Cuenta la leyenda que María Antonieta, al enterarse de que los campesinos no tenían pan, dijo: “Que coman pasteles”. Aunque falsa, la célebre frase ilustra bien la indolencia y frivolidad de la presidenta Boluarte, quien consultada por las extorsiones y atentados a transportistas, propuso impasible “no abrir los mensajes ni llamadas de los delincuentes”.
Esta y otras barbaridades de la presidenta, sólo superadas por las de sus ministros adulones, revelan su incapacidad para sintonizar con los problemas de la población, y lo que es peor, para darles solución. Al fin y al cabo, es una presidenta que sólo empatiza con su propia vanidad, la estética y la búsqueda de glamour.
Con la paralización de anteayer, los transportistas lograron algo que ni el Congreso ni la Generación Z pudieron: sentar al Ejecutivo a escucharlos y proponer soluciones. Lamentablemente, la reunión que sostuvieron con el Premier y sus ministros culminó en acuerdos gaseosos, sin plazos ni objetivos. Llama la atención que ante la desesperación de transportistas que luchan por sus vidas, el Premier responda con el compromiso de “apoyar” y “hacer su mejor esfuerzo”, convocando a una inútil mesa de trabajo recién siete días después. Vaya sentido de urgencia. ¿Y a cambio de qué? Del compromiso de los transportistas de deponer el paro y pedir permiso antes de volver a parar. Con ello, el premier se sale con la suya: logró frenar la protesta estirando el chicle con reuniones y acuerdos, y sin resolver nada. ¿Espera acaso que los transportistas se cansen y dejen de protestar?
Ayer el presidente del Congreso hizo lo propio. Escuchó a los transportistas y acogió propuestas normativas, lo cual está bien, pero se le tuvo que recordar que las soluciones reales deben venir del Ejecutivo, y que el Congreso tiene la obligación de fiscalizar y hacer control político. Ello requiere convocar al Premier Arana al Pleno a informar por qué ese gabinete de polendas no ha logrado siquiera aliviar el problema de la inseguridad.