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El nuevo mapa del riesgo global

“El mundo podría estar transitando hacia un equilibrio menos favorable, con menor crecimiento e inflación persistente”, manifestó Felipe Morris

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Medio Oriente
“La guerra eleva inflación, tasas y volatilidad, y expone fragilidades en economías emergentes”, dijo el economista. (Foto: AFP).
Fecha actualización:
14/04/2026 - 08:02
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La semana pasada, la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, en las reuniones de primavera de su institución y del Banco Mundial, pronunció un discurso relacionado con el shock que está produciendo la guerra en Medio Oriente en la economía mundial. Su mensaje se centró en una idea clave: la guerra actual está afectando a la economía global no solo de forma directa, sino a través de múltiples canales de transmisión que amplifican sus efectos.

Mencionó que, debido a la incertidumbre sobre el suministro de petróleo y gas, se ha producido un shock de oferta generalizado que ha elevado sus precios, introduciendo presiones inflacionarias en un momento en que los bancos centrales no logran controlar la inflación en sus países. Esto se traduce en mayores tasas de interés y en menor crecimiento económico.

En su exposición detalló cómo ese shock se transmite y amplifica, ya que no se trata únicamente de hidrocarburos o gas, sino que afecta a otros productos como fertilizantes y alimentos. Además, la volatilidad financiera aumenta, los capitales buscan refugio, el financiamiento se encarece y los países emergentes vuelven a quedar expuestos a crisis, particularmente los más endeudados. A ello se suman interrupciones en cadenas de suministro, mayores costos logísticos y, quizás más importante, un deterioro en la confianza de empresas y consumidores.

La mandamás del Fondo mencionó también que el mundo podría estar entrando en una fase de mayor fragmentación económica: con mayor comercio entre aliados, menor integración global, duplicación de capacidades productivas y, en consecuencia, menor eficiencia.

Esto implicaría que el crecimiento potencial global podría reducirse de manera importante y persistente. Todo esto origina presiones públicas para que los gobiernos aumenten el gasto y provean subsidios justos cuando deberían consolidar sus cuentas. El riesgo de un desliz fiscal no es menor, sobre todo en economías donde la disciplina ya venía debilitándose.

En América Latina si bien algunos países pueden beneficiarse de precios más altos de commodities, el efecto dominante proviene de condiciones financieras más duras y mayor volatilidad.

En el caso peruano, la advertencia es particularmente pertinente. No hay una crisis inminente, pero sí un entorno externo más exigente y una situación política muy volátil y precaria. Apostar por respuestas de corto plazo —subsidios generalizados o expansiones fiscales poco focalizadas— puede resultar tentador, pero terminaría amplificando vulnerabilidades en lugar de mitigarlas.

El mensaje final es que el mundo podría estar transitando hacia un equilibrio menos favorable, con menor crecimiento, inflación más persistente y menos espacio para políticas expansivas. En ese nuevo mapa del riesgo global, la prudencia se vuelve crítica.

Mientras tanto, nosotros andamos preocupados por quienes pasan a segunda vuelta en nuestro proceso electoral y por los nuevos daños que le pueden infligir nuestros congresistas actuales a nuestra cada vez más deteriorada fortaleza macroeconómica. Ya es conocido que son muy hábiles en aprobar leyes populistas y no tanto reformas para acelerar nuestro crecimiento.

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