Ante Chile y sobre cancha norteamericana de una tersura propia del primer mundo, demostramos que la entrega es una de las versiones nobles de la técnica, especialmente cuando se adolece de esta última. A pesar del abuso del pelotazo y los centros a ninguna parte, revertimos la lógica, las apuestas, y la teoría del propio Gareca. La cancha puede ser una alfombra o un campo de minas, da igual. Lo importante, querido Ricardo, es que el corazón esté en su sitio, si se permite la huachafada, licencia habilitada por el raro arte de patear un esférico que nos ocupa.