Le pido un favor menor a mi hijo adolescente. Alcánzame mi celular, una tontería de ese tipo. Yo estoy ocupado, tengo al niño enfrente y el aparato está más cerca de él que de mí. Él, al momento que recibe el pedido, entorna los ojos haciendo un gesto de hastío desproporcionado como si le estuvieran pidiendo algo completamente inaceptable.
Su gesto no me molesta. Lo que hace es inmediatamente retrotraerme, sin preguntarme, a varias décadas atrás: estoy subiendo las escaleras de la casa de mis padres en la avenida Dos de Mayo y escucho a mi padre diciéndome baja a saludar (hay visitas), seguido de y luego, por favor, trae la hielera. Tengo la misma edad que tiene mi hijo ahora. Sin que me vea mi padre, sigo de espaldas, entorno los ojos de la misma manera en que acaba de hacerlo mi hijo y pienso “te odio, ojalá mueras”. Lo desproporcionado del sentimiento ha logrado que jamás haya podido terminar de subir ni bajar esa escalera.
Esa es la densa carga de la adolescencia. Una ira y pesadumbre permanentes que adolece, tal como su nombre lo sugiere, del buen juicio de la experiencia para poder sopesar lo que verdaderamente importa. Para salir indemne de ese limbo donde empiezan a asomar las alegrías y las tristezas de toda la mierda agridulce que la vida luego depara, ayuda contar con un guía más viejo. El padre o aquella figura que se le parezca. Y así luego poder evadir el desengaño y mantenerse hechizado por el mundo. Para eso estamos aquí.
Hay una serie de nombre tatutológico —Adolescencia— que se ha convertido en un fenónemo global al eviscerar la pubertad en sus interioridades más inciertas y preocupantes. Protagonista principal de este despellejamiento en vivo son los dos protagonistas del corto circuito emocional de esta ecuación, el padre y el hijo. Aquí no hay espíritu santo.
La historia ficticia de la serie nació a partir de un hecho real sucedido en el Reino Unido: la repetición de asesinatos de niñas acuchilladas por adolescentes varones. Partiendo de ese episodio destinado a la sección Policiales, la serie se sumerge en el universo de lo que se llama ahora la masculinidad tóxica.
El machismo bruto y achorado ha existido siempre. Solo que ahora, potenciado por los universos paralelos que permiten las redes, habita y reina desatado en la manósfera: telaraña dónde se confunde misoginia con masculinidad, error comunicado bajo el radar con emojis y códigos que los papás interpretan como tonterías inofensivas. La crisis, más que de los hijos, parece ser la de padres atrapados en el abismo generacional digital. El mundo ya no es el que creíamos que era.
La manósfera es un imán para los adolescentes conocidos como incels. Así se les llama a los célibes involuntarios, chicos que sufren el desinterés o desprecio del sexo opuesto por ser raros, feos, pavos o simplemente diferentes. Los incels desarrollan una aversión feroz contra las mujeres, ira que busca refugio en el sucedáneo adictivo de la pornografía. Antes era una aventura osada conseguir un Playboy. Ahora basta un wifi para zambullirse prematuramente en todas las posibilidades eróticas posibles, las sanas y las enfermas.
Si uno es padre de un adolescente, es difícil ver esta serie. Empieza con el allanamiento violento de una casa normal de una familia normal para detener al hijo adolescente sospechoso de haber asesinado a puñaladas a una compañera de clase. En un segundo el bebe de la casa se revela como un semiadulto capaz de matar. ¿Quién sino los padres criamos a alguien así?
He oído de episodios terribles de matonería física y virtual en el colegio de mi hijo, parte del catálogo de crueldades adolescentes en curso. Hay un ecosistema tóxico de apodos y clasificaciones de los raros, las gordas, los tímidos, que los profesores, adultos al fin y al cabo, no saben exactamente cómo neutralizar digitalmente más allá de alertas a los padres, aún más perdidos. Para acceder a este extravío virtual pródigo en metralletas, basta que el púber incline la cabeza ante la pantalla, ritual que ya es rutina diaria.
Esta serie aviva el desasosiego de no estar haciendo lo que debe hacerse para conocer a ese perfecto desconocido que es un hijo adolescente, aquel que come como caballo y embiste como toro. La escena final —esto es un megaespóiler—, en que el padre besa y le pide perdón al peluche de su hijo, define el mar negro que navega la paternidad contemporánea: no saber qué hacer.
Es triste que el desencuentro que supone la adolescencia se reduzca a la extemporánea ceremonia de pedirse disculpas, siempre tardía, de ambas partes. Ni mi padre ni yo queremos seguir penando en esas escaleras.
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