Las sociedades avanzan de forma desigual, por ejemplo, mientras ciertos derechos parecen consolidados, otros revelan retrocesos persistentes. En Perú, pese a que el inicio de la democracia muchos lo sitúan con el voto femenino, aún existen grupos como las personas LGBTIQ+ tratados como ciudadanos de segunda categoría con desigualdad de derechos. Pero hoy no se abordará de democracia, sino un tema considerado muchas veces como menor: la vigencia de los concursos de belleza como muestra de un estancamiento cultural.
No se intenta aquí juzgar o despreciar la industria del entretenimiento y las decisiones libres de las personas de optar por espectáculos que no retan al intelecto. Todos tienen derecho a descansar la mente con lo que prefieran, ya sea con un partido de fútbol, un reality show o un desfile de moda. El tema tampoco es en sí el culto a la belleza que pudiese describir a muchas sociedades actuales, sino la validación que aún se da a premiarla.
Es curioso cómo, en 2025, podemos aún tener familias, grupos de amigos y medios discutiendo sobre quién merece ser reconocida como la persona más bella. Curioso, pero comprensible: existe una fuerte industria de la belleza, medios interesados y aun una estética eurocentrista que sigue imponiéndose sobre otras.
Por supuesto, estos concursos han intentado disimularlo, a veces, incluyendo supuestamente la evaluación de otros aspectos, como talentos, trajes típicos, respuestas a preguntas sobre problemáticas sociales. Quizás algún lector recuerda el Miss Perú en 2017, en el que las participantes, en lugar de indicar sus medidas corporales compartieron cifras de la violencia de género en el país. ¿Se trató de un esfuerzo genuino por abordar el tema o de un intento de “modernizar” el formato? Se puede discutir.
También ha habido momentos históricos en términos de representación —aunque cabe recordar que una concursante, en realidad, solo se representa a sí misma y, con suerte, a quienes lucen como ella—. Ángela Ponce, Miss Universo España, fue conocida como la primera mujer transgénero en ganar ese título y competir en Miss Universo. Sin embargo, es necesario recordar que tanto las peruanas como Ponce participaban dentro de una competencia cuyo propósito final es evaluar el físico.
Es distinto reconocer la belleza que premiarla. Eso es una muestra de cómo en muchas esferas de la vida sigue siendo más relevante el aspecto físico —la delgadez, la blancura, por ejemplo— que la educación o la meritocracia, sobre todo para las mujeres. Es la otra cara de lo que, a veces, es el lado tóxico del body positive, que en sus versiones más extremas intenta forzar que todos se sientan atraídos por cuerpos que salen de lo hegemónico.
Quizás parezca exagerado, pero un concurso de belleza comparte ciertas lógicas con proyectos eugenésicos o supremacistas: jerarquizar cuerpos, definir ideales físicos y excluir a quienes no encajan en ellos. ¿Vale preguntarse qué tan cerca está premiar la belleza de sostener discursos racistas? Diferencias hay, por supuesto, pero también existe un denominador común.
Más que cancelar estos formatos, el reto es reconocer lo que revelan: cómo seguimos ordenando a las personas según cuerpos ideales, herencias culturales y estéticas que poco dialogan con la igualdad, y no menos importante la reacción del público al sentirse legitimado de juzgar cuerpos femeninos. Interrogar estos hábitos culturales no es un gesto menor, sino un modo de entender qué sociedad hemos construido. Aunque, probablemente, la discusión actual solo gire en torno a qué tanto se merece México la corona de Miss Universo 2025.