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La iluminación de los libreros

"Lo cierto es que el venerable oficio de librero casi ha desaparecido en nuestro medio". 

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Librero.
La iluminación de los libreros.
Fecha actualización:
28/08/2025 - 07:01
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En su novela policial y mística El acercamiento a Almotásim, Mir Bahadur Alí relata la búsqueda de un joven peregrino. Su objetivo es conocer al hombre del cual procede la luz moral e intelectual que se refleja, menguando, en otros hombres. Uno de estos es un santo; después, en un nivel superior, el protagonista conoce a “un librero persa de suma cortesía y felicidad”. Luego de él lo espera el casi divino Almotásim. Así lo cuenta Borges en su reseña crítica, dura, pero justa, que incluye en el volumen de ensayos Historia de la eternidad (1936). Claro, nadie esperaba que entre estos escritos uno de ellos resultara ser una ficción. Podríamos decir que Borges fue el primer escritor transgénero de América Latina, pues su cuento cambió de género literario. Según Emilia Figueroa, este relato (que fue el primero de su autor) se autopercibía como ensayo.

No deja de ser insólito que en la escala de iluminación un librero supere a un santo. Acaso para Borges este cumpla en el mundo una función inferior a la del persa feliz que ofrece literatura a sus clientes. Lo cierto es que el venerable oficio de librero casi ha desaparecido en nuestro medio. Un librero es capaz de guiar al cliente hasta los volúmenes y autores que este aún no sabe que necesita, ni siquiera sabe que existen. En ese diálogo la transacción fenicia es eclipsada por una comunicación con un fin superior. Y en el Perú, con un sistema educativo paupérrimo, enseñarle a un joven a leer a autores esenciales vale más que muchas horas de clases mal dictadas. Porque esos autores lo acompañarán en los años más oscuros y lo ayudarán a descubrir su propia personalidad.

A los doce años, en las violentas calles de Lima, conocí a un librero de cultura omnisciente: Fernando Samaniego Perdiz. En su casa pude contemplar el Quijote en hebreo, Hegel en letra gótica y, por primera vez, Homero en griego del siglo VIII a. C. Su amistad me hizo entrar en temprano comercio con primeras ediciones de Kafka y de Vallejo, y ejemplares autografiados de Arguedas. En su apogeo, la biblioteca de Samaniego llegó a conservar varios miles de títulos y ninguno había sido comprado en librerías, sino en largos recorridos por la húmeda ciudad. También había allí enigmas inocentes, como poemas en japonés y en chino, o un estante de agronomía.  La historia de esa colección, que habitó una vieja casa en Breña, podría producir una crónica muy reveladora.

 

 

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