En tiempos de incertidumbre, la defensa más firme de una nación no está en sus gritos ni en sus banderas políticas, sino en la solidez de sus instituciones. No se trata de respaldar personas, sino de proteger los pilares que sostienen la democracia: el Estado de derecho, la institucionalidad y el respeto por los procesos.
Según un estudio de CAENE Data, el 62% de los jóvenes entre 18 y 29 años considera que el caos político es uno de los mayores obstáculos para su desarrollo profesional. Este dato no solo debe preocuparnos, sino llamarnos a la acción. Si las nuevas generaciones sienten que el país se mueve sin rumbo, difícilmente invertirán su talento en él.
No es necesario estar de acuerdo con todo lo que sucede en Palacio o el Congreso para valorar el rol que estas instituciones deben cumplir. Una democracia fuerte necesita críticas, sí, pero también límites. No todo reclamo debe traducirse en ruptura. El Perú necesita puentes, no trincheras. Necesita líderes que corrijan desde dentro del sistema, no desde la demolición.
Hoy más que nunca, empresarios, académicos y ciudadanos debemos reafirmar nuestra fe en la estabilidad. La inversión, el empleo y la innovación requieren certezas. La gobernabilidad no es un favor, es una obligación compartida.
Que este momento sirva no para dividirnos más, sino para recordarnos que el país está por encima de cualquier coyuntura. El Perú no se defiende con consignas: se construye con compromiso y respeto.