Nuestra lista de hechos inconcebibles y lamentos cuando nos preguntan por nuestro país es larga. Por ello que, aunque esperable, no deja de ser desconcertante para el debate público que esta semana Keiko Fujimori haya anunciado que su padre será el candidato presidencial. ¡Estamos malditos con el fujimorismo!, me comentó por WhatsApp un amigo. Y una colega me dijo: “no puedo creer que se atrevan a jugar con el país así”. Realmente, ¿a quién se le podría ocurrir que es sano para nuestra inestable política proponer a Alberto Fujimori como candidato para las próximas elecciones? Más allá de los impedimentos legales y constitucionales y el inevitable debate con toma de partido que habrá en la ciudadanía, la propuesta se lleva de encuentro cuestiones éticas y el mismo modo de hacer política, uno en el cual el beneficio del país es dejado de lado y se ve una desesperación por los votos al costo que sea. Se trata de un expresidente de 85 años condenado por ir contra derechos humanos y por corrupción, que ha sido indultado humanitariamente porque estaba muy mal de salud, que fue un autoritario y cerró el Congreso en 1992 y que, como señala el politólogo Carlos Meléndez, socavó el sistema de partidos políticos.