No saber leer ni escribir te definía como analfabeto. Una limitación dura y concreta. Un analfabeto no podía escribir una carta, leer un contrato, mucho menos tener acceso a libros y, por ende, a las ideas. Es decir, ser analfabeto te sacaba del juego.
Hoy el problema es otro. Vivimos rodeados de gente que sabe leer, pero no sabe pensar, y esos son los nuevos analfabetos. Personas que han pasado por los quince años de colegio, cinco en la universidad, tienen su título enmarcado en la pared de su casa, hasta aparecen en LinkedIn y, con todo ello, son seres profundamente analfabetos en lo esencial: la capacidad de razonar, pensar por sí mismos.
El sistema educativo trasnochado que continúa vigente ha hecho lo suyo en este tema. Leer no es pensar, memorizar no es pensar, repetir como un lorito no es pensar, ver una opinión en TikTok y replicarla no es pensar.
Pensar es incomodarse. Pensar es necesariamente un acto que requiere cuestionar, parar, dudar, interpelar, conectar y, sobre todo, asumir que estoy formando un criterio propio que necesitaré defender con uñas y dientes. Y es justamente eso lo que no se enseña. Las calificaciones en el colegio están en función de lo que dijo o enseñó el profesor, mas no de hacer preguntas incómodas.
El alumno que cuestiona en el acto es rotulado de problemático, se le corrige y hasta se le baja la nota. El resultado de eso es una generación intelectualmente sumisa, obediente. Lo paradójico es que estamos en un momento en el que el acceso a la información ya no es un privilegio: es de libre disponibilidad absoluta.
Hoy los chicos repiten juicios, conceptos, ideas que escucharon en redes. Y a la pregunta “¿por qué piensas eso?”, el silencio es abrumador. Cero argumento. Da la impresión de que se apagó el cerebro y se encendió una grabadora. Lo vemos a diario en todos los universos: la política, las redes sociales, los entornos sociales. Todos hablando de diferentes temas desde un lugar de profundo desconocimiento, sin previamente haberlos cuestionado o estudiado a profundidad. La opinión replicada es usada como una herramienta para encajar, para seguir dentro del grupo correcto sin incomodar a nadie.
Si opinas como todos, eres aceptado; el que duda es sospechoso, quien cuestiona es incómodo y, si piensas distinto, te cancelan. En una época donde estamos teniendo más libertad que nunca para hablar, al mismo tiempo hay quienes se mueren de miedo de decir lo que piensan. En esta era cualquiera puede publicar una idea y ser leída por miles; puedes grabar un video y generar opinión, debate. Sin embargo, paradójicamente, cada vez más gente se caga en los pantalones antes de poner su voz al frente. No porque haya una prohibición estatal, no porque exista censura, sino por algo mucho peor que las anteriores: la censura social, el miedo a ser cancelado.
La cultura de la cancelación es el nuevo cáncer de la libertad de opinión. La cancelación no intenta siquiera discutir una idea; su objetivo letal es desaparecer del mapa a la persona que le parezca incómoda con una idea que no esté alineada con la embrutecida masa. La cancelación no conoce del diálogo, mucho menos intenta comprender: directamente castiga, expulsa del reino al “diferente”.
Cancelar significa sacarlo del espacio público; es un linchamiento que sobre todo se da en redes sociales. Si digo algo —ya sea un chiste, una opinión política, una frase mal dicha o mal interpretada, una broma que hoy parezca incorrecta—, en el acto se activa el huaico. Se activa una maquinaria de personas indignadas: hashtags, capturas de pantalla, juicios morales y exigencias de disculpas públicas.
Y como si lo anterior no fuera suficiente, aparece la presión para que te despidan del trabajo, pierdas tus contratos, te bajen de algún evento, que te saquen de la película; es decir, que te silencien. Cuando podríamos simplemente decir: “No estoy de acuerdo”, la cancelación es más extrema: “Esta persona no merece tener voz”.
Es como si hubiéramos regresado a la época de los tribunales de la Santa Inquisición, donde los herejes eran tildados de peligrosos por decir cosas incorrectas. Vaya directo a la hoguera. Hoy la hoguera son las redes sociales y se repite el patrón: se registra un pecado, las masas se indignan, se exige un castigo.
Los ‘canceladores’ son un tribunal de seres moralmente perfectos (según ellos). Personas que nunca han dicho algo que no corresponda, nunca han ejecutado un chiste inadecuado, mucho menos se les ha ocurrido cambiar de opinión. Y esto es una contradicción con nuestra realidad humana. Porque todos nos equivocamos y seguirá siendo así. Todos hemos tenido y probablemente seguiremos teniendo ideas que cambien con el tiempo. Todos hemos dicho y hecho cosas en algún momento que hoy ni se nos ocurriría.
Nos hemos olvidado de que los seres humanos somos seres en proceso. Jamás seremos un producto terminado. Estamos siempre aprendiendo, evolucionando, equivocándonos, contradiciéndonos.
El analfabetismo de hoy, que es la falta de ideas y juicio crítico, viene respaldado por la cultura de la cancelación, que lo único que hace es castigar por equivocarse. Entonces, dejo de pensar diferente, dejo de preguntar, ni se me ocurre dudar, para dar paso a la repetición sistemática de lo que es seguro decir. El pensamiento se está volviendo conservador disfrazado de progre. Para pensar hay que arriesgarse; para pensar hay que probar lo diferente; para pensar hay que estar abierto al error. Pero si errar te puede llevar a un linchamiento público, ¿para qué me voy a arriesgar?
El terreno donde la cancelación viene teniendo más presencia es en el humor. En mi cancha. El humor necesita ser irreverente. El humor necesita ser también incómodo. El humor debe tocar temas que pican. El humor juega exagerando estereotipos para generar risas. Pero hoy todo lo anterior se confunde con agresión. Entonces, tienes a un montón de comediantes muriéndose de miedo antes de subir a un escenario y pensando y repensando si se puede hacer humor sobre ese tema controversial.
El humor se puede hacer sobre cualquier tema, porque no es un tratado moral. El humor es el espejo de la condición humana y es ahí justamente donde aparecen las risas: cuando algo que nos está incomodando a todos se hace visible con cierta dosis de ingenio. El humor genera liviandad. El humor es una válvula de escape.
A lo mejor la cultura de la cancelación, que además goza de gran popularidad y disfrute en la mayoría de cibernautas, está hablando sobre una necesidad de sentirse moralmente superior y del miedo a convivir con ideas distintas.