Habitamos una torre de Babel subterránea. En sus pasadizos todos quieren tener la razón al mismo tiempo y en distintos idiomas. Los hechos están al servicio de cada hipótesis personal, adaptándose según sea necesario. Las redes sociales hacen de las opiniones un atributo social, un selfi de nuestra autoestima en donde la verdad es opcional telón de fondo. Dos ejemplos:
Un chico muere por herida de bala la noche de la marcha. Rápidamente, se asevera que lo mató un vándalo. Al cabo de la comprobación en video, el propio jefe policial establece que quien disparó, al piso o al cuerpo, fue un policía, el cual es detenido a la vez que se anuncia la separación de los superiores responsables. Los hechos son irreversibles: un policía es el presunto homicida, quizás culposo, del joven fallecido. Un sector de la Policía se ofende: el finado también tiraba piedras. Un sector de la oposición denuncia una tautología: solo lo han aceptado porque había un video.
Una mujer policía a bordo de su moto es emboscada por un grupo violento esa misma noche. La derriban, rompen la moto, mientras la mujer, aterrada, desenfunda su arma y apunta a los que amenazan con agredirla. Alguien dice: “Mátenla”. Se impone el instinto y el reglamento. Esta última imagen, congelada y sin contexto, se presenta como evidencia de mortal represión policial. La agredida era ella, nunca disparó, pero no importa. Se le denuncia y amplía su apellido escrito en su casco, por si alguien de esa selva que son las redes quiere iniciar la cacería. Una cobardía digital completa.
En tiempos violentos razonar es visto como debilidad. El bien común se vuelve una abstracción irrelevante. En cambio, se cultivan pretextos para seguir alimentando la confrontación, que se impone como nuevo idioma. Esto es consecuencia de una realidad neurológica: la violencia es contagiosa.
Esta se propaga por imitación, por exposición y por normalización. La repetición sostenida de violencia, tal como sucede en estos días, reduce la sensibilidad emocional, convirtiéndola no solo en algo aceptable, sino falazmente útil. Es la imagen de una persona adulta, como Tatiana Astengo, gritándole a un policía que van a violar a su hija. Es la torpeza del ministro del Interior terruqueando universitarios, enervando más el ambiente. Desde polos opuestos están haciendo lo mismo.
En otros tiempos, ya pulverizados por Odebrecht, Barbadillo y la demolición fujimorista de las instituciones, seguido luego por las diversas mutaciones vistas después, existían partidos políticos capaces de sentarse a la mesa en busca de consensos. Encontrar un propósito común por encima de los intereses personales. Conversar no es pactar, decía Ramiro Prialé, referente que para los más jóvenes hoy es solo una carretera. Conversar es conversar. Pero esto es imposible sin interlocutores.
Los interlocutores políticos que tenemos ahora, salvo mínimas excepciones que deben estar igual de confundidas en este vértigo autosuficiente de hastío y odios, solo piensan en su beneficio personal. El futuro del país se subordina a lo que sus asesores creen que les convenga frente a las elecciones. Todos se creen Sansón, todos se esfuerzan por derribar el templo con quienes estén dentro. En esa orfandad prevalece lo prehistórico, el terruqueo y el facheo, o sus versiones terminales, la bala y la piedra.
La violencia es contagiosa porque nace de lo más contagioso que tenemos: el miedo. Exterminarla es una fantasía—el ser humano está hecho de pulsiones—, pero sí podría pensarse en desactivar su circulación: convertir la reacción en reflexión, el grito en palabra, la herida en aprendizaje. Pero, mientras lluevan balas y piedras, esto sonará a té de tías. Una debilidad inútil propia de tibios.
Toda sociedad se mide por su capacidad de romper esa cadena invisible de agresión recíproca. Si el odio viaja de persona en persona, podría viajar también la calma. Pero eso es imposible sin horizontes y sin liderazgos. Sin un Mandela.
La falsa solución terminal —que se vayan todos— es un callejón sin salida, pero con trampa: se van todos, pero nos quedamos nosotros. Para algunos, esos que deberían quedarse serían Vizcarra o Susel, alternativas tragicómicas no necesariamente imposibles en un país disparatado. Para otros, quienes deberían quedarse son los mismos de siempre, consumación de una resignación comprobada: no sabemos gobernarnos.
En tiempos extremos, la moderación política es un acto de valentía radical, decía Camus. Hay que ser valiente para ser moderado — digamos pensante— en estos días. Las piedras lloverán de ambos lados. También hay que tener coraje, antes que prontuario, para ser presidente del Perú. Supuestamente, hay más de cuarenta interesados en serlo. Que uno verdaderamente valiente entre ellos dé un paso al frente y nos demuestre que en este país podemos vivir sin que el desprecio por el otro sea lo que nos define.