Puede ser la conciencia de que aún hay mucho por hacer, de que aún hay muchas personas que ayudar, de que los nuestros, sobre todo los que recién se abren a la complejidad de la vida, aún nos necesitan. O, quizá, la certeza de que los dados eternos, roídos a fuerza de rodar, sin relación con lo bueno o malo que hagamos, determinarán que, no sabemos cuándo, dejemos de estar.