Acercándonos al final de 2025 podemos ver que ha sido un año con grandes incertidumbres y movimientos bruscos, pero no por factores externos, sino por decisiones de los líderes políticos, lo cual es preocupante de cara a las tendencias de largo plazo que se están definiendo.
Sin lugar a duda, las subidas y bajadas más pronunciadas han sido en EE.UU. Se inició el año con mucho optimismo, pero luego vinieron los problemas por las idas y venidas en la política arancelaria que fueron desde anuncios absurdos, como lo que ocurrió el 2 de abril, hasta negociaciones pragmáticas. Al inicio del 2025, se esperaba un crecimiento de 2.8%, similar al de 2024; pero luego se ajustaron las estimaciones a rangos entre 1.5%-1.8%, para terminar el año en torno al 2%. Para un país desarrollado, esto implica niveles de incertidumbre inusuales. El efecto de los aranceles ha sido menor en el tema de crecimiento y se está trasladando lentamente a los precios. Mucho más negativo para el crecimiento ha sido la política migratoria; sin embargo, estos efectos han sido contrarrestados por la fuerte inversión en IA (aumentos del 25% en las empresas que cotizan en bolsa) y los impactos positivos sobre la productividad. Más bien, lo que ha empezado a preocupar es el aumento en desempleo juvenil debido al fuerte aumento en el uso de la IA. Toda esta turbulencia ha sido recogida en la bolsa, que pasó de una caída significativa a niveles muy altos, generando dudas sobre una posible corrección en el futuro.
En Europa, las mayores turbulencias han estado asociadas a la nueva relación con EE.UU., que generó un cambio en el gasto militar, mayores niveles de déficit fiscal y preocupación en varios países por los temas de sostenibilidad de la deuda. Pero en el lado del crecimiento, la situación ha sido muy plana, sin sobresaltos, pero tampoco sin grandes expectativas. Europa está dejando de ser un actor relevante en la política y en la economía global.
Mientras tanto, en China e India las cosas han marchado sin mayores cambios respecto a los pronósticos de inicios de año. China con políticas muy expansivas en lo monetario y fiscal para sostener su economía, que debería estar creciendo en torno a un 4.5%, manejando con prudencia las relaciones con EE.UU. en el tema arancelario; mientras que la India terminará con un crecimiento de 6.5% avanzando de manera ordenada con sus reformas. Resulta sorprendente que la prudencia y predictibilidad vengan de los países emergentes y no de los desarrollados.
En temas de las materias primas, el cobre vino en subida, producto de las fuertes inversiones en tecnología, mientras que el oro, que igualmente acompañaba con fuertes incrementos asociados a la incertidumbre global, empezó a estabilizarse en las últimas semanas. De otro lado, el petróleo ha tenido pequeños baches a lo largo de todo el año, y terminamos con perspectivas bajistas, pero no por temas de menor demanda, sino por aumentos de la oferta.
En América Latina, las incertidumbres globales nos han golpeado de manera muy diferenciada. Los países productores de metales con fuerte impulso externo; mientras que los productores de petróleo bastante golpeados. México con bajo crecimiento, producto de las tensiones arancelarias con EE.UU. De otro lado, Bolivia tiene un fuerte deterioro en sus condiciones económicas, terminando el año con crisis fiscal, sin dólares, alta inflación y caída del producto. El nuevo gobierno deberá implantar un severo programa de estabilización con todo lo que esto implica. Argentina fue otro de los países con alta volatilidad, producto de la inconsistencia de su programa de estabilización, el cual está basado en un ancla cambiaria, pero como la inflación tiene mucha inercia, terminará este año en torno al 35-40% y esto afecta al tipo de cambio real, por lo que todo el mundo espera un ajuste del tipo de cambio nominal para cuando se le acabe el salvavidas de 20,000 millones de dólares que le tiró EE.UU. para evitar que se ahogue en las elecciones de octubre.
Por otro lado, aquí en Perú hemos tenido un 2025 en tensa calma; todos mirando las elecciones de 2026. Una nueva vacancia presidencial que no sorprendió a nadie, los mercados financieros ni lo notaron. Un crecimiento mediocre en torno al 3%, impulsado en parte por los retiros de los fondos de pensiones. Las condiciones externas han sido inmejorables, lo cual generó una apreciación de nuestro tipo de cambio y ayudó a la mejora del índice bursátil por las acciones de las empresas mineras, pero las fuertes presiones de gasto impidieron que también ayude a reducir el déficit fiscal que se mantiene persistentemente por encima de 2%.
Mientras que para el mundo la montaña rusa de 2025 ya está terminando y se vislumbra un 2026 con más tranquilidad, para nosotros recién empieza la nuestra debido a un proceso electoral complejo donde nos jugamos el futuro de nuestro país.