El pasado 22 de mayo la administración de Donald Trump revocó la certificación de la Universidad de Harvard para recibir estudiantes y académicos extranjeros. Aunque esta semana, tras una orden judicial, la disposición fue temporalmente suspendida, la incertidumbre se mantiene para cerca de 7,000 estudiantes internacionales que con muchísimo esfuerzo habían llegado a los Estados Unidos para cumplir sus sueños. Asimismo, quienes se preparaban para iniciar estudios en la segunda mitad del año se encuentran en un limbo, pues el escenario podría volver a cambiar en cualquier momento.
Se trata de una medida propia de las peores tiranías, inimaginable en Estados Unidos hasta hace solo unos pocos años. Un ataque que, en lo personal, se siente cercano, pues pasé dos años de mi vida en Harvard, conozco a compatriotas actualmente estudiando ahí y también a otros que esperan (¿esperaban?) con ilusión iniciar estudios este año.
Esta es solo la última medida en una seguidilla de agresiones. A mediados de abril, la Administración Trump congeló US$2,200 millones en subvenciones y contratos federales con Harvard. Ello, en la práctica, se ha traducido en la suspensión de investigaciones médicas fundamentales, como una dedicada al estudio de la tuberculosis por US$60 millones, y muchas otras sobre el cáncer, esclerosis o prevención de pandemias.
Ello vino acompañado de una exigencia —a Harvard y a otras universidades— de eliminar sus políticas de diversidad o inclusión, que juegan un rol en los procesos de selección de estudiantes y docentes. Harvard fue la única universidad en Estados Unidos que decidió oponerse a esta clara violación de la autonomía universitaria e hizo caso omiso a la solicitud del Ejecutivo.
¿Qué está detrás de todos estos esfuerzos para golpear a Harvard y a toda su comunidad académica?
Según Trump, la razón es que Harvard promueve posturas antisemíticas y anti-Israel, y que no ofrece un entorno seguro para estudiantes judíos. A ello agrega que las políticas de diversidad e inclusión de la universidad revelan “preferencias degradantes e inmorales basadas en raza y sexo”.
Aunque estas son las razones declaradas, es evidente que no son más que una excusa. Es verdad que una porción considerable de la comunidad universitaria tiene una visión pro-Palestina en el conflicto con Israel. No obstante, ello no pasa de ser una posición política, y no existe evidencia de conductas sistemáticas (ni mucho menos promovidas por la universidad) de hostigamiento contra judíos como argumenta Trump.
Las reales razones del hostigamiento de Trump contra Harvard tienen que ver con la visión crítica que esta y muchas otras universidades de gran reputación han tenido hacia él. Y es que, incluso desde el primer mandato, las élites intelectuales han sido muy frontales contra las políticas de Trump, particularmente en lo económico y migratorio. A ello se suma que los valores promovidos por Harvard, como la diversidad, la tolerancia, la búsqueda de la verdad y el respeto por la ciencia, están enfrentadas con la visión “trumpiana” del mundo, caracterizada por el nacionalismo, la posverdad y la ley del más fuerte.
En la batalla cultural iniciada por Trump en 2016, que enfrenta a “el pueblo” contra las “élites liberales”, las universidades como Harvard (o Columbia, Stanford, Princeton, Yale, entre otras) son uno de los chivos expiatorios favoritos del presidente Trump.
Afortunadamente, a pesar de todos los cambios que Trump ha traído a Estados Unidos en los últimos meses, el país aún mantiene un fuerte sistema de contrapesos al poder, así como un Poder Judicial relativamente independiente —como ha sido demostrado con la orden judicial que detuvo las disposiciones de Trump esta semana—. Ello da esperanzas de que la universidad y los miles de afectados puedan hacer frente a estas despóticas medidas por la vía judicial. Mientras ello se resuelva, no obstante, será un periodo de muchísima tensión y desconcierto para toda la comunidad universitaria.
La posición que ha tomado Harvard ante los atropellos de Trump es la mejor muestra de por qué es considerada la mejor universidad del mundo. Una institución que no negocia sus principios, que no agacha su cabeza ante el poder, y que se ha convertido hoy en un símbolo de la resistencia contra la tiranía y el despotismo.