España se ha abstraído por unos momentos de la crisis internacional que le aqueja para ocuparse y debatir sobre la decisión de una joven de 25 años de “bien morir”. El término “eutanasia” significa eso “buena muerte”.
"Le Carré, educado en Oxford y profesor de alemán y francés, era agente del MI6, el servicio secreto británico, por lo que tenía prohibido publicar con su propio nombre".
La ley de eutanasia española se aprobó hace 6 años. Esta ley será discutible, pero la población española, de la que más del 50% se declara católica practicante, en su gran mayoría está de acuerdo con que se permita a una persona que adolece de “padecimiento grave, crónico e imposibilitante” como dice la ley, adelantar su final.
Las notarías españolas pueden dar fe (es lo que les toca, por otro lado) de que los testamentos de vida que hacen los testadores no quieren extender su vida artificialmente. El debate se ha abierto, sin embargo, con motivo de la decisión de Nuria. Desde hace más de dos años pidió que se le aplicara la ley. Víctima de dos violaciones, tras una de ellas, se lanzó desde un quinto piso. No logró morir. Quedó tetrapléjica. Su vida se convirtió en un continuo sufrimiento físico y psíquico. En esas condiciones no quería seguir viviendo. Pidió la eutanasia. Reunía todos los estrictos requisitos que demanda la ley. Incluso ya tenía fecha: agosto del 22. Pero interfirió su padre. Este, que abandonó a la joven siendo niña, por motivos religiosos ha intentado por todos los medios legales evitar la muerte, que ya ha tenido lugar. Eso sí cuando su hija le comunicó su decisión la llamó “loca”. Sin más.
Nuria no estaba loca. Su familia estará destrozada, o no. La sociedad española se sentirá frustrada, o no, por no haber logrado que Nuria cambiara su decisión. Pero estaba en condiciones de decidir. Y cumplía los requisitos. Dura lex. Sed lex.
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