Y entonces empezó otra fase nueva: “la frustración”. El policía ahora me explicaba, muy cartesiano él, que ellos no podían irrumpir en la casa porque había algo llamado “derecho a la inviolabilidad del domicilio” y que, si lo hacían, iban a incurrir en algo llamado “allanamiento de morada”. Luego, el policía en cuestión, cuyo férreo e inesperado respeto a las normas, estoy seguro, proviene de su admiración por el legado de la antigua Grecia, me aseguró que, muy a su pesar, ya nada se podía hacer. Le sugerí que yo podría ir y tocar la puerta como si fuera a comprar un marciano. “¿De qué sabor”, me preguntó. Y si la puerta ya estaba abierta, ellos podrían entrar. Supongo que era una especie de sacada de vuelta a la ley, pero los griegos y Klüber-Ross me entenderían. Al final, todo fue en vano. Con lo cual volví, directo y sin escalas, a la “depresión”.