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¿Qué implica ser un país verdaderamente próspero?

“La estabilidad macro es condición necesaria, pero está lejos de ser suficiente.”, sostuvo Morris.

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pobreza
Si esa estabilidad convive con una informalidad masiva, inseguridad creciente, servicios públicos paupérrimos y brechas territoriales persistentes, el crecimiento no se traduce en bienestar. Esto es lo que alimenta el populismo, dijo Morris.
Fecha actualización:
28/04/2026 - 06:05
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Se tiende a medir el éxito de un país por el tamaño y crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), pero no basta con saber cuánto produce una economía; sino también cómo se reparte y qué tan tangible es ese progreso en la vida cotidiana. Hace unos días me crucé con el Índice de Prosperidad 2026 de la empresa HelloSafe, que a diferencia de los rankings tradicionales construye una métrica compuesta de cinco variables: PIB per cápita, Ingreso Nacional Bruto, Índice de Desarrollo Humano, desigualdad (coeficiente de Gini) y pobreza relativa. La información proviene de organismos como el FMI, Banco Mundial, OCDE, PNUD y Eurostat. El énfasis no está solo en el tamaño de la economía, sino también en su distribución.

El ranking incluye 50 países y en el top 5 a Noruega, Irlanda, Luxemburgo, Suecia e Islandia. Noruega al combinar altos ingresos con servicios universales de calidad y baja desigualdad desplazó a Luxemburgo que exhibe cifras de ingreso per cápita superiores, pero peores indicadores sociales. Las cifras muestran que hay países ricos que no son verdaderamente prósperos. Las economías con altos ingresos, pero fracturadas socialmente pierden posiciones, mientras que aquellas con clases medias amplias y servicios públicos robustos avanzan.

Estados Unidos aparece rezagado (17.°), un recordatorio de que el tamaño de la economía no compensa brechas persistentes en pobreza y desigualdad. Uruguay (41) y Chile (42) aparecen como las referencias en el ranking regional, pero incluso ellos están lejos de los estándares de los países líderes. Han logrado construir mejores redes de protección social y mayor formalidad relativa, pero aún arrastran brechas importantes.  

Perú (47) figura séptimo en el ranking regional. El mensaje para la región es claro: la estabilidad macro es condición necesaria, pero está lejos de ser suficiente. Sin instituciones que distribuyan oportunidades —educación, salud, mercados laborales funcionales— el crecimiento termina siendo un fenómeno parcial. Un país es próspero cuando la mayoría puede proyectar su vida con cierto grado de seguridad y dignidad.

Durante años, el Perú ha sido presentado como un ejemplo de estabilidad macroeconómica: inflación contenida, disciplina fiscal y crecimiento sostenido. Ese relato derivó en una peligrosa complacencia donde se sobreestima lo que la macroeconomía ya logró y se subestima la fragilidad de esos logros.

Si esa estabilidad convive con una informalidad masiva, inseguridad creciente, servicios públicos paupérrimos y brechas territoriales persistentes, el crecimiento no se traduce en bienestar. Esto es lo que alimenta el populismo. Frente a una prosperidad que no llega, la tentación de respuestas inmediatas como el gasto desordenado, subsidios mal focalizados y erosión de reglas fiscales gana terreno político.

Esto está detrás de la enorme polarización política que vivimos y que nos recuerda cada proceso electoral. Lamentablemente, un alto porcentaje de la población no entiende la importancia de elegir gobernantes y congresistas que defiendan los principios económicos básicos y la importancia de una buena gestión pública; sin los cuales no habrá inversión, desarrollo sostenible y reducción de la pobreza. Y los que más necesitan un buen gobierno le dan la espalda. 

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