En varios de sus ensayos, Borges cita una idea de Walter Pater: “Todas las artes aspiran a la condición de la música, que no es otra cosa que forma”. Podemos apreciar esa verdad en la poesía, donde no pocas veces una imagen o una idea son superadas por el ritmo y la melodía del verso. Pero ocurre lo mismo en formas narrativas, donde el argumento cuenta mucho, pero no agota las virtudes de la obra. Las mejores novelas son mucho más que sus argumentos, son creaciones verbales que, según Pater (y Borges), anhelan convertirse en armonía musical y no son traducibles a otro lenguaje. ¿A alguien se le ocurriría transformar una sinfonía de Schubert en una película? Por eso una novela de Faulkner o de Conrad no puede ser sustituida por una versión cinematográfica sin que perdamos mucho en el traslado. Acaso perdemos lo esencial. Ignorar esto es caer en la superstición de creer que el valor de un relato se reduce a las peripecias que sus personajes viven. Aun las novelas gráficas pueden no ser adaptables a la TV.
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Hay excepciones, como Naranja mecánica (1971), donde el genio de Stanley Kubrick le permite usar la novela de Anthony Burgess y recrearla con imágenes y música inolvidables. O como Satiricón de Fellini (1969), obra tan personal que el cineasta puso su apellido en el título y solo usó a Petronio como inspiración. Pero muy pocos pueden hacer lo que logran Kubrick y Fellini. Hasta Orson Welles recibió duras críticas por su versión de El proceso (1962), de Kafka. Un caso paradigmático de este tipo de imposibilidad es la cinta dirigida por Joseph Strick y basada en la obra de James Joyce: Ulises (1967), con Milo O’Shea como Leopold Bloom. Un crítico declaró que tal filme era el envilecimiento de la novela. Pauline Kael igualmente lo condenó. Si el lector quiere ver las versiones de Netflix de Pedro Páramo y Cien años de soledad, hará bien en postergarlas hasta después de recibir esas mismas historias como sus creadores las propusieron, como objetos hechos de palabras, de espléndidas palabras.
Algunos géneros son más accesibles a esa conversión al lenguaje audiovisual, porque en ellos el argumento y la resolución de misterios importan más que en otro tipo de ficciones. Así, John Huston pudo llevar a la pantalla, aunque con limitaciones, El halcón maltés, del gran Dashiell Hammett, y Howard Hawks, El sueño eterno, de Raymond Chandler, ambas con Bogart como protagonista.
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