Estamos en enero de 2026, en Chiclayo, la siempre cálida Capital de la Amistad. Ahí conviven cinco colegios: Señor de Sipán (SdS), Cañaña Lambayecano (CL), Las Garzas (LG), Juan Aurich (JA) y Vanguardia Norteña (VN). Cada uno de ellos recibía, año tras año, a 100 niños por promoción. Veinte de ellos becados, porque sus familias no podían asumir los costos. En todos, la escena inicial era similar: padres orgullosos, alumnos con mochilas nuevas, ilusión de un futuro que apenas comenzaba. Pero un pequeño detalle marcaría la diferencia: qué hacer con el sueño del “viaje de promo”.
En SdS, 80 alumnos aportaron 100 soles al mes desde primer grado. “¡Están locos!”, se burlaban, “¿Cómo van a guardar plata para tanto tiempo, si hay cosas más urgentes hoy?”. El dinero se invertía, y el tiempo, ese socio paciente, multiplicó los fondos de forma exponencial. En LG, comenzaron a ahorrar en segundo grado, pero primó el miedo: aportes tardíos, sin invertir. En 2031, la crisis golpeó. La mitad de los alumnos de LG retiró su dinero para gastos inmediatos: comprar en el quiosco. Un instante de debilidad borró años de esfuerzo. En 2032, ya en secundaria, JA fijó una cuota de 200 soles al mes. Un sacrificio tardío para compensar la falta de previsión. VN impuso la ley fría: solo quienes cumplían 25 cuotas mínimas viajaban, y el dinero de los inconstantes se repartía entre los disciplinados. Una lección brutal. Por último, CL despertó en quinto de secundaria, poniendo 35 soles por ocho meses: la cuota de la resignación, demasiado tarde. En todos, las rifas y polladas eran el clamor de la solidaridad, el fuego auxiliar. Pero la verdad era que la pasión sin planificación jamás sustituye la disciplina individual.
Llegó el gran año: 2036. El destino fue el resultado de sus decisiones. En SdS, la disciplina fue la gloria: el colegio asumió el viaje de los 20 becados, y los 100 viajaron juntos a Italia: Roma, Venecia y el Vaticano, para conocer al papa “chiclayano”. Un triunfo donde la previsión multiplicó el sueño. En JA, 70 alumnos lograron ir a Cancún. LG, con inconstancia y retiro, permitió que solo 35 viajasen a Cartagena de Indias. 30 de la promo del VN viajó a Cajamarca. Y en CL, que despertó tarde, solo logró para 25 jovencitos un campamento humilde en Puerto Eten, a 20 minutos de Chiclayo. La diferencia fue un puñal. Lo más duro no fue ver quién llegó a Europa, sino el dolor sordo de los que ni siquiera salieron de Chiclayo.
Hoy, cuando muchos llegamos a los 65 años, nos enfrentamos a un viaje distinto: el de la jubilación. Ya no es el final del colegio, sino el final de la vida laboral. ¿Qué viaje logramos darnos? Si soñamos con Cancún o Italia, debemos empezar temprano, ser constantes y dejar que el tiempo juegue a nuestro favor. Si ahorramos tarde, poco o gastamos lo que habíamos separado por tentaciones efímeras, el destino se parecerá a un mero campamento playero. El apoyo del Estado es un ancla de justicia para quienes realmente no pudieron. Pero no alcanza ni corresponde cubrir a quienes, teniendo la posibilidad, nunca quisieron hacerlo. El retiro del trabajo es nuestro verdadero viaje de promoción. Es muy duro darse cuenta de que muchos, demasiados, se quedarán en el andén, observando cómo el tren de los años se va sin ellos. Como en el colegio, el viaje no se organiza a los 65: se prepara desde hoy.