La prohibición de los teléfonos móviles en las aulas, por ley, es un desatino que ignora tanto la realidad educativa como la evidencia disponible. Lo digital, en lugar de ser una amenaza, es una herramienta educativa que, cuando se sabe usar, tiene el potencial de transformar el aprendizaje.
Prohibir los móviles en las escuelas perjudicaría principalmente a los estudiantes que menos tienen. Para muchos, la escuela representa su único acceso a oportunidades digitales de aprendizaje. Sin hablar del acceso a la IA. Por otro lado, un meta-estudio de la American Psychological Association (APA) concluye que el uso de pantallas de los jóvenes tiene escaso impacto en su salud mental. Contrario a lo que se afirma con ligereza como argumento a favor del retroceso en el aprendizaje digital.
Si el Estado prohíbe los móviles en las aulas, ¿los docentes dejarán de preocuparse por las competencias digitales?, ¿dónde se formarán nuestros menores en el uso consiente de lo digital?
El tema de fondo es cómo aprovechar el potencial pedagógico de los móviles. Todos los días, en el aula, el o la docente establece las reglas de convivencia. Ya hay quienes excluyen el uso de los móviles en determinadas actividades sin necesidad de una ley. La solución a las preocupaciones familiares y educativas no está en una ley que imponga una regla única, sino en fortalecer la autonomía docente y el consenso institucional.
El camino correcto no es prohibir, sino educar. Necesitamos un debate serio, informado y plural sobre cómo la tecnología puede ser un aliado, no un obstáculo. Delegar al Estado decisiones que ya pueden resolverse en el ámbito privado es un error que podría costarnos caro en términos de equidad y calidad educativa.