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Elegimos enemigo

"Creo que la palabra polarización no es la adecuada y no está alcanzando para definir lo que nos está ocurriendo. Me parece que ASTILLADOS es la que corresponde". 
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Columna de Carlos Galdós.
Fecha actualización:
20/04/2026 - 07:00
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Creo que la palabra polarización no es la adecuada y no está alcanzando para definir lo que nos está ocurriendo. Me parece que ASTILLADOS es la que corresponde. Polarizados supone dos bloques en tensión, estrés, nerviosismo, angustia. Mientras que ASTILLADOS habla de fragmentación, y es eso lo que estamos viviendo: una multifragmentación social, cada una con un relato diferente del Perú.

Treinta y cinco candidaturas, un festival de identidades mezquinas. Algunos dirán que eso se traduce en todas las voces necesarias para sentirnos representados, pluralismo. Pero la verdad pura y dura es que cada una de esas representaciones no han construido ni mayoría política y mucho menos una conversación de integración, narrativa que le llaman. Entonces, por eso las elecciones se transformaron en una competencia entre minorías con intereses propios. Cero pacto social.

No votamos “a favor de”, sino más bien “en contra de”: en contra del caos, en contra del miedo, en contra de Lima, en contra del interior, en contra de la derecha, en contra de la izquierda, en contra del pasado, en contra del presente, en contra de todos. Estamos siendo administradores de nuestros rencores.

Nuestra histórica forma de votar nuevamente salió a la luz: la capital contra los alrededores, ciudad formal contra país informal, costa contra sierra y selva, voto provincial versus voto metropolitano.

Con una alta sospecha de fraude, la premisa no es el óptimo funcionamiento de las instituciones; la premisa es: “Nos quieren engañar”. ¿Y cómo no pensarlo cuando vivimos en un país corrupto, con un Congreso pervertido, partidos que más que partidos son franquicias, vientres de alquiler de intereses personales, justicia de cabeza…? Más bien, ¡lo extraño sería que no desconfiáramos!

¿La derecha en nuestro país? Dividida. ¿La izquierda? Trasnochada. ¿El centro? Pintado, cortoplacista. Los resultados nos están diciendo a gritos que somos un país desconectado. Desconectado entre clases sociales, desconectado de un futuro. No tenemos una conversación nacional común. Cada partido con su propio cuento. Cero identidad. Yo voto pensando en la estabilidad económica, tú votas pensando en la seguridad, él vota pensando en el castigo, ellos votan pensando en la reivindicación regional… ¿y el nosotros? Ese no existe.

Hablamos del Perú como un país complejo, como si eso nos hiciera interesantes, y ese discurso es casi la normalización del chongo en el que vivimos. Resignados desde la frase “así es el Perú, pues”. Entonces creemos que “el outsider” solucionará nuestros males. Cada cinco años ponemos el cartelito de “se busca presidente” sin habernos resuelto nosotros como comunidad.

COMUNIDAD: grupo de humanos que comparten elementos comunes como territorio, idioma, valores, costumbres, objetivos, intereses. Eso implica interacción, cohesión social y sentido de pertenencia, yendo más allá de la simple proximidad geográfica. Lo encuentras en Google, leámoslo una y otra vez. Nuestra tragedia es que no estamos construyendo el NOSOTROS.

Colectivamente, estamos siendo desconfiados, estamos heridos y astillados. Por eso, los resultados de las elecciones, más que organizarnos y ordenarnos, están revelando nuestra realidad en vez de crearla. No estamos pudiendo ser una nación.

NACIÓN: conjunto de personas con identidad cultural, histórica, lingüística o religiosa común que comparten un territorio. Grupo humano con identidad compartida.

Entonces ese acuerdo “invisible” sobre quiénes somos, qué valoramos, qué consideramos justo, qué estamos dispuestos a sostener juntos… Eso no existe en el Perú. Porque todavía creemos que una nación es un territorio y, por ende, somos un montón de grupos votando para protegernos del otro, no para construir algo en común.

 El voto tendría que ser un vehículo de construcción. Tendríamos que ir a votar diciendo: “Esto quiero construir”, pero lamentablemente vamos a votar diciendo: “Esto quiero evitar”. Y evitar es la palabra clave que nos conecta con el miedo. Entonces, lo que moviliza mi voto es el miedo.

Votamos con miedo económico, miedo político, miedo social, con miedo al otro peruano, miedo al que piensa distinto, miedo al que vive distinto. Miedo a nuestra propia gente. Y si yo le tengo miedo a mi propia gente es porque, desde mi punto de vista, ese que tengo al frente no vale tanto como yo; es decir, lo deslegitimo. Y cuando deslegitimo al otro, lo que estoy haciendo es dinamitar una de las premisas básicas de la democracia: el otro vale tanto como yo aunque piense diferente. Lo anterior no existe en el Perú.

Entonces, en ese escenario, en esa realidad, quienes son multiplicados por cero se sienten representados por radicales extremos que toman la oportunidad cada cinco años para aparecer justo en el momento electoral vendiendo reconocimiento, dignidad, presencia, acción frente al abandono. Y ese electorado siente que hay una compensación, y sin darle muchas vueltas, su razonamiento a la hora de marcar con una cruz o un aspa la cédula es: “Si no me ven, voto por quien me haga visible”.

Y desde el discurso extremista, donde hay desigualdad hay una propuesta de intervención estatista; donde hay abandono, viene el discurso del control; donde hay injusticia, espetan el ritintín de la refundación. Sin preguntarse si el Estado como tal —un Estado débil, que gestiona todo hasta las patas, que ejecuta a paso de tortuga, altamente corrompido— es capaz de poner en práctica ese ramillete de “propuestas”. Y es ahí que cae la fichita: cualquier oferta electoral de aumenta el poder del Estado es peligrosísima, porque tenemos un Estado raquítico, incapaz. Es como si le metiéramos más la pata al acelerador de un auto cuyos frenos no funcionan.

Y el engaño de transformar lo profundo desde una nueva Constitución, un cambio radical del sistema o un control estatal absoluto son simplemente soluciones exprés que gozan de un gran atractivo emocional, pero una profunda fragilidad estructural.

Por otro lado, aparecen las explicaciones desde las cifras, los números, el crecimiento, y se olvidan de que la gente no vive desde las estadísticas, la gente vive desde las experiencias. Y si el PBI está creciendo, pero no llega a mi casa, me siento abandonado, fuera del juego, invisible, inexistente. El diagnóstico técnico es acertado, pero sin conexión emocional.

¿Dónde comienza la construcción de los vínculos? En las conversaciones. Una sociedad se construye conversando. Y nosotros hace tiempo hemos roto ese puente. Cuando hablamos, lo hacemos para convencer, atacar o imponer. No para comprender. Entonces, desde la narrativa de cada uno, los otros son ignorantes, los otros son abusivos, los otros son peligrosos. Nadie quiere ceder, todos queremos tener la razón.

Nuestro problema no son las diferencias, nuestro problema es no saber convivir con ellas. Nos cuesta sostener la diferencia sin rompernos. Por eso es que cada cinco años no vamos a una elección, vamos a una guerra donde no elegimos presidente, elegimos enemigo.

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