En este país hay trenes que parten antes de que el pasajero tenga el boleto. La prisión preventiva funciona así. Te suben, cierran la puerta, el vagón arranca… y el juicio quizás no llegue.
Martín Vizcarra, como antes otros expresidentes, alcaldes, gobernadores, dirigentes y ciudadanos sin nombre en la prensa, acaba de abordar ese tren. El destino en el cartel dice “sentencia”, pero por ahora solo avanza hacia Barbadillo o algún otro andén menos célebre.
La prisión preventiva nació como un candado breve para evitar fugas, pruebas borradas o testigos amedrentados. Una excepción, como ese tren de temporada que solo pasa cuando es imprescindible. Algo así como el tren de la estación nueve tres cuartos. Raro, casi mítico. La diferencia es que este no lleva a Hogwarts, y es magia negra.
Aquí, en cambio, sale todos los días. De precaución pasa a anticipo de condena, y en los casos de alto perfil, a escenografía política. Chaleco. Policías. Cámaras. El espectáculo se despacha antes que cualquier argumento jurídico.
Por más graves que sean las acusaciones, la prisión preventiva se cuela como si fuera el camino natural, cuando nació para ser un atajo raro, reservado, extremo. Sin que haya una sentencia, se convierte en la condena más pesada que un acusado enfrentará.
Ni siquiera Barbadillo es excusa. Allí, entre muros sin rejas financiados por los impuestos de todos, cumplen preventiva algunos que un día prometieron salvar el país y terminaron saqueándolo. Aunque cometieran delitos y defraudaran, merecen un juicio justo. Esto no funciona. Ya no hace falta volver a mencionar a Barbadillo.
En temporada electoral, este tren sale con más frecuencia y mejor iluminación. Hay un público que espera ver embarques en vivo y aplaude el cierre de puertas, aunque nadie sepa si el maquinista piensa llegar a destino o solo dar vueltas a la vía.
Lejos de los titulares, otros vagones viajan sin cámaras ni chalecos fosforescentes. Son los de las injusticias silenciosas: personas que esperan meses o años una audiencia que se pospone, expedientes que duermen, vidas que se acomodan a la hora de visita de un penal.
La justicia no gana autoridad sumando candados. La gana cuando explica, cuando prueba, cuando resiste el aplauso fácil. Este tren de la preventiva sale a cualquier hora, con demasiados pasajeros y sin boletos a la vista. Si el boleto nunca llega, la estación final deja de ser la sentencia… y pasa a ser la celda
misma.