El Estado peruano no funciona. Bota la plata en Petroperú mientras más del 40% de los niños tiene anemia. Se demora la vida en aprobar proyectos de inversión minera o de infraestructura, pero tiene obras sin terminar desperdigadas por todo el territorio. No cumple con funciones esenciales como garantizar la seguridad ciudadana y jurídica, ni brinda servicios básicos de calidad como agua, saneamiento, educación y salud. Varias instituciones y normas entorpecen el desarrollo de la actividad privada. Al formal se le regula en exceso y se hace la vista gorda con el ilegal.
Ejemplos sobran. En la última CADE, Fernando Barrios presentó cómo el presupuesto para Educación pasó de S/18.4 mil millones en 2012 a S/48.9 mil millones en 2024, pero no hay mejoras sustantivas ni en calidad de educación ni en infraestructura. Ya el Consejo Privado de Competitividad había alertado que entre 2019 y 2024 se invirtieron S/30 mil millones en infraestructura educativa, pero el porcentaje de escuelas con servicios básicos no bajó ni un decimal, seguimos en aproximadamente 30%. Algo similar ocurre en salud y agua y saneamiento. Y lo peor es que ya no indigna, se ha normalizado.
Tenemos 4 niveles de gobierno con autoridades electas que no están obligadas a coordinar: central, regional, provincial, distrital. Una descentralización mal hecha, sin medición de calidad de servicios al ciudadano, y con capacidades muy disímiles en un mismo nivel. Distrito es un término tan genérico como mamífero, esconde en una sola palabra realidades muy difíciles de comparar. Contraloría persigue por tonterías a buenos funcionarios mientras no parece haber evitado ninguno de los graves casos de corrupción que se destapan en la prensa. No hay carrera pública, y allí donde se elevaron sueldos para atraer a mejores profesionales la política pone a cualquiera, cooptando el Estado como un botín.
Reformar al Estado es tan indispensable como complejo. No se trata solo de cortar grasa, hay que construir músculos y tendones que respondan a las órdenes de la cabeza. Reducir ministerios puede no servir de nada. Se requiere revisar la descentralización, establecer una verdadera carrera pública, crear mecanismos de medición de gestión por sectores y evaluaciones periódicas de resultados, rehacer la Contraloría, etcétera.
Y si gobernar es tan complicado, ¿por qué tenemos tantos voluntarios para las elecciones? Lo más probable es que muchos de ellos buscan el poder no para cambiar el sistema, sino para aprovecharlo.
En cualquier país, una de las fuerzas que moldea su momento histórico es: cuál es la noción generalizada sobre cuál es la vía más efectiva de ascenso social. Al menos eso concluí de una conversación con Carmen McEvoy. Duele pensarlo, pero hoy posiblemente los caminos más rápidos para ascender pueden ser las economías ilegales o la captura del Estado.
El narcotráfico, la minería ilegal, la tala y el contrabando ofrecen movilidad social en territorios donde el Estado no llega. La corrupción en licitaciones o nombramientos públicos también dan oportunidad rápida para quien no encuentra otra. Deshacen el país, pero individualmente funcionan. El mecanismo de ascenso debería ser la educación de calidad.
¿Cómo así se invierte tanta plata y no se reducen brechas? ¿Qué pueden sentir esos millones de peruanos sin agua, vivienda digna, transporte decente o servicios de salud básicos? ¿Por quién votarían?
Mientras no tengamos un sistema que mida continuamente la satisfacción con los servicios públicos, sus resultados y procesos en cada sector, el Estado no se reformará. No es tan complicado, por ejemplo, se hace con los hospitales concesionados de Essalud, y debería generalizarse a todos los hospitales. Cada institución se preocupará por brindar servicios de calidad cuando tenga que rendir cuentas, porque ello se mide periódicamente. Mientras no se haga, seguiremos viviendo inestabilidad política. Sobrarán expectativas frustradas y políticos que quieran aprovecharlas.
Sin vigilancia desde la sociedad civil sobre calidad de inversión y servicios públicos, vamos a seguir en el mismo círculo. Los burócratas no tienen incentivos para medirse a sí mismos. Como concluyó Fernando Barrios su exposición: “Si el Estado se estanca, la sociedad retrocede; si la sociedad se compromete, el Estado avanza”.