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Éramos felices y no lo sabíamos...

"Otros caen en la codicia por razones diferentes a lo alienado; la adicción al poder o al reconocimiento creyendo que el exceso dará la felicidad...".

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Gonzalo Elías
Columna de Gonzalo Elías.
Fecha actualización:
17/11/2025 - 07:05
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No me deja de sorprender la gente que pierde la paz y la felicidad por la codicia. Ese querer más y más cuando hace rato tienen suficiente. Recuerdo a mi padre que decía: “La codicia es peor que la envidia, porque el que envidia al menos desea algo que no tiene; en cambio, el codicioso quiere más de lo que ya le sobra”.

Ese querer más y más, no relacionado con un sano deseo de superación o con una tendencia natural hacia el crecimiento (que, por cierto, es positivo y natural) puede ser un espejismo mortal. Algunos caen en él por la trampa de lo “aspiracional” —nuevamente, no me refiero al sano deseo de acceder a una vida mejor, sino a la alienación que puede estar detrás de querer no ser uno mismo para convertirse en alguien que uno no es—.  

Otros caen en la codicia por razones diferentes a lo alienado; la adicción al poder o al reconocimiento creyendo que el exceso dará la felicidad. O a los que solo les interesa el dinero en sí, que entran al grupo de “es tan pobre tan pobre que solo tiene plata...”. Por otro lado, están los que tienen demasiado miedo y acumular les da la ilusión de seguridad. En todos los casos, lo que hay es un problema de autoestima.

Imposible abordar aquí de manera profunda todo lo que rodea la autoestima y lo que la fortalece. Quizá solo intentar recordar, al paso, que son básicos el autoconocimiento, el vencer miedos, el autorrespeto, el ser fiel a uno mismo y el ser agradecido.

La tendencia al crecimiento y al desarrollo es inherente al ser humano, pero vivimos en una cultura narcisista, una cultura del consumo y de codicia que nos puede desviar y extraviar.

Cierro con la conocida historia del turista y el pescador:

Un turista norteamericano, graduado en una prestigiosa escuela de negocios, estaba de vacaciones en una pequeña aldea costera. Una mañana vio llegar a un pescador local en un bote pequeño, con unos cuantos peces grandes y frescos.

—¿Cuánto tardaste en pescarlos? —preguntó el turista.

—Solo un rato —respondió el pescador.

—¿Por qué no te quedas más tiempo para sacar más peces?

—Porque ya tengo lo suficiente para mi familia y para vender hoy —dijo el pescador.

El turista, sorprendido, preguntó:

—Entonces, ¿qué haces con el resto de tu tiempo?

El pescador sonrió y dijo:

—Duermo hasta tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, descanso la siesta con mi esposa y, por la noche, voy al pueblo a tomar vino y tocar la guitarra con mis amigos. Llevo una vida plena.

El turista, con tono serio, le respondió:

—Mire, yo tengo un MBA y puedo ayudarle. Debería pescar más horas y comprar un bote más grande. Con el tiempo, podría tener una flota. Con el tiempo, podría abrir una planta procesadora, controlar la distribución y, con el tiempo, abrir oficinas en otros países… ¡Podría hacer millones!

El pescador escuchó con calma y preguntó:

—¿Y después?

—Después, cuando ya le quede poco tiempo, se podría mudar a un pueblo costero, dormir hasta tarde, pescar un poco, jugar con sus hijos, tomar siestas con su esposa y, por la noche, disfrutar con sus amigos.

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