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La última dosis

“Hoy me han vuelto a visitar mis viejas compañeras de vida: la tristeza, la insuficiencia, el vacío, la culpa. Hace algunos años estaban conmigo todo el día hasta que aprendí a darles un lugar”.
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Columna de Carlos Galdós.
Fecha actualización:
06/04/2026 - 07:00
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Hoy me han vuelto a visitar mis viejas compañeras de vida: la tristeza, la insuficiencia, el vacío, la culpa. Hace algunos años estaban conmigo todo el día hasta que aprendí a darles un lugar, sentirlas un ratito y luego despedirlas. No se van a ir nunca de mí porque también las llevo en mi ser, habitan en mí, pero ya no me poseen. Sin embargo, cuando por esas cosas que tiene la vida y que a veces me sobrepasan, en el proceso de integrar lo que me viene sucediendo… me tocan el timbre estas cuatro visitantes.

Antes no sabía qué hacer con ellas, y en vez de invitarlas a tomar una tacita de café, escuchar su mensaje y agradecerles, me resistía a verlas, interpretarlas, y ellas también se resistían a irse. Entonces viví durante cuatro años con una sensación de vacío en la boca del estómago, un nudo en la garganta y una profunda sensación de pena. Muchísima pena.

“Siento pena y no sé cómo sacarla de mí…”.

“Yo también la siento cada vez que te veo, la siento en mi estómago, me quedo después de la sesión con eso…”.

Era la respuesta de mi terapeuta.

Hubo un tiempo en el que estaba literalmente atorado, atascado…, con ganas de llorar todo el tiempo, pero no podía. Con la sensación de tener una pepa de lúcuma en la garganta. Entonces, buscaba dejar de sentir, y así, a solas, en silencio, a oscuras, tomaba unas cuantas pastillas, y como no pasaba nada, fumaba un poco de marihuana, y como no pasaba nada, llamaba a alguien que estaba tan rota como yo y además nos gustábamos mucho físicamente. También le gustaba el éxtasis y el MDMA. Lo único que quería era dejar de sentir tristeza, insuficiencia, culpa y vacío. Entonces, durante el cóctel alucinógeno, mientras nos derretíamos de placer, nos sentíamos amados. No hablábamos, solo sentíamos nuestra piel. Las caricias se sentían intensas, la ropa se sentía más suave, el tacto como electricidad.

El huaico de serotonina, oxitocina y noradrenalina invadiendo mi cuerpo, haciéndome sentir escalofríos, hormigueo. Mi amígdala cerebral, siendo bloqueada por el efecto del cristal, automáticamente disminuía mi ansiedad. ¿El resultado? Mi cerebro interpretaba el contacto como algo más intenso, placentero y seguro. Me sentía amado, pero era mentira. Amado de mentira, amado químicamente, amado por seis horas hasta la siguiente dosis o hasta que se pase el efecto, tiritando de amor superficial, con el corazón latiendo a mil, pero no necesariamente de amor. Entonces, es momento de tomar un Rivotril de 2 mg para apagar la tembladera.

El altísimo precio de sentirme abrazado, amado por unas horas. Ya es domingo, son las ocho de la noche… “Uy, qué rápido que se pasó la hora, acabo de venir el viernes por la tarde…”. Y mañana me tengo que ir a trabajar… “Descansa. Hasta el próximo ataque de vacío, nos vemos”. Y mientras estábamos drogados, ella me decía que yo valía mucho, que era un ser humano increíble, que cualquier persona en esta Tierra se moriría por estar conmigo. Yo le creía todito, palabra por palabra, hasta la hora en que tocaba cerrar la puerta, tomar nuevamente unas cuantas pastillitas para dormir y al día siguiente comenzar la semana con el mismo hueco en el estómago, el nudo en la garganta y el alma un poquito más rota que la semana anterior. Semana a semana me iba desintegrando de a poquitos.

¿Buscaba ayuda? Muchísimo. Nunca dejé de ir a sesión con la psicoanalista, nunca dejé de meterme a cuanta cosa existiera para sentirme mejor. Hongos, ayahuasca, San Pedro… Todo eso y más buscando una salida. Hasta que un buen día entendí que no me tenía que escapar de todo eso que sentía; más bien lo necesitaba escuchar y, a partir de eso, encontrar una salida. Porque la salida es hacia adentro. Siempre la salida es hacia adentro. Y hacia ahí comencé a ir: hacia adentro. A sentir, a escucharme, a reconocerme, a hacerme un montón de preguntas, a buscar por qué siento lo que siento y quién soy cuando lo siento.

Dejé de ser migajero emocional profesional para comenzar a sentirme merecedor. Comencé a respirar, meditar, observar, reflexionar, volver a respirar, moverme, leer, entender por qué funciono como funciono, qué me activa, qué me detona, de dónde viene lo que siento. Reinterpreté mucho de mi historia, desinstalé juicios y creencias que no necesariamente me funcionaban ni eran verdad, desaprendí para volver a aprender, actualicé mi software, desintoxiqué mi cuerpo, mi mente, mi espíritu, me comencé a amistar conmigo, me adueñé de mí.

Conforme iba pasando el tiempo me daba cuenta de que era menos necesario buscar afuera, todo lo podía hallar en mí. Me entrené en conocer cómo funciona mi cuerpo químicamente y cómo activar serotonina, oxitocina y noradrenalina de manera natural, sin químicos, sin drogas, sin sexo, sin pastillas. Comencé a llenarme de mí, de mi yo real y verdadero.

Anoche me llamó ella, a eso de las nueve, para encontrarnos, para recordar viejos tiempos, para anestesiarnos juntos, y le dije que no. A cambio, le ofrecí que viniera un rato a conversar a mi casa, que conociera a mi esposa, y quién sabe tener una conversación profunda. Su respuesta fue que no, que me quería en la versión antigua de mi ser. Imposible, ese ser ya no está disponible en mí. Buena suerte; cualquier cosa, igual llámame.

A las once y media de la mañana de hoy me ha vuelto a llamar. He contestado y no era ella. Era su hermano.

“Te llamo porque eres la última persona a la que llamó mi hermana anoche antes de suicidarse”.

“Cuéntame qué te dijo, de qué hablaron, cómo la sentiste…”.

El teléfono me está pesando demasiado, estoy roto. Quién sabe si esa llamada era un hilo y yo lo rompí. ¿Se puede volver atrás de una llamada o un pedido no resuelto? ¿Acaso esa era su despedida y no pude leerla? Y ahora, ¿qué hago con esta culpa, vacío, tristeza e insuficiencia? ¿Podrá escuchar mi arrepentimiento por no haberle insistido en que viniera a mi casa a conversar? ¿Era mi compañía, en los términos que ella requería, un refugio como en su momento ella fue el mío? ¿Cómo se hace para convivir con esta sensación?

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