “¡viva la Francia!”. Las dijo Macrón en la ceremonia por la recuperación de la catedral hace una semana.

Francia, a pesar de ser mayoritariamente católica, es constitucionalmente laica: está prohibida la enseñanza religiosa en los colegios públicos; en sus Fiestas Patrias no hay tedeum, y sus ejércitos no tienen obispos capellanes. La Iglesia y el Estado están separados, sin embargo, la recuperación de Notre Dame fue celebrada por todos. Razón sobra, porque esa recuperación ha sido una obra de arte, no de la arquitectura, esculturas, pinturas, vitrales, órgano y campanas, sino por la excelencia con que se trabajó. En el incendio mismo, se calculaba el máximo de agua que se podía utilizar, porque las columnas de piedra, calientes por el fuego, podían fracturarse por el golpe de frío y todo se podía venir abajo. También determinaron que el mayor riesgo era que el fuego llegase a las torres, dentro de las cuales una armazón de madera sostenía las campanas, porque, si se caían, colapsaba la fachada principal. En el esqueleto de la catedral, cada pieza se sostiene en otra; si cae una se produce un efecto dominó: una a una van cayendo las demás. Pues bien, se había caído el techo, asi que sobre la marcha tuvieron que identificar qué piezas reforzar para evitar el desplome.

Por si fuera poco, para restaurar la aguja se había instalado un andamio enorme; el incendio lo debilitó y amenazaba con caer. Se instalaron sensores para medir las más mínimas vibraciones y prevenir cualquier caída. Los trabajadores que retiraban el andamio, fierro por fierro, fueron entrenados para evacuaciones urgentes en caso de peligro. No hubo accidentes. Se reconstruyó el techo talando árboles plantados durante la Revolución francesa. Esos tatarabuelos inmensos dejan retoños recién plantados para que sean útiles dentro de otros 250 años. Se llamaron artesanos de todas partes del mundo para que en cofradías, como las de la Edad Media, con los conocimientos de ahora, pero con los materiales y técnicas de entonces, se reconstruyera todo. El fuego también había derretido la cubierta de plomo del techo, que se había impregnado en toda la catedral. Se establecieron protocolos para evitar la intoxicación de los trabajadores y se empastó todo el edificio con un material que absorbió el plomo y limpió el polvo de siglos, devolviendo a la catedral su blancura inicial.

El costo de la restauración fue millonario, pero no hubo necesidad de impuesto alguno. Todos los franceses, empresas o parroquias, ricos o pobres, católicos o protestantes, o simplemente ciudadanos, aportaron una bolsa de 850 millones de euros. Las personalidades que fueron a la reapertura no fueron a una misa católica; muchos de ellos eran de otras religiones o no creían en dioses ni en sus madres. Fueron a una liturgia cívica para reconocer esa excelencia de trabajo. Por eso, la ceremonia empezó con un aplauso enorme a los bomberos, trabajadores y artesanos. No fueron ni la Iglesia ni el Estado quienes recuperaron la catedral, sino la sociedad. No era la primera vez. Hace 200 años estuvo muy debilitada y se iba a demoler. Víctor Hugo escribió Nuestra Señora de París, y las peripecias de un jorobado, Cuasimodo, encariñaron a la gente y alentaron las protestas. La catedral se salvó, una vez más. Así que, cuando las cosas vayan mal, no culpe a la política. Piense que la sociedad puede recuperar lo que haga falta. Eso sí, juntos y con excelencia.

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